Si existe un pensador que ha dado una visión
global del mundo de hoy es Manuel Castells. En su trilogía La era
de la información, el sociólogo español afincado
en California pasa revista a un mundo en cambio. Carlos Chamorro, ex ministro
sandinista y director durante catorce años del diario Barricada,
ha convivido con Manuel Castells en Berkeley y ahora lo entrevista para
AJOBLANCO (Barcelona).
La trilogía de Manuel Castells sobre la sociedad de la información
(La sociedad red, El poder de la identidad y Fin de milenio) ha sido
comparada por algunos comentaristas con las obras de Marx y Weber. A
Castells tales comparaciones le parecen “exageradas y sin sentido”.
Sin embargo, el sociólogo español, radicado desde hace
veinte años en la Universidad de California en Berlekey, admite
que puede haber un paralelismo en el intento de entender en su conjunto
la dinámica de las relaciones entre economía, tecnología,
sociedad, política y cultura desde una perspectiva histórica
y a la vez global. “No hay gente suficientemente loca para meterse
en esa andadura”, dice Castells aludiendo al viaje intelectual
que le llevó a investigar durante doce años en los nuevos
centros neurálgicos de varios continentes hasta producir una
obra enciclopédica.
A diferencia de otros estudios sobre globalización que concentran
su énfasis en uno u otro eje particular, la investigación
de Castells se propone abarcarlo todo. Quizá demasiado, dicen
sus críticos. Para el autor, la envergadura de su obra va asociada
a su propia biografía: exiliado de España a los veinte
años, participante en las revueltas de Mayo de 68 en Francia,
expulsado de ese país a los veintiséis por sus actividades
políticas, profesor e investigador con vínculos estrechos
con Europa, Asia y América Latina, además de gran conocedor
de la ex Unión Soviética, casado con una intelectual rusa
y observador cercano, desde Berkeley, de la revolución tecnológica
que se lleva a cabo en Silicon Valley. Toda esa experiencia vital le
ha permitido acumular informaciones desde distintas perspectivas, “para
intentar ofrecer una visión de conjunto pero a la vez empírica
del mundo en su proceso de transformación”. El Wall Street
Journal describió a Castells como “primer gran filósofo
del ciberespacio” y señaló que su obra está
siendo leída con sumo interés en los centro de innovación
tecnológica de la nueva economía, que Castells describe
ampliamente en sus libros.
En estos momentos hay un gran debate sobre la necesidad de
regular los flujos de capitales a nivel mundual. Se habla mucho de los
efectos indeseables de la globalización, pero no parece haber
pautas claras de regulación. ¿Por qué hay tanta
resistencia?
Existe el reconocimiento de los efectos nocivos de una circulación
totalmente libre de capitales en la economía global. Pero las
propuestas realistas que han hecho los países, gobiernos y empresas
que podrían aplicarlas, se limita en realidad a aumentar tres
cosas: la trasparencia de la información, la aplicabilidad de
las leyes de bancarrota y la publicidad de los sistemas de contabilidad
de empresas y mercados financieros. En el fondo, se trata más
bien de facilitar la circulación de capitales.
Lo que propone, entonces, es una desregulación mas trasparente...
Exacto. Más informada y con menos riesgo para los inversores.
Se insiste mucho en la responsabilidad de los bancos y los gobiernos
de otros países para que los inversores puedan recuperar su dinero
en casos de crisis. No habrá regulación de los flujos
internacionales por una razón muy sencilla: sólo puede
haberla si hay un acuerdo global. Es impensable que unos países
regulen y otros no, porque hoy la movilidad de capitales hace que puedan
circular electrónicamente por distintas economías. Por
tanto, sólo se podría aplicar bajo una condición:
que las principales economías del mundo se pusieran de acuerdo
en poner por ejemplo, un impuesto como la tasa Tobin a las transacciones
financieras especulativas. Y hay formas de aplicarlo. Tecnológicamente,
regular es complicado (por la velocidad de los circuitos financieros)
pero no imposible: existen fórmulas electrónicas para
poder tasar transacciones. El problema es que Estados Unidos –y
por tanto el Fondo Monetario Internacional, que controla directísimamente–
no está dispuesto a basarse en la regulación; no la acepta.
¿Qué proponen entonces para enfrentar las crisis
regionales, como las que han estallado en los países asiáticos,
Rusia o Brasil?
Intentar prevenirlas con acciones del Fondo Monetario Internacional
que le den más capacidad de intervención, hasta convertirlo
en un sistema de vigilancia financiera monetaria global: si un país
está a punto de entrar en un proceso que le parezca peligroso
al FMI, se le da una advertencia y se le llama a la disciplina económica.
Si acepta el ajuste, se le facilita crédito; si no lo acepta,
se le declara país peligroso, lo que genera una huida de capital.
Los paquetes de préstamo quedan ligados a una menor regulación
por parte de los gobiernos. En este sentido, las tendencias apuntan
a un mayor control de mecanismos globales como el FMI sobre las políticas
de los Estados nacionales. Y en consecuencia, a menos control de los
gobiernos sobre los flujos globales.
Últimamente se habla de una crisis del paradigma neoliberal.
Hay quien afirma incluso que ya estamos en una etapa de post-neoliberalismo.
¿Cuál es su opinión?
Si hablamos en términos sociales y políticos, si hay una
crisis del neoliberalismo, a causa de los efectos perniciosos de una
globalización incontrolada y de un desarrollo tecnológico
claramente sesgado hacia los grupos más educados en los países
avanzados. Y se está produciendo una reacción social y
política. A veces con tonos progresistas, como los zapatistas
en México, pero también con movimientos fundamentalistas
en buena parte del mundo. A nivel mundial hay un rechazo creciente,
social, político y cultural, del control de las sociedades de
flujos de capital y tecnología.
En lo que no estoy de acuerdo es en que haya una crisis económica.
Desde el punto de vista del crecimiento de los capitales –que
es el nuevo tipo de medida en estos momentos: no tanto la tasa de ganancia
como el aumento del valor del capital– la situación es
distinta. Las empresas de Internet, cuyas acciones sube cada día,
tienen poca ganancia, pero su capital se incrementa enormemente por
la revalorización en los mercados financieros, debida a la expectativa
de futuras ganancias. Lo que está ocurriendo es que hay un nuevo
tipo de economía con altísima productividad. No es simplemente
economía especulativa. Tiene una gran movilidad de capital a
nivel mundial: aumenta o encoge sus flujos de inversión según
las oportunidades o los peligros.
Entonces, los grandes inversores globales no han perdido grandes
capitales en la crisis asiática y han sido ampliamente compensados.
En efecto. Las empresas coreanas o indonesas y los trabajadores de esos
países han sufrido considerablemente, pero el capitalismo global
y, dentro de él, Estados Unidos, son cada vez más dinámicos
y tienen fuerza para mantener este dinamismo.
Y las políticas de desregulación que han impulsado
gobiernos como el de Estados Unidos son coherentes con ese tipo de economía...
Totalmente coherentes y además van muy bien. La economía
de Estados Unidos es la más boyante que ha habido en muchos años.
Es cierto que las acciones de Internet pueden bajar, porque están
a niveles estratoféricos, no pueden seguir triplicando su valor
cada año. Pero de todas maneras la economía estadounidense
vive una época dorada y no va a sufrir una crisis global o catastrófica,
aunque en algún momento haya un ajuste del mercado. No hay crisis
del capitalismo global; al contrario. Y al mismo tiempo, es cada vez
más excluyente de muchas zonas del mundo, con crisis cada vez
más violentas. Crisis que no afectan a la economía y al
sistema en su centro, sino a las sociedades y a las políticas.
Es la otra cara de la moneda, que usted ha descrito como el
“cuarto mundo”. La exclusión social, no sólo
de regiones, sino también de los centros de las grandes urbes
estadounidenses. ¿Existe alguna salida de esos “agujeros
negros” del capitalismo “informacional” como lo llama
usted?
Desde el punto de vista estrictamente económico y tecnológico,
no. La capacidad del sistema actual de funcionar en redes electrónicas
–que conectan todo lo que vale y desconectan lo que no vale desde
el punto de vista del sistema– hace que se pueda prescindir de
grandes segmentos de la sociedad y áreas enteras del planeta.
A nadie le interesa hoy lo que ocurre en África, en la medida
en que su gente no tiene valor ni como productores ni como consumidores;
más bien son un problema y, si desaparecieran, sería beneficioso
para el sistema. No hay razón económica alguna para gastar
en esas zonas donde no se pueden obtener ganancias, cuando invirtiendo
en Internet puedes triplicar el capital cada año.
Ahora bien, lo que yo considero una utopía neoliberal es pensar
que un planeta puede funcionar excluyendo a un 40% de su población:
que en estos momentos malvive con menos de dos dólares al día.
En los últimos diez años ha habido un aumento extraordinario
de la desigualdad social, la pobreza y la exclusión en la mayoría
de los países, incluido Estados Unidos.
Por eso los límites de este sistema no son económicos
o tecnológicos: son sociales y políticos. Pero debido
a la deslegitimación creciente de las instituciones del Estado,
las explosiones y movimientos sociales son hoy por hoy los únicos
límites a ese sistema altamente dinámico y creativo, pero
al mismo tiempo altamente excluyente y destructivo.
¿Dónde reside el vínculo entre el desarrollo
tecnológico y esa exacerbación de la polarización
y la pobreza?
En la medida en que la creación de valor depende cada vez más
de la capacidad de procesar información y de la infraestructura
tecnológica que implica, la desigualdad en educación y
recursos tecnológicos y culturales amplifica las desigualdades
sociales. Lo que ha ocurrido tradicionalmente en el intercambio desigual
entre materias primas y productos manufacturados se ha extendido ahora
al intercambio entre cualquier tipo de producto (agrícola, manufacturado,
etc.) y el producto informacional. Como la capacidad informacional está
concentrada en sectores sociales y países muy determinados, la
desigualdad educativa se transforma en exclusión social.
En este contexto de flujos de capitales y tecnología
que sobrepasan la capacidad del Estado, ¿existe un espacio para
que éste pueda desarrollar políticas públicas significativas
o ha perdido la capacidad de influencia real?
Los Estados han dejado de ser soberanos, por muchas declaraciones que
hagan. Sean grandes o pequeños, no tienen por sí mismos
capacidad de controlar los flujos globales de capital, de tecnología,
los medios de comunicación o Internet. Eso no quiere decir que
desaparezcan. Los Estados nacionales son constituciones históricas
que representan identidades, coaliciones de intereses y proyectos nacionales;
van a seguir existiendo. Los futurólogos que predicen su desaparición
simplemente reflejan una ideología neoliberal.
Lo que ocurre es que, en este momento, la función del Estado
es, más que gobernar, navegar en ese mundo cambiante de flujos
de información y riqueza que constituye el planeta, mientras
tratan de combinar los distintos grupos de intereses. Muchos Estados
se están adaptando a través de dos procedimientos.
Por un lado, a través de alianzas de Estados, con la organización
de redes interestatales y la construcción de instituciones supranacionales
que puedan conseguir una mayor poder de negociación e influencia
en este mundo de flujos globales. Y, por el otro, con la descentralización
regional y local que permita a las entidades públicas tener mayor
flexibilidad para adaptarse a estos continuos cambios de flujos de comercio,
capital e información.
Hemos pasado de un Estado-nación a lo que llamo un Estado-red,
que está constituido por una red de relaciones entre los Estados-nación,
las instituciones supranacionales, las internacionales y los entes locales
y regionales, que tienen una creciente capacidad de gestión.
El ejercicio de la política pasa cada vez más por una
continua interacción, a veces negociada, a veces conflictiva,
entre estos niveles distintos de instituciones estatales que forman
el Estado-red.
En este contexto, ¿cuan determinante es la capacidad
fiscal del Estado? ¿De qué fuentes va a extraer los recursos
para hacer políticas públicas?
La capacidad fiscal es decisiva y es uno de los grandes desafíos
que tiene el Estado en el momento de la globalización de la economía.
En la medida en que existe la posibilidad de desplazar capitales y establecer
sedes de empresas en paraísos fiscales, la contabilidad interna
de muchos bancos y empresas multinacionales es prácticamente
imposible de controlar para los Estados, y esto va a más. Sin
contar la enorme cantidad de economía informal y criminal que
por definición escapa al Estado, o los fraudes fiscales masivos
que se producen en todo el mundo. Si a esto añadimos la estrategia
directamente neoliberal de reducir la base fiscal del Estado, nos encontramos
con una situación en la que a los Estados se les pide cada vez
más pero tienen cada vez menos con qué cubrir esas necesidades.
Por consiguiente, los Estados están más en situación
de incitar y negociar que de decidir y ordenar.
¿Está el mundo impotente ante la interrelación
de la economía global criminal en la sociedad-red?
Francamente, éste es uno de los mayores problemas del planeta,
y se enfrenta a una ceguera interesada de los analistas sociales y políticos.
Pensemos que la economía global criminal es mucho más
que el narcotráfico. Es también el tráfico ilegal
de armas, personas, órganos humanos... o de dinero. El tráfico
de drogas vendría a representar entre el 50 y el 60% del volumen
global de esta economía que las Naciones Unidas, que tiene unidades
especializadas en estos temas, estima en un flujo anual de al menos
un billón (con doce ceros) de dólares, que es más
que el producto bruto del Reino Unido.
Eso sería lo mínimo que estaría circulando en los
circuitos financieros y de blanqueo de dinero. Sin embargo, esos datos
son poco confiables: la mayoría de la gente que ha intentado
verificarlos, como es el caso de muchos periodistas –porque los
periodistas son los únicos que se toman este tema en serio–
ha sido asesinada.
Pero el hecho de que no podamos medir este capital con precisión
absoluta no quiere decir que no exista, puesto que observamos sus efectos
en la economía y la política de todas las sociedades.
De vez en cuando asoman a la superficie. No solamente en México,
Colombia o Sicilia. Hace tres años la crisis de los organismos
de ahorro en Japón se saldó con bancarrotas por cientos
de miles de millones de dólares. Buena parte del problema se
atribuyó a que muchos bancos y sociedades de crédito habían
tenido que conceder préstamos de miles de millones de dólares
a la Yakuza, la mafia japonesa.
¿Cuáles son las políticas que se están
siguiendo?
Fundamentalmente, represión y negación de la evidencia.
No sólo están condenadas al fracaso, sino que además
están generando gastos disparatados. En Estados Unidos hay cinco
millones y medio de personas en el sistema de justicia criminal y dos
millones en la cárcel; el 60% de ellos ligado a la droga: la
menor parte al consumo y la mayor parte al tráfico. En Estados
Unidos se construye una prisión cada semana y se calcula que
este ritmo se va a mantener durante los próximos diez años.
California gasta tanto en cárceles como en educación.
Situaciones como la de México, Colombia, Bolivia o Paraguay indican
que la economía criminal ha penetrado en lo más profundo
y más alto de las instituciones del Estado, desde policías
de aduana y jueces hasta ministros y parlamentarios de los partidos
mayoritarios.
En estas condiciones, seguir pensando que la simple represión
de las actividades marginales de los traficantes puede bastar como política
contra la economía criminal es, o bien un sueño o, mucho
más grave, una irresponsabilidad. Es incomprensible que haya
una acción de grandes gobiernos para ocuparse de los derechos
humanos en Kosovo con enormes recursos políticos y militares
y no haya una acción concertada de gobiernos para un programa
global contra la economía criminal que vaya desde medidas represivas,
que las tiene que haber, hasta medidas de limpieza de las instituciones
del Estado en la mayoría de los países, incluido Estados
Unidos, donde más de trescientos miembros de la patrulla de frontera
han sido inculpados por narcotráfico en el último año.
Hacen falta programas preventivos y plantear en serio el tema de la
legalización de las drogas como un elemento fundamental. En Holanda
hay una amplia tolerancia con el consumo de drogas y el país
no tiene una tasa de mortalidad ni de enfermedades por toxicomanía
mayor que la de otros países europeos.
El acceso a la información, la educación y la
tecnología es una de las claves que están marcando las
grandes diferencias sociales en el mundo. ¿Existen casos exitosos
de Estados que hayan impulsado políticas públicas de acceso
a la tecnología y la educación, que redunden en una mejora
de su capacidad de negociación?
Un ejemplo caro es el Pacífico asiático. A pesar de que
en mi opinión no son modelos a seguir por su autoritarismo político,
en muchos Estados de esa zona ha habido un extraordinario desarrollo
tecnológico y de recursos humanos que ha permitido que, en estos
momentos, países que hace treinta años eran subdesarrollados
puedan competir en términos tecnológicos con las grandes
potencias mundiales. También hay bastantes ejemplos europeos,
sobre todo países escandinavos. Y especialmente Finlandia, donde
una política activa del gobierno ha permitido un desarrollo educativo
que ha hecho del país la primera sociedad de información
del mundo. Esto ha repercutido en una enorme competitividad en las empresas
finlandesas, al mismo tiempo que se ha desarrollado el Estado de bienestar,
la participación ciudadana y la paz social.
En El poder de la identidad señala usted la obsolescencia
de los partidos políticos como mecanismos de representación,
mientras apuesta por los nuevos movimientos sociales. Pero en casi todas
partes la política sigue siendo administrada por los partidos.
Esta tendencia que usted aprecia, ¿está planteada a muy
largo plazo o tiene expresión inmediata?
Yo creo que los partidos políticos no sólo son importantes
sino indispensables en democracia. Y la democracia política es
un valor fundamental. Yo siempre recuerdo la definición de Robert
Escarpit, el ensayista francés, que decía: “Democracia
es cuando llaman a la puerta a las cinco de la madrugada y piensas que
es el lechero”. Y la democracia política incluye la pluralidad
de partidos políticos como mecanismos insustituibles.
Lo que afirmo en mi libro, en base a una investigación empírica,
no es tanto que los partidos estén superados sino que en estos
momentos no son agentes de innovación política, social
y cultural. La afirmación de nuevos valores no puede venir de
los partidos, en la medida en que estos tienen que gestionar el día
a día y son prisioneros de toda una serie de normas institucionales
y situaciones de equilibrio.
Por otro lado, si los movimientos sociales, que son los generadores
de nuevos valores, fueron los únicos exponentes de la organización
de la sociedad civil, correríamos un alto riesgo de fundamentalismo
e intolerancia, porque una vez que se proponen nuevos valores hay que
gestionar los intereses de la gente que no tiene esos mismos valores.
Por lo tanto es necesario establecer un equilibrio y una interacción
entre movimientos sociales, como generadores de valores, y partidos
políticos como gestores de instituciones en una sociedad plural
con múltiples intereses. En este sentido no son excluyentes.
Sin embargo su fusión, la absorción de los movimientos
sociales por los partidos políticos, lleva simplemente a la burocratización
de la sociedad.
El problema no es que los partidos estén obsoletos por definición;
es que han entrado en una crisis de legitimidad profunda, no tanto por
ser partidos políticos sino por lo que hacen como tales.
Han quedado prisioneros de los medios de comunicación. No es
que éstos tengan el poder, sino que son el espacio donde se hace
la política en la sociedad de la información. Los partidos
se han convertido fundamentalmente en productores de imágenes
y de efectos comunicativos, porque a través de ellos se impacta
a la opinión pública en sentido positivo para sí
y negativo para los adversarios, y se llega al poder o se mantiene.
Al convertirse en máquinas mediáticas, los partidos políticos
han perdido sus conexiones profundas con la sociedad prácticamente
en todo el mundo. Y en muchos casos se han convertido en máquinas
burocráticas.
Quienes militan en los partidos son personas poco representativas de
la realidad, se han convertido en aparatchiks. Es una extraña
combinación de aparatchiks como cuadros de partidos y de máquinas
mediáticas como formas de llegar al poder. Y cuando acceden a
él, lo utilizan fundamentalmente en beneficio de los propios
miembros del partido, para situarles en posición de privilegio;
mientras las políticas con las que se gobierna se parecen cada
vez más.
Así pues, estamos ante una pérdida de eficacia y legitimidad
del tipo de organización política de partido en el que
estaba basada la democracia representativa, en un momento en que las
fórmulas de hacer política han cambiado y los partidos
no.
Los movimientos sociales también tienden a actuar para
los medios de comunicación.
Aún más que los partidos, están orientados hacia
la intervención mediática. El caso de los zapatistas es
más que evidente: son la expresión de unas reivindicaciones
profundas, indígenas, democráticas, pero su acción
no es militar ni política; es mediática, provoca un impacto
en la opinión pública que les permite negociar sus reivindicaciones.
Ése es el trabajo de los movimientos sociales: la producción
de nuevos valores. Por tanto, no es tan grave que los movimientos sociales
estén centrados en el impacto mediático porque su trabajo
histórico está en el cambio de los códigos culturales.
Un partido político, en cambio, lo que tiene que hacer es gobernar
o controlar a quien gobierna y preparar una alternativa de gobierno.
Por tanto, su acción debe centrarse en las políticas que
afectan a la vida de la gente. Obviamente, para llegar al poder hay
que pasar por una política mediática, pero la producción
de imágenes no puede ser el centro de la acción de los
partidos.
¿Debemos esperar que los movimientos sociales suplanten
funciones de los partidos o que surja un nuevo tipo de partido vinculado
a ellos?
El problema no es que existan los partidos; es que sólo existen
los partidos, y dentro del partido sólo existe la dirección
y el aparato. Hay que encontrar nuevas formas de apertura de los partidos
a la sociedad y nuevas formas de control constante de la sociedad sobre
ellos. Y esto pasa por una descentralización de la política
y una intervención sistemática de la sociedad civil utilizando,
por ejemplo, Internet en el control cotidiano de la política.
¿Qué potencialidades tiene lo que usted llama
la sociedad-red?
La sociedad-red ya existe, no es el futuro. Es una sociedad que está
constituida en torno a redes electrónicas de información
en las que casi todo lo que es importante circula. El capital, el comercio
internacional, la tecnología, las nuevas tácticas militares,
los medios de comunicación, la educación... todo está
constituido en torno a estas redes, que son muy flexibles.
Los movimientos sociales, que antes eran locales, y por lo tanto localistas,
pueden, y de hecho ya lo están haciendo, conectarse a través
de Internet. No sólo intercambian información y experiencia,
sino que también coordinan acciones y reivindicaciones.
A nivel político, el control de la opinión que ejercen
los medios de información puede ser contrarrestado por redes
de comunicación horizontales entre ciudadanos. Los medios dependen
de una estructura empresarial y un sistema profesional que hace que
ciertas informaciones pasen y otras no, que algunas se acentúen
y otras no se les dé relieve. La comunicación electrónica,
en cambio, puede representar una enorme expansión del acceso
de todos los ciudadanos a la información.
Cada vez bajará más el precio de la comunicación
electrónica, los ordenadores serán cada vez más
potentes y fáciles de manejar. De modo que el problema no es
tanto que la gente esté desconectada electrónicamente
como que, una vez conectados, ¿dónde está la cultura,
la educación y la capacidad política para poder relacionarse
y obtener todo el beneficio de esos sistemas electrónicos de
información?
Su mirada al siglo XXI describe una revolución en la
genética y un desarrollo aún más acelerado de la
economía global. ¿Es una visión más optimista
en relación a lo que fue el siglo XX?
Todos los elementos están ahí para que la revolución
genética se convierta en la gran revolución tecnológica.
De hecho, ya estamos en ella: podemos clonar células y órganos
humanos, y estamos a punto de terminar el mapa del genoma humano. Por
lo tanto, ya somos capaces de manipular la materia viva, lo cual plantea
toda clase de cuestiones no sólo éticas, sino también
políticas. Hace pocos meses una compañía farmacéutica
suiza compró el genoma humano de Islandia gracias a una ley del
parlamento islandés. Al ser una sociedad relativamente aislada
es uno de los genomas humanos más puros y por tanto van a poder
experimentar toda clase de nuevos medicamentos de alteración
genética.
¿Qué consecuencias tiene esta enorme capacidad
tecnológica de que se ha dotado nuestra especie?
En estos momentos cualquier efecto de lo que ocurra en nuestros valores
e instituciones se amplifica en muchos grados. Esto vale para nuestros
ángeles y para nuestros demonios.
Una sociedad igualitaria, democrática y dispuesta a corregir
problemas tiene enormes posibilidades. Pero una sociedad ferozmente
individualista y competitiva, despreciadora de la preservación
de la naturaleza e indiferente ante la miseria humana, se puede convertir
en totalmente implacable, despiadada y autodestructiva. Aumentar la
capacidad de un organismo enfermo implica crear patologías sociales.
Por ejemplo, en la medida en que las sociedades sigan enfermas en términos
de sus valores, aumentará el consumo de drogas. Mientras haya
una demanda, habrá una economía de drogas. Mientras no
haya legalización de las drogas, habrá economía
criminal. Que reinvertirá y, por consiguiente, seguirá
penetrando en Estados e instituciones financieras, expandiéndose
y creciendo geométricamente.
Al final de su trilogía, usted rehúsa ofrecer
predicciones sobre qué hacer frente a los cambios vertiginosos
que está sufriendo el mundo. ¿Por qué?
Estoy vinculado con sectores de la izquierda europea y me considero
solidario con numerosos movimientos progresistas en todo el mundo. Pero
una cosa es la posición ética de Manuel Castells, y otra
cosa es la producción analítica de un intelectual. Que
desde un análisis de las tendencias de la sociedad se extraigan
políticas alternativas, conclusiones directas de lo que hay que
hacer en España, Brasil o China, me parece irresponsable.
Más aún, yo planteo el intelectual como individuo que
sólo tiene derecho a decir lo que como intelectual puede entender;
no dicta normas ni hace propuestas. Me opongo a la posición elitista
del intelectual a lo Vargas Llosa, que se pasea por ahí diciendo
lo que todo el mundo debe hacer. Ésa del intelectual clasista,
tanto francés como latinoamericano, que por ser intelectual se
cree con derecho a hablar en nombre de todos. Como intelectual, mi trabajo
es analizar lo que está ocurriendo y decirlo con toda libertad.
Es una contribución a un debate, del que debe salir un proceso
en el que cualquiera, no sólo los partidos o los movimientos
sociales, ha de poder sacar sus conclusiones y aplicarlas a sus propia
vida, a su propia política y a su propio país.
Notas
[*] Manuel Castells,
"Los Estados ya no pueden gobernar; sólo negociar", en Ajoblanco,
Barcelona, 1999.