Claudio Martyniuk
Indice
Primera parte: Experiencia
De
una frontera a otra (Munro-Pilcaniyeu)
Un muerto en 1977 -
Poco tiempo antes, el sueño de una tarde cálida - El negro -
Una zona de la memoria - Vélez y Kant - Vuelvo sobre los pasos - Quiero
atrapar el Sol en una pared desierta -
Educación integral - De una tarde a una noche (1978) - Informes de 1979
- Un viaje a las fronteras - La escuela gendarme - Lecciones de estilo - Abrir
los ojos a un proceso de todos - Una mañana, de la escuela a River, de Munro a
Pilcaniyeu - Los bendecidos - Las manos sucias - No hay nada en la viña del señor - Volví a Munro - Prosa de los
signos sensoriales.
Desaparición y
atención
Nocturno
de la ciudad - Vida y política - Excepción - Violencia - Dos pueblos, dos
violencias - El campo - Tragedia - La voluntad de no querer - ¡Puede el arte
ser un freno ante el límite? - Unión de mundos - La gravedad de la ideación -
El gesto inaudito - Atención.
Piedra tras
piedra. Desaparecidos, testimonios y representaciones
¿Dónde
quedaron los restos de mi cuerpo? (Monteverdi y D’ Inda en Esma) - WMB
(Wittgenstein método bélico) - Un hombre ha pasado por una experiencia, ahora
busca la historia de su experiencia -
Testimonio de un no-testigo y representación negativa - Sin arte cálido,
monumento (Parque de la Memoria) - Pájaros sin luz (testimonio de mujeres de
desaparecidos) - Un montaje – La desgracia, destino común.
Evaporación
Desesperación,
desaparición - Esteticismo - En lo sublime no concuerdan sensibilidad y razón -
Idealismo mágico - Ficción sin verdad - Tal vez alguna frase suelta - Es un
hedor, es un alivio existencial, es una pasión sustractiva - Inicio: esperar -
Solo el perfume se evapora.
Experiencia
A la memoria de Enrique
Latrónico y Amadeo San Martín, padres de desaparecidos, compañeros de la
Comisión de Familiares de Desaparecidos de la Zona Norte de Buenos Aires,
Iglesia de Victoria, 1978/9.
son un engaño.
La muerte es
la muerte.
Toko (1795)
Nos inunda el pesimismo o la indignación. El pesimismo
hace suyo algo del sufrimiento del otro sin un objetivo concreto. La
indignación exige una acción.
John Berger
Campo de
desaparición
Desde marzo de 1976 hasta noviembre de 1983, en Esma (Escuela de
Mecánica de la Armada), sobre la avenida del Libertador y al lado de la escuela
secundaria industrial “Raggio”, en el barrio porteño de Nuñez, funcionó un campo
de desaparición. Esma es un campo de desaparición. Lo ha sido, y no deja de
serlo. Sus muros están ensangrentados.
Sus baldosas tiemblan por los tormentos que debieron sostener. Por Esma pasaron unos cinco mil
detenidos-desaparecidos, por lo que fue, junto a Campo de Mayo, uno de los
mayores centros clandestinos de tortura y reclusión. Esma, campo de
desaparición en desuso. Ya no recorren sus celdas Emilio Eduardo Massera, jefe de la marina de la dictadura; ni
Rubén Jacinto Chamorro –alías: Delfín y Máximo-, director de Esma; ni tampoco
Jorge Eduardo Acosta Aubone –alias: Tigre, Santiago, Aníbal-, el jefe de
inteligencia del grupo de tareas (“Grupo de Tareas 3.3.2.”) creado en la marina para la represión ilegal,
hombre que decía ser como Dios, dueño de la vida y la muerte. Ese grupo de
tareas además cumplía misiones en el exterior: en España ofreció la técnica de
los secuestros y desapariciones para combatir a Eta; en Madrid y París instaló “centros pilotos”; en Gran Bretaña
realizó tareas de propaganda y obtuvieron equipamiento; en Arabia Saudita le
brindó seguridad a la casa real; en
Brasil secuestró y vigiló a exilados argentinos; en Bolivia compitió con el
ejército argentino para brindarle apoyo táctico a la dictadura represiva de ese
país; en Venezuela controló a exilados. Este grupo represor acumuló riqueza
económica tomando por la fuerza bienes,
falsificando documentos, torturando y asesinando para adquirir propiedades.
Hasta montaron una inmobiliaria, cerca de Esma, en el barrio de Belgrano. Más:
Esma rentó a un grupo de dirigentes peronistas de derecha para promover la
figura de Massera como heredero político de Perón. Massera, el que frecuentaba Mau Mau, tuvo descendencia: Alfredo Astiz, quien únicamente se
destacó en la represión ilegal. Astiz secuestró a la adolescente Dagmar Hagelin, a quien previamente le
disparó por la espalda; se infiltró en el grupo de madres de Plaza de Mayo que
se reunía en la Iglesia de la Santa Cruz; intervino en el secuestro y asesinato
de las monjas francesas. Massera, con
el nombre de guerra “Negro”, en unos casos, o
“Cero”, en otros, participó en los primeros operativos del grupo de
tareas para poner en evidencia su compromiso con la actividad que realizaban
los hombres bajo su mando. La inteligencia del grupo, que incluía desde la
información que se le arrancaba a los prisioneros bajo tortura hasta el decidir
a quién secuestrar, se hallaba a cargo de oficiales de la Armada secundados por
suboficiales de esa fuerza, personal de Prefectura y del Servicio Penitenciario
Nacional. En los operativos se agregaban efectivos de la Policía Federal y
oficiales y suboficiales retirados de la marina y el ejército. La logística
comprendía el mantenimiento y refacción de las instalaciones, así como la
administración de las finanzas y negocios, tareas a cargo de oficiales y
suboficiales de la Marina. Los guardias, llamados “los verdes” por el uniforme
que portaban, que además tenían la sangrienta tarea del traslado, eran
suboficiales jóvenes de infantería de marina, algunos de los cuales habrían
padecido algún desequilibrio, llamado “locura de Capucha” en referencia al
lugar de realización de unas tareas muy diferentes a las que mostraba la
propaganda televisiva destinada a los
“jóvenes argentinos que deseen ingresar a la Armada”. Esma, campo de desaparición en una escuela de mecánica de la armada
donde el alumnado recibía adiestramiento técnico: electricistas, maquinistas y
artilleros convivían con estudiantes de marinería, comunicaciones, radar y
abastecimiento. Había una compañía de ceremonial y unos cinco mil marineros, a razón de un marino por cada
desaparecido.
En el Casino de Oficiales, un edificio de tres pisos, con un altillo
grande y un sótano, funcionó el grupo
de tareas y el campo de concentración. En el primer y segundo piso estaban los
dormitorios de los oficiales. El tercer piso –llamado “Capucha”, tenía pisos de
cemento que se pintaban constantemente, sin ventanas, con pequeños ventiluces
que daban a los “camarotes”, unas celdas con paredes de mampostería. Frente a
los “camarotes” se alineaban las “cuchas”, estrechos cubículos donde se tenían
encapuchadas, esposadas y engrilladas a las víctimas. Acá, además, estaba el “Pañol”, sitio donde se almacenaban los
bienes robados. Entre la “Capucha” y el “Pañol” se hallaban los baños y tres
habitaciones, una de ellas para las prisioneras embarazadas. Un guardia armado
abría la puerta y anotaba en un libro todos los movimientos. En el altillo llamado “Capuchita” también se
alojaba a los detenidos-desaparecidos, pero en condiciones aún más rigurosas.
Había dos salas de tortura. Se prestaba este espacio a la Fuerza Aérea, al
Ejército y al Servicio de Inteligencia Naval para llevar allí a sus detenidos.
En la planta baja se encontraban los despachos de algunos oficiales del grupo
–la zona de “los Jorges”- y había un
salón, “El Dorado”, donde se instaló
la sección de inteligencia del grupo y se concentraban los efectivos
antes de salir. En el sótano se ubicaban la enfermería, un laboratorio
fotográfico y varias salas de tortura presididas por dos carteles que decían:
“El silencio es salud” y “Avenida de la felicidad”, las salas eran el escenario
de todo tipo de actos de tortura. Al
sótano eran llevados los detenidos recién ingresados. Esta disposición fue
alterada primero en octubre de 1977,
cuando se hizo en el “Pañol” una reforma para instalar oficinas separadas por
acrílicos transparentes y madera aglomerada, donde un grupo de secuestrados,
todos con sus pies engrillados y vigilados por un circuito cerrado de televisión,
era ocupado en tareas de traducción de artículos de la prensa extranjera y
archivo periodístico; después, en
diciembre de 1978, se volvieron a concretar reformas, esta vez destinadas a
preparar el espacio para ocultar la realidad del campo a la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos. Entre la costa del río y la avenida
Leopoldo Lugones se ubicaba el campo de deportes de Esma. Allí se incineraban
cadáveres. Un cabo segundo que revistó en Esma, declaró ante la Conadep que
“desde la ESMA se trasladaban cuerpos de detenidos muertos, en camionetas
verdes, al campo de deportes que se encuentra en los fondos de la escuela, del
otro lado de la avenida Lugones, sobre la costa. Iban dos personas a cargo de
cada camioneta y en una oportunidad oí que le decían al suboficial a cargo de la guardia que venían ‘de hacer un
asadito’, forma de manifestar el procedimiento de quema de los cadáveres. Por
la noche podían verse las hogueras de la quema de los cuerpos. Era frecuente
también que durante el día se realizara el relleno de esa zona, ampliando con
tierra el área del campo de deportes, por lo que supongo se procedía así a la
cobertura de los restos de las hogueras. En ese mismo campo encontré una bolsa
de plástico azul que al abrirla vi que había un feto con cierta cantidad de
líquido.”
(A un año del golpe de Estado, el 24 de marzo de 1977, el
diario La Opinión -todavía dirigido por Jacobo Timerman publicó un suplemento
titulado “El silencio de los políticos”. Allí, Angel Federico Robledo, por el
Partido Justicialista, decía: “El primer paso de toda apertura política deberá
ser la concreción de un programa de unidad
nacional libremente acordado entre los sectores políticos y no políticos
del quehacer nacional y las Fuerzas Armadas. Eso permitirá que con la participación
responsable de todos se logren los objetivos que para este proceso de
transición anunciaron las Fuerzas Armadas como metas justificativas del golpe
de Estado.” “Las Fuerzas Armadas han
obtenido un éxito en la lucha contra la subversión, en el último año, en el
campo militar. Les aguarda la tarea más difícil, que es ganar la paz, y cuyo
fin requiere la colaboración de todos los sectores del país que entiendan que
la paz es pre- requisito del desarrollo. Sin embargo, conspiran contra esa
posibilidad los sectores que se han
autoproclamado ‘colaboradores´ de la represión ilegal, incurriendo en excesos
que además de darnos una mala imagen externa, producen en el orden interno
inquietud y temor. Es necesario comprender que la voluntad mayoritaria del pueblo
acompaña a sus Fuerzas Armadas en la medida que éstas entiendan la necesidad de
reprimir a sus interesados ‘colaboradores’ y poner en práctica procedimientos
que aseguren la paz y no sobremilitaricen la represión,” expresaba Juan Carlos
Pugliese, de la Unión Cívica Radical. “Los que tienen el poder deben adoptar
medidas concretas para dar la sensación que no se dejarán cometer crímenes a la
ultraizquierda y a la ultraderecha”, Fernando Nadra, Partido Comunista. Ese
mismo día, pero en forma clandestina, el escritor Rodolfo J. Walsh daba a
conocer una carta abierta a la Junta Militar, donde señalaba que el primer año
de dictadura causó “quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil
muertos, decenas de miles de desterrados.” )
Una ínfima minoría de los secuestrados colaboraron directamente con el grupo de tareas en la represión
ilegal. Fueron llamados “mini staff”. Otro grupo hizo tareas de como elaborar
síntesis de prensa, clasificar de objetos robados, electricidad, plomería, y
carpintería.
En marzo de 1978 un prisionero, Horacio Maggio, logró evadirse y salió
del país, denunciando la existencia del campo de concentración. (Horacio volvió
–su agrupación le ordenó que volviera al país- y fue recapturado y asesinado
seis meses después.) Jaime Dri, ex dipitado chaqueño, también se fugó (el 19 de
julio de 1978) y denunció la existencia
de Esma.
Ante
la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en 1979,
los secuestrados fueron trasladados, unos a una quinta de la zona norte del
Gran Buenos Aires; otros a una isla en el Tigre de nombre “El Descanso”. A los
detenidos que permanecieron en Esma se los vistió con ropas de fajina del
personal incorporado a la Armada.
Mario Villani, físico, fue secuestrado en 1977. En marzo de 1979 lo
trasladan a Esma. Allí fue “X96”. Fue obligado a reparar una avería en una
pica, un generador de tensión de 12.000 voltios y baja corriente que era
utilizado para aplicar descargas a los detenidos. Se negó. Se negó hasta que
comprobó, según relató después a Francesco Relea, de la revista del diario
español “El País”, que los torturadores empezaron a usar otro aparato sin
limitación de corriente; un aparato mortal. Pero los torturadores no sólo
usaban picana. Ricardo Miguel Cavallo, ángel rubio como Astiz, “era cordial”.
Obligó a mujeres “liberadas” como Ana Testa, quien antes fue secuestrada y
torturada en Esma, a compartir la vida con él. La invadió. Dormía en su casa.
Comía en su mesa. Nadaba en su pileta. Pasó un fin de año junto a la familia de
la sobreviviente.
Entre 1980 y 1983 se montó, con mano de obra esclava -prisioneros trasladados a Esma desde distintos campos de concentración- un
servicio de falsificación de documentos. Hasta se proyectó falsificar dinero
chileno. Víctor Melchor Basterra integró ese grupo. Fue secuestrado el 10 de
agosto de 1979 y “liberado” en diciembre de 1983, antes de que asumiera Raúl
Alfonsín, pero los represores lo siguieron intimidando. En agosto de 1984 llevó
al Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) un bolso deportivo que contenía
tarjetas falsas de identificación de automotores robados que se usaban en los
operativos; ordenes manuscritas de hacer documentos falsos; datos y
antecedentes de los secuestrados en Esma; cédulas de identidad de la Policía
Federal falsificadas; autorizaciones falsas para portar armas; volantes
impresos en Esma para algunos candidatos justicialistas; listas de
desaparecidos; fotografías de desaparecidos y de los sectores de detención y
tortura de Esma. Basterra le sacó fotos a sus represores para hacerles
documentos falsos. Hacía copias. Sacó de Esma un centenar de esas fotografías.
Fue un desaparecido que hizo aparecer los rostros de los desaparecedores.
Visitaron el campo desaparecidos Esma, en los tiempos de funcionamiento
pleno, periodistas al servicio de Massera y el pro-bicario castrense, monseñor
Bonamín. Instituciones civiles pusieron a disposición del “grupo de tareas”
vehículos, instalaciones y redes de comunicaciones. En la navidad de 1979 el
cura de Esma celebró una misa en el sótano del campo de concentración.
Asistieron los desaparecidos, engrillados y encapuchados. Pudieron retirarse
las capuchas al inicio de la misa. Ya antes, en 1978, habían recorrido Esma el
nuncio apostólico, Pío Laghi y Monseñor
Aramburu, cardenal primado de la Argentina
Esma tuvo más sobrevivientes que los
restantes campos; fue un lote pequeño, pero mayor que el de los campos del
ejército y la aviación. A diferencia de Videla, Massera citaba a Martínez
Estrada, y criticaba a la política económica de Martínez de Hoz. Ese aire se
advertía hasta en las contraseñas para ingresar a Esma: “El caballo toma a la
reina”, “Cerrar la partida con tres de alfil”. Propagó el horror a través del
rumor nihilista, el medio más fuerte de propaganda. Igual, en los hogares, las
señoras de los oficiales tomaban el té en vajilla robada, como denunció
Lanusse. Tachando seres, sellando compromisos con sangre, marchaban los
hacedores de parajes físicos de aniquilación; Massera los encabezaba. Massera
recibió el doctorado honoris causa de la Universidad de El Salvador, en 1978.
Desde el aire, cae el aire y vuela la muerte. Mientras tanto, el río era
llenado. La muerte, el color de las aguas. Las aguas adentro nuestro. Brotan de
Esma, aguas argentinas. Quien sabe si aún hoy no llegan cabellos por las
tuberías. Se consumen los hechos. En Esma, suboficiales regalando cigarrillos,
secuestrados comiendo siempre sopa, durmiendo sobre colchonetas, entre la
sangre, la orina, los vómitos y la transpiración. En la “Q”, los quebrados. En
la oscuridad se dio a luz: los niños nacidos en Esma. Una ñiña, la hija de
Silvia Dameri, quizás lea esto, quizás crea saber quién es pero tal vez aún no
lo sabe, ni sabe que no sabe. Y como ella, muchos más. Hay quienes necesitaban
una cesárea y eran conducidas al Hospital Naval. Después del parto eran
regresadas a Esma. El aire (todo el aire), elemento del desaparecido. En él
persiste el grito. Sobre él se disfraza la ausencia (paréntesis como
desaparecidos: horror vacui). En el aire, una herencia. ¿Memoria que previene, detiene, ordena, requiere? Memoria
del dolor, memoria del tiempo, memoria del espacio, extensiones fantasmales.
Pasaje al hábito, fuerza de la costumbre.
Desaparición, naturalización, hispostatización. El aire, encerrado,
denso y oloroso.
El pan se ha
acabado, vamos a volver dentro, a hundirnos en nosotros mismos, mirando
nuestras manos, a encenagarnos, mirando la estufa o el rostro de un tipo,
sentarnos allí, a hundirnos hasta aproximarse el rostro de M..., de D..., allá.
Voy a recordar que, allá, me hablaban. Podía ocurrir que se dirigiesen
exclusivamente a mí. Allá, en la calle, yo era como cualquier otro... Allá,
sólo consigo verme de espaldas, siempre de espaldas.
Robert Antelme, “La especie humana”
(1947, Arena, Madrid, 2001, p. 111).
Aún adentro de Esma fue posible, por momentos, algo parecido
a la vida. Aun cuando la furia ciega y embrutecida de unos aniquilara los
cuerpos de otros, hasta antes del final cierta expresión de salud pueden
conservar los oprimidos: anhelos, fantasías, espíritu de solidaridad,
conciencia política. Privado de los suyos, privado cada vez más de su cuerpo,
cada uno conservaba algo. Aún sobrevivía la voluntad. “No puedo crear algo
comestible. En esto consiste la impotencia. Estoy solo, no puedo hacerme vivir
a mí mismo. Sin hacer nada, el cuerpo despliega una prodigiosa actividad con
sólo consumirse. Siento que algo se me escapa, no puedo detenerme, mi carne
desaparece, cambio de envoltorio, mi cuerpo huye.” Pudo Antelme, sobreviviente
de Buchenwald, Gandershein y Dachau, escribir sobre lo vivido en Alemania. ¿Esa
experiencia no habría sido, tal vez, la de esos aniquilados hasta la
desaparición en Esma? Esa experiencia, la experiencia de un testigo.
Testigo, no el situado como tercero en un litigio (terstis), sí quien ha
pasado hasta el final por un acontecimiento y puede ofrecer un testimonio sobre
él (superstes). Testigo, el que
recuerda (martys, en gr., recordar, de mártir surge martyrium, un término
utilizado para indicar la muerte de los cristianos perseguidos, quienes de esa
forma daban testimonio de su fe; una razón para explicar el escándalo de una
muerte insensata). Testimonio, acto de autor; el testimonio presupone siempre
algo -acción o suceso- que preexiste: referencia. Testimonio,
representación firmada; y la firma legítima legitima. Testimonio: actuación
para el prójimo.
Contra la inocencia de la evidencia de los sentidos. Tras los
juicios del pasado sensorial de un sujeto. Testimonio imposible: desde el
interior, ya que el desaparecido desapareció; no hay aparición capaz de narrar
la desaparición (toda muerte sería imposible de ser testimoniada, aún la de
aquellos que han sido privados de la muerte propia). Testimonio desde el
exterior, desde una visión ajena. El exterminio, la aniquilación, la desaparición sólo
podría ser mostrada. El relato, palabras que sólo sobrevuelan la desaparición,
por la superficie, sin bucear allí, en esa profundidad oscura.
Fuera de Esma, lo demás, como
escribió Primo Levi en el final de “La Tregua”, lo demás tan sólo habrá sido
breve vacación, ilusión de los sentidos, sueño incierto. Y sin embargo, esa
experiencia de verdad parece aniquilada, desaparecida por la violencia misma de
la desaparición. ¿Quién puede sobrevivir realmente? Atravesar la desaparición,
una experiencia no de la vida. La desaparición no puede ser experimentada.
Sombras incapaces de hacerse cargo de la experiencia. Sombras que olvidan el
terror (el terror, una idea fugitiva, dice Aira).
Adorno, en “Dialéctica negativa” (1966)
trazó “un nuevo imperativo categórico:
pensar y actuar de modo que Auschwitz no se repita, que no ocurra nada
parecido.” Ocurrió Esma. Nada de lo sucedido, nada de lo sabido ni de lo
juzgado nos ha hecho más sabios, tampoco más profundos o mejores. Ni siquiera
sentimos nuestra fragilidad al pasar frente a Esma, fábrica de desaparecidos. Esma hizo que la muerte adquiriera una forma que nunca se
había temido: desaparición, violencia en la cual la negación del crimen es
parte del interior del crimen. Cavó una fosa en los aires, en el cauce del ancho río, allí donde no
hay estrechez. Luego de torturados, anestesiados y arrojados desde el aire;
hundidos en el río. Eso, la desaparición, sigue provocando extrañeza, aún
sabida. Dura roca contra la que choca la eficacia de las ideas, que hace irreal
a las ideas. Testimonio, representación de ese choque. Testigo, quien ha pasado
por Esma; quien pasó, libre, por la
avenida; quien mira y no ve; quien se acerca, relata, alejándose.
Unos pocos de
los cinco mil alojados en Esma quedó con vida. Susana Jorgelina Ramus, una de
ese pequeño grupo, escribió “Sueños sobrevivientes de una montonera. A pesar de
la Esma” (Colihue, Buenos Aires, 2000). Dice que no era ella quien gritaba, no
era a quien se violaba, torturaba y cosificaba. Insensible, desdoblada,
resistía. Solo dolor y angustia. Atrapada
en el dolor, son sus exactas palabras.
Dice –y perturba lo dicho- de su compañera Norma Arrostito: “Ella estaba
siempre alegre, era un sol, los guardias la querían, todo el mundo la quería,
no sé si también Chamorro, que la iba a visitar todos los días para convencerla
o para mostrarla como trofeo a las otras fuerzas. Cuando se despertaba tomaba
mate y cantaba y antes de un año la mataron/ yo la vi morir/ fue la única
persona que vi morir en mi vida...” (Ramus, op. cit., p. 55). ¡Qué difícil resulta avanzar en la
comprensión de este párrafo! Difícil y
doloroso. ¿Cómo ser un sol estando
recluido en un campo? ¿Cómo cantar? ¿Cómo estar alegre? Son inmensas las
dificultades que tenemos para comprender la ceremonia del mate compartida por
torturados y torturadores. Ramus relata la densidad de la humanidad, las
fronteras de la especie humana, la capacidad de vivir en el límite. Sigue. Se
pregunta por qué sobrevivió.
A mí me daba pena ese bobito de suboficial o más
bien parecía conscripto que se deslumbró conmigo y creyó que como era su
prisionera iba a poder violarme/ claro que pudo pero después Chamorro lo mandó
castigado al sur y los compañeros de él me odiaban/ no me llevaban al baño
cuando yo los llamaba tardaban años en venir alguna vez no me dieron comida
(...) para entonces Chamorro ya había condenado a ese guardia porque tenía que
demostrarme a mí y ellos que no eran violadores o al menos había que hacerlo
con cierta clase/ pero que definitivamente no era una
prerrogativa de un guardia o mejor dicho de un suboficial que tenía que
comprender que en el rango estaban primero el director de la ESMA, luego todos
los oficiales, después nosotros y por último ellos, era una cuestión de
obediencia debida/ no es cierto que los oficiales la tuvieran porque ellos eran
absolutamente voluntarios, todos y cada uno de ellos afirmaban eso/ además se
sentían orgullosos de tener unos prisioneros de nuestra calidad humana,
cultural, política, valentía, dignidad y todo eso que ellos no estaban muy seguros de tener, quiero decir que en
realidad nos admiraban/ lo de mi denuncia de violación seguro que le pareció
bien a Chamorro, porque era como si él compartiera esos valores al menos en
cierto sentido/ un sentido muy formal porque él no lo hizo o al menos eso creo/
no sé si supo que los oficiales sí podían hacerlo...
Susana Ramus (op. cit, p. 63)
Sentirse una cualidad, dotada
de derechos aun en el campo; sentirse por encima de otros, aun de suboficiales
del campo y hasta del mismo director del campo; sentirse admirada, aun por
oficiales como Chamorro. Sentirse humana, aun ahí, aun así.
Dentro de Esma, el sol en el crepúsculo, los pájaros cantando. O
saliendo, para reconocer compañeros, y ver a la gente, la vida que continuaba.
Comiendo bifes con ensalada rusa; comprando en Casa Gessel de Belgrano ropita
para los bebés nacidos en Esma; preparando un sondeo de opinión para saber cuál
era la imagen de Argentina en el exterior; reencontrándose con sus objetos
robados; hablando con Arrostito, quien le tiró las cartas de Tarot; escuchando
a Tarragó Ros; escribiendo; cada diez días, llamando a su casa; después
saliendo para visitar a la madre y a la hija. Adentro y afuera a la vez,
sobreviviendo, con “trucos” para pasarla mejor. Se pregunta cómo vivir así, con
todo el dolor, cómo. ¿Cómo soportar la
soledad de lo experimentado?
Una soledad sin intimidad. La desesperación cede en el tiempo, se
acostumbra al nuevo espacio, se aquieta por el adormecimiento de unos sentidos
y por el despertar de otros ante estímulos nunca antes sentidos. Esa
enfermedad, Esma, se prolonga, agudiza y conduce un presente que representa
como ya pasada a la enfermedad. Mecánica de muerte, escuela que transforma, que
hace desaparecer la vida. Seguir despertando con el miedo.
¿Quién sabía que pasaban “Satisfaction” de los Rolling Stone en el
sótano de Esma mientras se torturaba? “Jugo de tomate frío” para tapar gritos.
¿Quién sabía? Y el agua se convertía en sangre.
Etiquetadores
Con éxito se
apropiaron de las cabezas militares, conformaron los cuerpos de
desaparecedores. Fueron la geopolítica alemana; la doctrina
contrarrevolucionaria francesa (en la década del cincuenta se la estudiaba en
la Escuela Superior de Guerra), la experiencia del ejército francés en las
guerras de Indochina (1945-54) y de Argelia (1954-62) (el nacionalismo francés
tuvo fuerte influencia sobre miembros del ejército); la doctrina de los Estados
Unidos sobre el continentalismo; la guerra fría; las técnicas de
contrainsurgencia empleadas por EEUU en la guerra de Vietnam; la doctrina de la
Iglesia Católica (los valores cristianos no garantizaron la sujeción a la
legalidad); la doctrina de la seguridad nacional, que paso de la defensa
externa a la protección interna contra la infiltración comunista. El
anticomunismo, el pensamiento católico español, el nacional-catolicismo
francés, el hacer de dios y patria entidades
coextensivas, la “amenaza “ de disolución de la soberanía nacional…
¿pero todo esto sumado, mezclado, consigue explicar que se hiciera desaparecer
personas?
Apestando las palabras, aplastando los significados. Cucarachas color de
moho. Devoraron las experiencias. Taxonomistas. Etiquetadores de campos de
concentración. “Traslado”. “Staff”. “Liberación”. Siempre dolor. Muerte,
desaparición. El lenguaje incrementó el uso del prefijo de privación des. Día a día, o mejor, noche a noche,
había que decir desaparición. El
lenguaje acompañando a la sangre. Fue el lenguaje militar el que desoscureció
este término, desaparición, para oscurecer, para desaparecer la materialidad de los cuerpos que hicieron
desaparecer, para desaparecer el acto, para desaparecer toda responsabilidad.
Para silenciarlo.
La atracción
de una vena azul (Apuntes sobre Masserita)
Emilio Eduardo
Massera nació el 19 de octubre de 1925 en Paraná, Entre Ríos, hijo de un
ingeniero y abuelo de nieto de inmigrantes suizos. Pasó su adolescencia en La
Plata, estudiando en el Colegio Nacional de esa ciudad. Luego su padre lo hizo
ingresar a la Escuela Naval, cerca del puerto de La Plata. Se casó con Delia
Esther Vieya, Lily, hija de un escribano presidente del Jockey Club de La
Plata; tuvo cinco hijos, tres varones y dos mujeres, salvo la hija mayor,
Susana, todos los restantes son abogados y participan de los “negocios” de su
padre. Hizo carrera: secundó al Ministro de Marina durante la segunda
presidencia de Perón; continuó en su puesto luego del golpe de estado, hasta
que comenzó a trabajar en el Servicio de Inteligencia Naval fomentando las
pujas y las divisiones del ejército. Entre el hipódromo, el tango y el whisky
llegó a los cuarenta. Luego fue destinado a la base naval de Puerto Belgrano y,
ya como capitán de navío recorrió el mundo con la Fragata Libertad. Integró la
Comisión de Asuntos Políticos para la transición que desembocaría en el triunfo
de Cámpora, en 1973. Massera, con amigos peronistas, saludó a Perón cuando
retornó por primera vez al país; luego su amigo Raúl Lastiri, interinamente a
cargo de la presidencia por la renuncia de Cámpora, lo nombra al frente de la
marina; Perón, ya electo presidente, lo confirma y le entrega su confianza, así
penetra en el círculo del poder, con Isabel Perón y José López Rega, un ex
cabo, brujo y portero del cabaret donde trabajaba Isabelita. Muerto Perón, le
enviaba flores y bombones a Isabel y le disputó el poder a López Rega, quien
tuvo que marcharse del país. Luego pone
a su fuerza en lucha contra la “subversión”, cuando Italo Argentino Luder, como
presidente provisorio de la Nación, firma un decreto que le asigna a las tres
armas la misión de “aniquilar el accionar de
los elementos subversivos en todo el territorio del país” (Decreto 2772,
6/10/75). Fue la antesala del golpe. Seguro de sus planes, en 1975 comienza a
acondicionar el edificio del Casino de Oficiales de Esma para su nuevo destino.
Massera, dotado para las matemáticas,
lector de la poesía de José Pedroni, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez
(publicó con su dinero un librito de poesías inspiradas en Jiménez; en los
boletines de la Escuela Naval también publicó poesías, anota Claudio Uriarte,
en “Almirante Cero. Biografía no autorizada de Emilio Eduardo Massera”, Buenos
Aires, Planeta, 1992). Ocultando su tono de piel, la que le valiera el apodo de
“Negro”, a través del bronceado. Vistiendo trajes azules, de estilo inglés.
Leyendo con voracidad. Atraído por el mundo periodístico (pasaba, después del
cierre, por la redacción de “Crítica” a tomar unos tragos y a jugar a las
cartas; frecuentó las redacciones de “La Razón”, “La Prensa” y “La Nación”)
descubrió las similitudes entre los servicios de inteligencia y los diarios
(fabricantes de realidades inexistentes, conspirativos). Supersticioso. Masón
(Propaganda Due). Interlocutor naval del peronismo, desde Raúl Matera a Raúl
Lastiri, Lorenzo Miguel y Angel Federico Robledo. “Masserita” lo llamaba
Perón. Le sugirió a Isabel la
designación de Videla (“un débil, un nulo”) al frente del ejército. Antes de
que finalizara 1975 convenció a los restantes jefes militares de la necesidad
de que la represión fuera clandestina. Hizo del Edificio Libertad el ámbito
de planificación del golpe militar; allí se gestó la división del poder entre
las fuerzas, según el esquema de división proporcional (un tercio para cada
fuerza militar) propuesto por Massera. Obtuvo el privilegio para concretar
operaciones represivas ilegales en la Capital Federal y Zona Norte del Gran
Buenos Aires, desde Esma (mientras que el ejército se centró en el cordón
industrial del Gran Buenos Aires, Tucumán y Córdoba). Según Uriarte (op. cit.,
p. 108), a pocos días del golpe, el masón Lucio Gelli trajo de regalo a Massera
cien mil dólares en efectivo, donados para equipar al grupo de tareas de Esma.
Desde Esma, participó en operativos ilegales, picaneó, secuestró con
ametralladora en mano. Quiso un porcentual de vivos, ¿cinco por ciento? (Videla, la
pantera rosa –apodo puesto por Massera- eliminó a todos). En la industria
nocturna de las desapariciones hizo que la armada se “especializara” en
reprimir a montoneros y civiles “vinculados” con el peronismo.
2 de noviembre de 1976. Discurso
de Massera, “Los muertos por la Patria”:
No vamos a tolerar que la muerte pueda andar suelta en
la Argentina… Lentamente, casi para que nos diéramos cuenta, una máquina de
horror fue desatando su impunidad sobre los desprevenidos y los inocentes, en
medio de la incredulidad de algunos, de la complicidad de otros y el estupor de
muchos. Había comenzado la guerra, una guerra oblicua y diferente, una guerra
primitiva en sus procedimientos pero sofisticada en su crueldad, una guerra a
la que tuvimos que acostumbrarnos de a poco, porque no era fácil admitir que el
país entero se veía forzado a una monstruosa intimidad con la sangre. Entonces
empezó la lucha [....] y casi no hubo noche en la Argentina que no se cerrara
sobre un nuevo llanto [...] Es verdad, pero no toda la verdad, que esto es una
guerra entre el materialismo dialéctico y el humanismo idealista. Es verdad,
pero no toda la verdad, que esto es una guerra entre la libertad y la tiranía.
Lo cierto, lo absolutamente cierto, es que aquí y en todo el mundo, en estos
momentos, luchan los que están a favor de la muerte y los que estamos a favor
de la vida. Y esto es anterior a una política o a una ideología. Esto es una
actitud metafísica. Estamos combatiendo contra nihilistas, contra delirantes de
la destrucción, cuyo objetivo es la
destrucción en sí, aunque ese enmascaren de redentores sociales [...] No vamos
a combatir hasta la muerte, vamos a combatir hasta la victoria, esté más allá o
más acá de la muerte.
Comenta el discurso Uriarte: “El
inicial coqueteo ambigüo con significados que resultan ser los opuestos de los
que finalmente se manifiestan... Massera daba articulación, lenguaje,
heroicidad, dignidad metafísica y belleza literaria a lo que dentro del
Ejército era solamente el discurso brutal, balbuceante y semianalfabeto de la
maquinaria de represión....” (Op. cit., p. 141).
En 1978 su proyecto político “socialdemócrata” era apoyado en el
exterior por dirigentes del Partido Socialista Obrero Español -Felipe González
habría tenido varias reuniones con Massera, quien le aseguró que iba a ser el
futuro presidente argentino (como Hamlet, jamás llegaría a heredar la corona).
Entonces sostiene su proyecto con un diario: “Convicción”, integrado por muchos
periodistas de izquierda (PST y PO, especialmente en política internacional,
donde se criticaba al golpe de Luis García Meza en Bolivia y se reivindicaba al
dirigente socialista asesinado en esos días Marcelo Quiroga Santa Cruz). Allí
había un grupo de trabajadores gráficos, transportados en una camioneta: eran
secuestrados alojados en Esma. Ese año, ya como saliente comandante en jefe,
Massera, ante su grupo de tareas y el “staff” de detenidos dijo “solemnemente,
mirando fija y sucesivamente a cada uno de ellos: ‘El hecho de que ustedes
hayan estado de un lado y yo de otro en esta etapa es puramente circunstancial.
Lo más importante es que somos todos argentinos, y yo espero poder volverlos a
ver en la vida civil, bajo otras condiciones, café de por medio’. E hizo firmar
a cada uno un pergamino deseándole el mayor de los éxitos en su futura
gestión.” (Uriarte, op. cit., pp. 209/10) Esos prisioneros eran quienes
elaboraban informes, y también escribían; hasta llegaron a redactar editoriales
y unas anónimas columnas de opinión para los medios de comunicación.
Ante una amante (Martha Rodríguez McCormack). La conoció en una fiesta.
Quedó “fascinado en la contemplación de una tenue venilla azul en los senos de
la mujer, que parecían ofrecidos en bandeja a través de un profundo escote.”
(Uriarte, op. cit., 179) Por el secuestro y asesinato de Fernando Branca,
marido de su amante, fue enjuiciado durante el otoño de la dictadura. Luego
vendrán el juicio a las Juntas, el indulto y los juicios por la verdad.
¿Individualismo metodológico? Si
Massera no lo hubiera hecho, tal vez…
Jueves,
15,30 horas, en la Plaza de Mayo. Así,
después del sábado 30 de abril de 1977 –la primera vez en la Plaza-; después
del viernes siguiente, fueron siempre los jueves. Comenzó por iniciativa de
Azucena Villaflor. Sin distancia, cara a cara, cada madre junto a otra. Bajo
estado de sitio. Allí fue la misma policía quien las mandó a marchar. Y marcharon.
Y marchan tomadas del brazo alrededor de la Pirámide. Con un pañal de sus hijos
en la cabeza. Contra la culpa colectiva. Por la sanción de los culpables. Y la aparición con vida. Solas marcharon. (El 10 de
diciembre de 1977 se publica una solicitada de las madres en La Nación, fruto
del esfuerzo que le costará la desaparición a Azucena Villaflor y a otras
madres, por obra de Massera y de Astiz. Pero recién el 12 de agosto de 1980, a través de
una solicitada publicada en Clarín, públicamente firman por los
desaparecidos Jorge Luis Borges, Cesar Luis Menotti y otras personalidades.)
Duelen los desaparecidos. Y las madres encarnan ese dolor. Las madres
en lucha contra el mundo careciendo de poder, contando sólo con la voluntad,
mientras que todos, los “argentinos derechos y humanos”, se volvían en su
contra. La fuerza de las madres proviene de su capacidad de resistir. Resistir
y vivir en este mundo con la ausencia,
la desaparición insalvable. Los jueves, ante las rondas de las madres en la
Plaza de Mayo, millones de argentinos mantienen su ajenidad. Aún sin esa
experiencia de comunión, las madres,
como heroínas resisten, siempre resisten. Comunión faltante con los
desaparecidos, como si nunca hubieran existido, tal la actitud de los millones
de pasivos e indiferentes. Nunca hubo algo como una angustia compartida por la
mayoría de la sociedad. Ni siquiera se ha aprendido alguna lección. Ni más
humildes, ni más sensibles, ni más reflexivos. ¿Economía psíquica? Peturbadora
desaparición que día a día, toda la vida, hace pensar y muestra lo que no se
piensa. El rumbo, hallar el rumbo ¿correcto? Como si los caminos fueran lo
verdadero o lo falso. En el camino del error. Afrontar el propio carácter,
quizás purificarlo, llevarlo al final. Afrontar el vacío. (El arte quizás
mitigue el conflicto, exteriorizándolo más que racionalizándolo; evocando
cuando el mundo estaba trastornado y la búsqueda del héroe o de la heroína se dirigía a encontrar nuevamente
la verdad: así los espectadores del teatro y de la política serían restituidos a la paz.)
La interpretación de nuestra propia vida, de nuestro
drama (el drama que acontece en el escenario o en la pantalla no puede ser otra
cosa que la interpretación de nuestro drama personal) se resuelve en tres
partes: Érase una vez (narración que nos permite comprender las dificultades,
el deseo, el objetivo del héroe); Pasaron los años (el tiempo medio de toda
lucha), y Entonces un día (la complicación –inevitable y, sin embargo,
inesperada- engendrada, llevada a cabo literalmente por la búsqueda del héroe
durante el término medio –la precipitación hacia la lucha final-, que se puede
considerar como la satisfacción del deseo del héroe, engendrado en el término
medio, para una lucha netamente definida que resolverá absolutamente la
cuestión en ciernes).
David Mamet, “Los tres usos del cuchillo. Sobre la naturaleza y
función del drama” (Alba, Barcelona, 2001, p. 64.)
Los otros,
los de afuera, no desaparecidos, sí atrapados. ¿Pero dónde? Donde no hay lugar
para lo físico, en la conciencia, en el sentido. ¿Huyendo? Extranjeros en la
vida. Atrapados. ¿Pero dónde? En un paraje físico de aniquilación, entre el
caos y la nada, en el más inhóspito de todos los espacios, el más reconocible.
Ahí fue la vida, ahí sucedió una historia donde no se equilibran resignación y
acción. Aquí no importa demasiado el contenido de esa historia. Sí cómo se
trazan los cauces de su relato. Sí su fondo. Es encierro, frío, inconsciencia;
límite que roza con la muerte. Límite que impide el acto propio. Que nubla la
representación.
Escritura que devuelve una figura, no una persona; ni siquiera nos
muestra el cuerpo. Escritura/incompletitud. Leer, leerse, verse como si uno
fuera otro; un río como tumba. Escribir/observar. Penetrar en la intimidad.
Pensamientos que aturden, que avasallan una conciencia, que bajan los brazos,
que aplastan y hunden. Consumir, consumirse. Unas palabras como la acidez.
Verse, sentirse, sin sentido, sin sentidos, sin sentimientos. Enclaustrado (en
el cuerpo). Atrapado, no desaparecido. El afuera, el ruido, el silencio; las
preguntas inquietantes. (No era él. Eran restos.) Recuperar los sentidos.
Miradas vacías; observar el vacío. Escritura/artificio, sin vida, sin muerte.
Escritura, bosque de arboles negros, alma sin vida, cuerpo sin muerte.
Escribir/escrito: un estado de separación. Creer/saber. Desprecio por las
creencias. Más allá. Saber qué pasó. Sentir: sólo veo palabras. Atrapado. Como
un volcán atrapado. Uno a uno, aislados. Atrapados. Indiferentes, pero
atrapados. Irresponsables, pero culpables por la inacción. Uno a uno, saliendo
de lo común. Dejando que desaparezca. Uno a uno, enfermando. Atrapados.
De una frontera a otra
(Munro-Pilcaniyeu)¡Error!
Marcador no definido.
Te expiro mis entrañas cuajadas
de cenizas,
el viento que fermenta entre
toses de tiernos parajes.
Jules
Laforgue, “Queja del ángel incurable”
Explotación de la remembranza. Es una historia
que no conoce su verdad, que trata de recordar cómo se producía entonces la
claridad. Sin un relator en off que desde arriba puntúe el relato, es tan sólo
un frustrado intento de reconstruir la propia imaginación. Es un viaje a varias
fronteras, a tiempos y espacios que aún están, pero alejándose.
Un muerto en
1977
Apoyado en la pared. Escondido. Estaba con los
otros, pero ya no. Resistía la idea de mayores sufrimientos. Fumaba, ¿por qué
dejar de hacerlo? Miraba más allá de esa pared que él mismo levantó. Y así
empezó el final. En Munro, cerca de la vía. Sobre una plataforma de mosaicos se
abandonaba, quedando en el humo de sus Imparciales. Camisa y pantalón Grafa.
Sólo un cinto ajustado sostenía a esa ropa que, de amplia, parecía no tocarlo.
El tiempo estaba detenido. No tenía hambre. No sentía dolor en sus piernas. El
viejo fumaba. Hacía mucho que, para él, ya estaba muerto. Le quedaba el dolor
de la vida, el encierro, los médicos, las prohibiciones, las noches sin dormir
y sin dejar dormir. ¿Hasta dónde cargar la dignidad cuando uno siente el peso
de la muerte?
Poco tiempo
antes, el sueño de una tarde cálida
Una invitación a caminar. Había que llegar al
río. Eran cincuenta cuadras desde Munro, por la calle Malaver. Mientras planificaban el futuro, el andar se
hacía tan agradable como la tarde primaveral. El camino terminó antes del
recorrido y entonces había que superar los obstáculos detrás de los cuales se hallaba el río. Entrando
por un club, acceden a la costa. Había que bordearla para ver desde allí la
ciudad y buscar otra salida. Un disparo. Militares se acercan, toman a los
caminantes y los conducen a un despacho lejano. Encerrados, les preguntan cómo
entraron -¿sin darse cuenta?- a una base militar; ¿acaso venían a colocar una
bomba?. Los suben a una camioneta. Iban a salir detenidos por avenida del
Libertador. Los dejan bajar. Caminan rápido, afuera. ¿Afuera?
El Negro
El olor de su sudor resultaba enigmático. En su
rostro se notaba la expresión tensa que lo mostraba siempre extraño al medio.
Misterioso pero incauto. Lentamente escapaba para evitar ser recordado. Era la
experiencia de lo oscuro. Lo probó todo y todo era contraste. Su voz se trababa
de impaciencia. Por defecto se lo comprendía cuando quería expresar la
ambigüedad. Se presentaba como un cuadro, un cuadrado abstracto y simbolista. Era un espejismo. Sus movimientos evadían
la rectitud por un cómodo andar zigzagueante. Recuerdo sus borracheras con
vino. Parecía darse cuenta de mi
reacción frente a su espíritu adulterador. ¿Pero cuál reacción? Me emborrachaba
su palabra. Me disociaba y sumía en la
noche de la enamorada destrozada por su incapacidad de seducción. Hoy abjuro de
él, pero con amargura y tristeza. Más bien lo hago de mí. Su risa llegaba a
destino. Era la burla de un bufón descarado, de un exhibicionista que no podía
evitar mostrar su intrascendente goce masturbatorio. El Negro era Munro.
Una zona de la
memoria
Munro, un apellido inglés que se hizo estación
ferroviaria; un poblado multicultural del norte del conurbano bonaerense
-aunque claro, entonces no se hablaba de multiculturalismo. Frente a la estación
estaba la fábrica Virulana, cuyos dueños holandeses animaban al Rotary Club
hasta que uno de ellos fue implicado en la estafa de la Compañía Financiera
Munro. Trabajé en Virulana entre 1977 y 1979. Iba por las tardes a cadetear, a
la salida de la escuela. Allí conocí a Rubén.-Que no te inquiete cosa alguna,
me decía. Rubén enseñaba que no se puede
servir a dos señores si uno busca la paz en el corazón y en la sociedad. -Y
a veces, decía Rubén, en nuestra vida hay otras cosas que ocupan el lugar
principal; sin darnos cuenta corremos atrás de bienes que se van a gastar y nos
van a dejar con las manos vacías.
Contagiar
esperanza: esa parece ser la tarea en
una vida sabida como pasajera. Yo sólo me contagiaba la pena de los otros, la
pena del mundo. No podía más. Y todo intento diferente me llevaba a construir
un personaje que no era yo, era un señor que no estaba en mí y no podía servir.
Pero quería ser Rubén. Vivir tocando las cosas como él lo hacía, sacando de su
entereza un optimismo y una vitalidad que convertía a un gris altillo en un
centro de irradiación de energía. Recuerdo como su ejemplo me llevó a la
imitación, por fortuna el grotesco que advertí impidió que le dejara una
tarjeta navideña de la peor calaña a una vieja caprichosa y chupamedias que me
daba las ordenes en el trabajo. "Aprendí muchas cosas de usted, y además
-decía hipócritamente- descubrí sus cualidades que la convierten no sólo en
gran amiga, sino además en una compañera fuera de serie..."
Vélez y Kant
La avenida principal todavía era Vélez
Sarsfield y los comerciantes que se nucleaban a su largo eran respetuosos del
espíritu del redactor de nuestro Código Civil. Judíos, griegos, alemanes,
italianos, gallegos y criollos convivían siguiendo cierta moral kantiana.
Seguro que no leyeron la Crítica de la
razón práctica, pero sus conductas se ajustaban a la interpretación que de
ella hizo Adollf Eichmann, aquel banal malvado cuyas acciones eran las mandadas
por el legislador y por la ley vigente en su territorio. Sí, la gente seguía un
imperativo categórico cuya voluntad era la de los que mandan y cuyo sentido era
que los dejaran tranquilos. Nada de eso estaba escrito, pero era así. Había
policías, empleados públicos en el correo y en el ferrocarril. Había jóvenes y
escuelas. Sí, en el continente de la juventud se oía rock, se fumaba y se podía
conseguir marihuana y, sobre todo, anfetas. Se podía ir a las funciones
continuadas del cine Astral a ver tres películas distintas, en general de la
Coca Sarli o de acción. Se podía ir a la pizzería de al lado a comer la
mejor muzzarela y la más exquisita
porción de verdura con salsa blanca. La calesita daba vueltas para los más
chicos. Había dos escuelas
públicas, una mixta y otra para mujeres, y en ese centro estaban, una al lado
de la otra -como hoy- dos secundarias privadas: el Integral y el Echeverría. El
Echeverría era más próspero y su orientación era comercial. El Integral era
diferente.
Vuelvo sobre
los pasos
Era el escenario del tedio. Era la
escuela. No era dueño de nada, y mucho
menos de mí. Pero era un refugio. Cadáver sin enterrar, desarraigado, vacío,
sin esperanza. Eso era y aún lo soy. ¿Cómo simplemente olvidar? ¿Cómo sentirse
más ligero y más sereno? Un golpe en la noche, y después todo siguió, despacio
y cada vez más desierto, con un cazador al acecho, arremetiendo contra todo,
sin piedad. Munro, una espesa oscuridad que alumbraba las oportunidades de los
comerciantes y las ilusiones de la vida hogareña. La noche era un tenso
silencio. Pero casi toda era normalidad. La normalidad no desapareció. Los días
transcurrían. Todo era Munro. Todos ciegamente seguían las reglas. Era
monstruoso, pero no eran monstruos.
Quiero atrapar
el Sol, en una pared desierta
La música fue la única de todas las artes que
colaboró con la exterminación de los judíos por parte de los nazis. También
aquí pudo acomodarse. ¿Qué hizo la música? Quebró el silencio que se debía oír.
Ahogó el grito del fondo. Un durazno caído en una odisea. Un canto en un
camino, para seguir y no mirar. La música hizo desear cosas inexistentes. Puso
de pie el cuerpo para arrastrarlo hacia los sueños. Creó pesadillas
imaginarias, hizo abstracto el horror. Hacia seguir. Credulidad y vidas en el
placard. Triunfo de Flecha juventud. Sangraban los dedos que tocaban las cuerdas
de la guitarra. En la pared estaba el Sol, en el desierto estaba yo. En Munro, escuchando a Pastoral,
buscando armonía en el Hospicio. Jóvenes reunidos en un garaje, en una terraza,
cantando, copiando, imitando la belleza. Era necesario, ayudaba a pasar el
tiempo y a creer que existe otra cosa. Cicatrizaba la realidad. No había un
anhelo intenso y uniforme, pero se compartían pequeños gestos de rebelión.
Educación
integral
Había que cuidar las formas. Varones con pelo corto y mujeres con pelo
recogido, esas eran las reglas cuyo cumplimiento más se vigilaba. Pero eso era
un síntoma que indicaba como todo era diferente. Sobrevivir, esa tarea
necesitaba de una educación guiada por la apariencia y el Integral la impartía.
El Integral era una frontera. Estaba en apariencia dentro del Estado, que la
supervisaba y subsidiaba. Cumplía sus objetivos y planes. Pero por abajo se
desplazaba. Iba más allá y más acá. Políticamente, afectivamente,
literariamente. Estaba vivo, sobrevivió a los golpes a fuerza de cultivar la
preservación. Más de una vez las reglas se violaron. En un discurso escolar
contra la matanza de indios, en el que se olvidó alabar los logros de la
Campaña del Desierto. En una monografía de historia, en la que se citaba a
Marx. En las clases de literatura, en las que alguien quería leer a Cortázar.
Siempre fueron advertidas y, con un guiño cómplice, se señalaba la
irresponsabilidad. No se podía hacer eso, no se podía pretenderlo. Había que
callar, sabiendo que se callaba. Había que seguir adelante, como si nada. Había
que cumplir con las reglas, como si... Fue una integral experiencia en la
educación del como si. También había profesores con los que se podía ser como
amigos fuera de la escuela. Había festivales en los que se festejaba el próximo
crecimiento del colegio. Y realmente se disfrutaban, como las jornadas de
trabajo voluntario para pintar aulas en la escuela. Había, detrás de la
apariencia, más. La escuela y sus personas tenían -y ofrecían con cierta
clandestinidad- un hilo de vitalidad. Por algo el ilegalismo tolerado era que
los alumnos fumaran alrededor del mástil. Era
una zona tan compleja como una frontera. Allí los jóvenes tenían límites y
discursos dobles y opacos, superficiales y profundos en su apariencia, en su
pose. Era el reino de la utopía de la
educación integral; la frontera entre la opresión y la libertad.
De una tarde a
una noche (1978)
En el bar sacó
el libro y explicó que ahí estaba todo. Había que seguirlo. Teníamos que
ser cronopios. Para eso nos juntamos. Yo
lo leí y al día siguiente, en la escuela, empecé. Vi la ausencia de los
desaparecidos. No recuerdo quién se negó a firmar el petitorio, pero más de uno
se opuso. Una profesora me pidió que preservara el colegio ante todo. En la
oficina del centro conocí a gente rara, mientras uno de mis compañeros estaba
preocupado por rascarse los huevos y los otros parecían ausentes, aburridos. Yo
atendía para dejar de mirar y de pensar. Comenzaron los sábados en la iglesia
de Victoria, con el Dr. San Martín presidiendo y las madres y las abuelas
hablando de sus hijos, de sus ausencias y de la desesperación por las
peticiones que no eran receptadas por el mundo. Los trabajos con las juventudes
políticas y los grupos religiosos juveniles; los encuentros con amigos trotskos
en parroquias y las caminatas con frío por la "paz y unidad
latinoamericana"; la solidaridad con Nicaragua. Nos unían las
desapariciones, el fantasma de la guerra con Chile y el espíritu de rechazo a
los jóvenes y viejos modelos de la Argentina oficial, fascista, televisiva y
represiva. No teníamos el discurso, brotaban las palabras al abrir la boca.
Los
festivales de rock por los desaparecidos en el club Ucraniano de Munro, en la
calle Antártida Argentina, con el Negro. ¡Si los dueños se hubieran enterado
qué lejos se estaba de hacer lo que se decía, una fiesta para juntar plata para
un viaje de egresados...! El 26 de noviembre de 1978 fue Munrock, eso fue Munrock: pérdida de plata, carteles
impresos en el mimeógrafo de Virulana, noches en vela por un acontecimiento y
agitación, desorden. Munrock fue todo
clandestino y pudo ser. Pero fue tan sólo un instante.
Informes de
1979
Vino la militancia y con ella los grises
funcionarios forraban con papel de diarios
papeles aún más ridículos. Ahí estaba el discurso. Ahora se repetía, se
reclutaba, se agendaba, se cotizaba y todo se consultaba. La vida bajo
aprobación. Entonces se hacían peñas donde reinaba el folklore, las empanadas y
el vino. Había un poco de tango y mucha burocracia. Eran verdaderas fiestas de
vanguardia. Por fortuna ahí también llegaba el Negro, tan irreductible como
siempre, como el revés de un héroe. El resto eran de madera, aparentando para
el bronce. Informes e informes se sumaban. Menos mal que uno de ellos fue una
de las pocas copias que circulaban del informe de la Comisión Interamericana de
Derechos Humanos, un papel que quemaba cuando salía a la luz.
Un viaje a las
fronteras
Las FFAA conduciendo hacia el paraíso. Una
pasión trivial era el combustible. Represión sin imaginación operativa.
Resuenan mal las cuerdas de la memoria, quedan ecos de los fomentadores de
amnesias, de los grotescos artesanos que moldeaban identidades. Pero la escuela
le encontró una "vuelta especial". Fue una misión política, aunque
oculta bajo la "apariencia". Fui un "forjador", claro que
clandestino. Los fronterizos a la frontera, a ver si podemos levantar cabeza, a
ver si podemos levantar cabezas. Fronterizos
iluminados charlando con militares; fronterizos oscurecidos y
conflictuados tomando ginebra en la pulpería. Fronterizos en un destacamento de
vanguardia... No fue un viaje ingenuo,
movido por la consigna de solidaridad interargentina. "Sabíamos" y
fuimos "para hacer algo". Pero algo nos hicieron -me hicieron- en el
camino.
La escuela
gendarme
"Debajo de la chaqueta militar siempre
está latente el espíritu de un maestro."
Estas palabras de Jorge Rafael Videla fueron usadas por los diarios del
5 de febrero de 1978 para marcar la "simbiosis" entre el militar y el
maestro, una "constante" de
nuestra historia desde San Martín y Sarmiento hasta ... Videla y Domingo
Antonio Bussi. Se dijo que "en los cuarteles, los barcos y las bases
aéreas, son muchos los argentinos que
vuelven a aprender a leer." El objetivo del nuevo aprendizaje también intenta ser explicitado: llevar adelante la
"estrategia sanmnartiniana", la cual
requiere "libertad para la Argentina-nación, y múltiples bienes
para lograrla: armamentos, pertrechos, sanidad, ingeniería, educación,
estrategia." Sarmiento visualizaba
"una democracia pura, a la europea, sin barbarie ni bárbaros", algo
para lo que no estábamos preparados; "para poner de pie al país hacia sus
`grandes destinos' la estrategia sanmartiniana constituye un camino".
No
era suficiente que los maestros obligaran a los alumnos a escribir
composiciones sobre la vida militar cotidiana y el sacrificio que hace la institución que custodia nuestros
valores, que vela por la grandeza nacional bajo la mirada de Dios. Más allá del
estilo de la educación permanente que recibieron los jóvenes en los cuarteles,
el ministro de Educación Llerena Amadeo y el director de Gendarmería, general
Bussi combinaron la geopolítica con la manipulación fascista; las fronteras
unieron a las zonas propias del diurno desvelo militar con los adolescentes,
esa carne que, si bien era manipulable por el regimentado aparato ideológico
escolar, también era la pesadilla nocturna de los militares y, además, era la
principal receptora de la tortura física y mental. Bussi decía que la frontera
"representa una trinchera de avanzada de un auténtico estilo de vida
nacional" (Clarín, 22/5/79, p. 24). Los jóvenes eran como extranjeros, y
el estratégico objetivo geopolítico era acuartelarlos y para eso que mejor que
llevarlos a un terreno lejano y hacerlos chocar, morder, digerir y asimilar el
"auténtico estilo." Claro, así como los verdaderos maestros están en las unidades militares, la esencia
telúrica puede percibirse en el límite. Kantianamente, viajando al límite de lo
que somos, podremos saber qué somos; máxime si estamos dirigidos por
maestros-gendarmes capaces de iluminar lo profundo y despejar lo falso y
superficial.
Bussi
empezó con una Gendarmería Infantil, primero en Chaco y Formosa, luego en todas
las provincias, destinada a "proteger y formar" a los niños en las
zonas más necesitadas. Bajo esta sigla han trabajado semanalmente más de doce
mil niños de entre 8 y 14 años, desde el Delta a Río Gallegos. Fue, también,
una manera de "despertar la vocación de la gente menuda hacia la
Institución." (Uno de los responsables de instrumentación de esta
política, el comandante general y subdirector de Gendarmería, Gustavo Adolfo
Ripoll Navone -mano derecha del general Domingo Bussi- dijo, en La Opinión del
16 de noviembre de 1979, que "sabemos que más de uno ha pensado y
comparado este intento de convergencia infantil con episodios del pasado -la
referencia de Ripoll Navone alude, claro, a las experiencias hitleristas y del
fascismo-, pero es importante consignar que todo esto nada tiene que ver con
esos propósitos. Inclusive, hasta hay órdenes para evitar esas confusiones. Lo
que se intenta con este nucleamiento de niños es reforzar su educación,
capacitarlos en su vocación de oficios que sirven para la zona donde viven,
transmitir una enseñanza básica y, a veces, hasta despegarlos de un medio
ambiente que puede ser nocivo.") Luego siguieron los programas de
"voluntariado estudiantil" por los cuales los estudiantes trabajarían
para mejorar instalaciones escolares y la Gendarmería Escolar educaría a los
grupos estudiantiles "para la vida de campaña", vale decir, para la
vida consustanciada con la Nación. Bussi sabía que iba a proporcionar las
"más recordadas vacaciones" para los participantes de los
"campamentos juveniles de acción cívica".
Algún
diario dirá que "la Argentina pareciera despertar de un largo y suicida
letargo". Ese despertar es la meta, es la posibilidad de "que varios
miles de estudiantes secundarios tomen contacto con las más desamparadas y
despobladas zonas de un país real que solo conocen a través de coloreada
cartografía." Es el encuentro con el lugar "donde empieza y palpita
la Patria"; es un desafío, no un viaje de placer; es un "consistente
punto de partida para impulsar el necesario cambio de mentalidad al que suele
referirse en forma vaga y engañosa." Por fin se hace algo con la juventud -"una juventud aún
expuesta al extravío y al canto de sirenas de ideologías destructivas"-;
se le da una misión, "un papel protagónico en la construcción de una
Patria común". Por fin, ya que "si la energía, el reformismo y el
idealismo de la juventud no se canalizan hacia las grandes metas nacionales,
terminan deambulando por los caminos de la desintegración y de la anarquía, y
lo que se ha creído superar vuelve a renacer." (Clarín, 5/8/79).
El
viaje al fondo del estilo verdadero fue concebido sin retorno posible. Fue un
viaje metafísico, con la fuerza hacia la esencia. Fue trascendental, suprimía
el presente para unir un pasado mítico con un futuro, el futuro argentino. Fue
una farsa más.
Lecciones de
estilo
"El desafío es marchar todos con un
sentido solidario hacia nuestras fronteras, poblando y desarrollando la Patria
como la verdadera defensa de la realidad argentina de nuestros días",
afirmó el director nacional de Gendarmería, general de división Antonio Domingo
Bussi, en la reunión que mantuvo con 500 rectores y directores de distintos
establecimientos de enseñanza secundaria de la Capital Federal y Gran Buenos
Aires el viernes 10 de agosto de 1979, al explicar el plan denominado
"Argentina: marchemos hacia las fronteras." Más adelante, el director
de Gendarmería subrayó que los mejores protagonistas de este desafío son los
jóvenes y sus educadores, "porque son los que tienen un mayor aislamiento
espiritual". "Estos muchachos argentinos de hoy, recogiendo nuestras
enseñanzas, serán los dirigentes de mañana. Y ustedes -refiriéndose a los
rectores y directores reunidos en la sala- son pilares para que estos muchachos
reciban esas enseñanzas."
Abrir los ojos
a un proceso de todos
El operativo "Nuestras fronteras"
bajo el lema, finalmente, de "!Argentinos! Marchemos hacia las
fronteras", será implementado por varones, quienes intercambiaran
"experiencias vitales desde distintos puntos de vista, tales como el
étnico, educacional, folklórico, de trabajo, aspiraciones, y demás inquietudes
elevadas de los seres humanos, de permanencia en el tiempo." "En el
convencimiento de que el marco propicio para la satisfacción de las metas
perseguidas lo constituye el campo educativo, se dio participación al propio
Ministerio de Educación." Gendarmería Nacional fijó un tope de 202
escuelas a participar y poco más de dos mil alumnos a viajar, pero la nómina de
establecimientos educativos y jóvenes inscriptos extendió el margen estipulado
y se debió realizar un trabajo de selección. La crónica periodística del 24 de
octubre de 1979 describe lo que sucedía: "Las escuelas de nivel medio
están trabajando fuerte y con gran entusiasmo. Resulta decisivo el aporte de
las empresas privadas, lo que demuestra, una vez más, que frente a los cercanos
horizontes oficiales en el campo de la educación -porque no permite otra cosa
Hacienda-, los panoramas se abren y se vigorizan los empeños porque la
comunidad saca fuerzas desde donde, a pesar de todo, no las tiene y arremete
para adelante. Los sectores sociales, con los que caminan y con ellos la
educación." Mientras tanto, el general Bussi se refería a la situación del
Ejército: "Es -dijo- la de todos los días, la de todos los años, la de
toda la vida; el Ejército dedicado en función de institución a lo específico y
en función del Proceso, apoyándolo con todo lo que está a su alcance. A este
Proceso que es de todos los argentinos."
El
13 de noviembre el comandante en jefe del Ejército, teniente general Roberto E.
Viola, agradeció la actitud de los jóvenes estudiantes secundarios que
participarán del operativo en el transcurso de un acto realizado en el edificio
Libertador. En dicha oportunidad, la señora Alicia Gutiérrez de Palacio, del
Instituto San Andrés de Banfield, se dirigió al comandante en jefe para
señalarle el deseo de alumnos y docentes de "sentirnos protagonistas de
este proceso de reafirmación de nuestra soberanía". En la misma
oportunidad el subdirector de Gendarmería entregó al teniente general Viola una
medalla recordativa.
Al final fuimos 20 alumnos por
cada una de las 202 escuelas, todos de los últimos tres años de la secundaria.
"Las señoritas, que no participan directamente de la campaña, colaboraron
en la recaudación de fondos y entregaron regalos y otros elementos escolares
para las estudiantes de las escuelas de frontera" (La Opinión y Clarín del
16/11/79). Se acercaba el viaje. Y a la ceremonia de inicio, en el estadio de
River, asistirá el presidente de la Nación teniente general (RE) Jorge Rafael
Videla.
Una mañana, de la escuela a River, de Munro a Pilcaniyeu
A las cinco y media de la mañana en la escuela.
Aprestos del viaje y, por fin, salió el micro. Otra vez se respira. Pero el
aire es polvo y viento que asfixia. Se espera el reencuentro con el humo y la
ginebra, nada más. Nadie más. Se han perdido personas, palabras y cosas. El
rostro se volvió aborrecible. Los recuerdos se disipan. La ternura se recupera.
La nostalgia esboza una atmósfera. Crece una imagen oscura. ¿Era un lugar
apropiado para alegrarse y reír, para compartir y amar, para ilusionarse?
Vivíamos como el pez en el agua. ¿Podía ser así? Ya lo olvidé. Esa mujer me
sonreía. Quedó grabada. Estábamos en el
barro. Sólo tenía un rostro. ¿Qué tenía que ver con la dignididad? Resuenan
palabras que obedecí. Me odio. No las puedo repetir. Se entremezcla el pasado
con el presente. Así está el horizonte. Así está Munro con todos sus
recuerdos. El imbécil tiene sus
acólitos. Llegamos a la cancha de River. Estoy unido a muchos a estudiantes
entusiastas. Espera una larga cola. A formarse. Junto a Dario, el sueño de la
revolución se hace palabra mientras se marcha y se silban los anuncios
oficiales. (Miro hasta donde me alcanza la memoria; a medida que me aproximo a
Munro más jadeo por el miedo y la excitación. ¿Traspaso el umbral del presente?
Hay una puerta cerrada. La palpitación del corazón me transporta lejos.
Despreocupación, infancia, sueños, ternura paternal y visiones celestiales.)
Los hombres moviéndose al ritmo de los himnos y marchas militares, como en las
peregraciones a Luján, como en las encolumnamientos de las juventudes
políticas. Recuerdo que no me asustaba. Oía tantas cosas que nada percibía.
Eramos prisioneros del Estado, pero no preferíamos casi nada. -¿Lo recordás?
Recuerdo las palabras de entonces como llenas de un significado diferente del
aparente. ¿Qué contenían? Debíamos vivir, como podíamos. ¿Cómo podíamos?
Los bendecidos
Cancha de River, 16 de noviembre de 1979, 10 y
30 horas, ingresa Videla y es saludado por un miembro de la Gendarmería
Infantil. Se da inicio a una "espectacular fiesta cívico-militar",
llena de "fervor patriótico". El Himno Nacional fue ejecutado por las
bandas del Colegio Militar de la Nación, de la Escuela de Gendarmería Nacional,
del Regimiento de Granaderos a Caballo y del Regimiento Patricios y fue coreado
por las autoridades y más de 50 mil jóvenes pertenecientes a escuelas
secundarias (los estudiantes que no viajaban debían ocupar las localidades de
la cancha). Tras el izamiento del emblema del operativo, el provicario
castrense, monseñor Victorio Bonamín, impartió una bendición al estudiantado.
Dijo que ellos "conforman un ejército de amor que marcha hacia las
fronteras", poniéndose en guardia "para afianzar la paz".
Posteriormente habló la alumna de la Escuela Nacional de Arte Dramático, Marisa
Vilma Borda, quien expresó que "se inicia una aventura educativa, una
experiencia de vida, una toma de conciencia con la realidad poco conocida del
país: el espacio abierto, poco poblado de sus límites geográficos que significan
Patria, Tradición, Argentinidad". Luego usó de la palabra el ministro de
Cultura y Educación, doctor Juan Rafael Llerena Amadeo quien destacó que esta
marcha de jóvenes hacia las fronteras "es un ensanchamiento del espacio
geográfico y espiritual de la Nación". Agregó que "está bien decir
que históricamente estamos volviendo al trance de constituirnos en Nación,
porque renacidos de la decadencia, la corrupción y la muerte, estamos andando
hacia un destino fecundo y trascendente". Señaló a los jóvenes -me señaló-
que, cuando regresen, lo harán "henchidos de valoración y grandeza
nacional"; renunciando "al aburguesamiento, a la mediocridad y al
aburrimiento, ofreciendo nuestro trabajo, sacrificio, alegría, comprensión y
bravura para hacer la parte que nos toca". Concluidos los discursos, el
coro del Conservatorio Nacional de Música "Carlos López Buchardo",
cantó la marcha "Nuestras Fronteras", acompañado por las bandas
militares. Simultáneamente, los cinco mil jóvenes participantes, que se
hallaban en el campo de juego, iniciaron la desconcentración, pasando frente al
palco oficial -desconcentrado, por allí pasé-, y se dirigieron hacia el
exterior del estadio para abordar los micros que los conducirían hacia sus
destinos. Al son de marchas militares, desfilábamos con la remera oficial. El
tablero gigante de River, el mismo que dirigió el grito “¡Argentina campeón!”, repetía el lema del
operativo junto a un mapa del país con flechas que iban de la Capital hacia las
fronteras, luego nos deseaba feliz viaje. Como en el mundial, los estudiantes
desde la tribuna arrojaban al aire miles de papelitos blancos y celestes y globos del mismo color. Brillante y colorida
ceremonia que, luego del retiro de las autoridades, culminó con una sana
demostración física de alumnas secundarias que no pude ver.
Las manos
sucias
Un micro destartalado. En él viajaban un
oficial de Gendarmería, la Rectora del Integral, otra docente y los estudiantes
seleccionados por las autoridades. El largo viaje al sur le costó mucho esfuerzo
al motor, que ya no tenía fuerzas para escalar alturas. Igual llegó a
Bariloche, y en su Centro Cívico, junto a una veintena de delegaciones
escolares, se asistió a otra ceremonia cívico-militar. Mientras tanto, Bussi
visitó Mendoza para tomar contacto con los grupos estudiantiles que se
encuentran en la zona fronteriza de esa provincia. Dijo que los estudiantes
transmiten "un mensaje de optimismo y solidaridad que compartimos todos
los argentinos". Aprovechó la oportunidad para afirmar que "las
Fuerzas Armadas han vencido militarmente a la subversión y permanecen alertas
para evitar que en el país pueda producirse un rebrote de la violencia".
También declaró su optimismo respecto de la favorable evolución del Proceso de
Reorganización Nacional. Días después,
confesó: "Mi cuartel es la Patria".
Se
hablaba de propósitos argentinistas; de fortalecer al país justamente donde
comienza -una referencia superficialmente geográfica, pero más profundamente
ligada al adoctrinamiento de los chicos, ese comienzo de los hombres-; de nueva
forma en la lucha contra la subversión para aislarla e impedirle su
comunicación con el contexto social. Se destacaba la importancia de las Fuerza
Armadas en nuestra formación cultural, en la configuración del ser nacional,
cuyo perfeccionamiento y consolidación aparece como la idea-fuerza que mueve al
proceso de recuperación nacional. Las Fuerzas Armadas -se decía ya en un gran
diario a fines de 1976- han cumplido una labor "por la unificación
espiritual y material de la Nación, en la tarea civilizadora, en su presencia
en la comunidad como parte y reflejo de toda ella, como bastión último que
defiende la integridad del país y no ceja en la lucha por su integración.
Multitud de circunstancias confluyen para consolidar la unidad pueblo-Ejército.
La lucha contra la subversión no hace sino estrecharla."
Se
denunciaba la ausencia del país real en las experiencias de aprendizaje de los
estudiantes argentinos. Se exigía que la escuela cumpliera una explícita y
lúcida tarea al servicio del país, en lugar de transitar itinerarios asépticos.
El operativo "¡Argentinos!
Marchemos hacia las fronteras" era saludado por los medios gráficos y por
las "fuerzas vivas" como la oportunidad para conocer la realidad
argentina y para madurar la conciencia de los estudiantes.
No hay nada en
la viña del señor
Fumar y fumar. Actos, guitarreadas, asados en
estancias inglesas, viajes en jeeps militares, excursiones. Una ceremonia en la
escuela de Ñirihuau, en medio del frío, discursos y más discursos; una
recorrida a la escuela y advertir que está "patrocinada" por Ford
Motors y por el Instituto de Educación Integral de Munro. Un excéntrico
almuerzo del Ejército Argentino -una ración de combate tipo "C"-: una
latita de puchero de verdura, galletitas, turrones, caramelos ácidos, un sobre
de cacao con leche azucarado, ocho pastillas de combustible y una carterita de
30 fósforos. Más turismo y viaje de regreso. Charlas políticas y ejercicios de
adoctrinamiento para pasar seriamente el tiempo. Nada más. Regreso
con la piel ajada por el viento, sin entusiasmo, con una herida en esa parte de
uno -¿el alma?- que sabe que el cerebro no funciona bien. Regreso de una
excursión de pesca; de otra experiencia con la imposición de creencias.
Dolorido, en el centro del universo. Sin mirar, deseando desconocer, callando.
Después de todo no había sentido mucho de nada. A tomar sol y a dormir, ninguna
otra cosa esperaba.
Volví a Munro
Munro es un desierto ocupado. El hogar es una
caverna. La historia, un laberinto que las palabras no pueden recorrer. Munro
es escombros, es nostalgia, es mi interior. Munro es un nombre que desafía a la
memoria. Eso es todo. Ningún recuerdo más, ninguna imagen de sufrimiento.
Terminó
la vida secundaria y había que hacer un balance de lo cosechado en el
progresista Instituto de Educación Integral, rememorar su influencia, el calor
de los profesores en las frías aulas, el amor por el colegio. Lejanos tiempos
de baños viejos, festivales y persecuciones; de satisfacciones inimaginables,
de estudios alcanzados, de edificación. Se dijo entonces que "ser
construido y construir es algo hermoso y nosotros nos sentimos construidos por
el Integral y, a la vez, cada uno colocó un granito de arena para
construirlo." Construidos para construir, dimos las gracias:
"Gracias. Gracias por enseñarnos a estudiar y cómo y qué estudiar. Gracias
por mostrarnos la realidad y muchas gracias por enseñarnos que esa realidad
cuando es mala la podemos mejorar y, cuando es buena, perfeccionar. Gracias por
enseñarnos a luchar, a luchar por nuevos baños, nuevas aulas, nuevos materiales
didácticos y por tantas otras cosas que muchas veces nos parecían
inalcanzables, pero que logramos y seguiremos logrando." Fue otro discurso
más. Eran los tiempos del Proceso y estábamos en Munro, dentro de la escuela,
dentro de las fronteras. Eso pasó, pero quedó.
Prosa de los
signos sensoriales
Esa masa que llamamos carne no tiene nombre
para ninguna teoría. ¿Qué significan los recuerdos? ¿Cómo sobreviven? Tengo un
hueco que deja pasar un mero eco.
Vibro, pero esto ya está afuera. Hoy soy la frontera de mi pasado; pero
ambos -presente frontera y pasado frontera- son como altísimos alambrados que le dan forma a esta tierra trabajada,
oscura, envejecida y convertida en material didáctico. ¿Cuáles fronteras pasamos? ¿Qué frontera nos detiene?
¡Aunar lo irreparable!
¡Ponderar
nuestra suerte!
Las
estrellas son más que las arenas
de
los mares donde otros han visto bañarse su cuerpo,
mas
no menos por ello deja todo de abocar a la muerte.
No
hay puerto.
Jules
Laforgue, “Solo de Luna”
La memoria es
el planeta en el que vive la justicia, con ella empezó, con ella se busca y se
escalan los peldaños, la infinita progresión que acumula pequeños detalles, los
suma y hace que uno anticipe al siguiente. Trabaja en la intimidad más sincera,
sigue el sentido que mueve y remueve lo detenido en el fracaso, sigue y abre el
camino. Sin salir del mundo, penetrando en la experiencia, recomponiendo
montajes, hilvanando cada acción por separado y luego haciéndolas interactuar
en un mismo mundo: tal relato, para ser alcanzado, tiene que superar las
pruebas del estatismo -la falta de progresión-, el suspenso venenoso y angustiante,
lo resbaloso, lo hurtado al esfuerzo, el olvido, el olvido como sentencia, y el
veredicto en el olvido. El trabajo, hacer una cosa, hacerla bien, hacer otra, y
por fin lograr un todo, como lo opuesto a escupir fallos, hacer el olvido,
administrar la negligencia, encubrir el delito con despiste y más delito. Pasar las restricciones, hacer la historia desde los
escombros, sin ceder a la melancolía
que pone en entredicho toda iniciativa, superando el cansancio, calmando
el vacío del pensamiento, la aparente impenetrabilidad del crimen, y la
desgracia, el dolor que no cesa. Seguir,
desafío y desaliento. Travesía del tiempo para unir, pedacito a
pedacito, el espacio que explotó, para arribar a una paz con los escombros y
los desaparecidos. Con los otros, con esos que aún no oyen el estruendo, que
aún no perciben la falta, que desapegados siguen, como si pudieran librarse del
desgarro. Con todos los que no que quieren estar perdidos. Con los que se
preguntan dónde mi lugar. Hacia el reverso de la sumisión. Atenuando las
sombras.
Comidos por el agotamiento. Sintiendo
la disolución. Viendo la ceguera. Todo tiembla. Resuena, se repite, ensordece.
El prisma del temblor, el fastidio hacia el aplastamiento, hacia los embotados
en su propio goce. Pican los escombros. Minan la melancolía. Disipan el hábito
de obediencia. La inocencia inmolada, el desamparo, el frío, el refugio de la
plena fealdad, el infierno de la desaparición, todo pica y hace insoportable a
la monotonía de los minutos, de los millones de minutos que se sucedieron
después del temblor, que respiran la uniformidad de la indiferencia, que
escriben el revés de la justicia, que continúan sucediendo y acumulando basura
sobre sangre.
La violencia que desaparece la vida tan
fácilmente, violencia que circunda, violencia que no desaparece, que deshace
por la fuerza, que no acepta por la fuerza. Que deja solamente nada. Eco de un
momento, el momento vuelve a pasar, el momento que cambiará todo sigue pasando.
Resuena. Truena. Vuelve, acecha, cae y se escurre. No avanza. No insiste. Carga
de presagios al futuro. Por los hombres inmóviles. Por los que fungen de
funcionarios, investidos de brutalidad, de sospechosa ignorancia, de lucrativa
resignación, sin inteligencia, sin emoción, sin voluntad, sin principios. Voluntad
enferma. Por esa estructura de la nada.
Por las nadas del saber. Por la voluntad de la aniquilación. Por esa
antiesencia, la desaparición avanza y hace desiertos.
La travesía es un cabalgar por la paz,
un desprecio a la inautenticidad. Atención al nombrar las acciones y los
sucesos, los del camino y también los de la búsqueda: ¿cura, remedio a un
dolor, a un padecimiento? ¿superación de un trauma? ¿retribución, venganza? Las
palabras más bellas -verdad, justicia, paz- guían la búsqueda, pero pueden perderse
en la indeterminación infinita. La inversión de los largos años de pura noche
como trabajo, sustituyendo instante a instante la pura nada vacía y vaciadora.
Mirar de cerca la aniquilación, el terror, la desaparición, los escombros y la
muerte, el embrutecimiento y la muerte. Mirar hasta hundirse (experimentar la
verdad, la fusión de los pedazos), y seguir: mirar hasta hundir (hundir esa
negrura), y seguir en lo más hondo (en lo más profundo, en el trabajo de
sacudir y remover la humillación y la miseria, de hacer presente lo siempre
puesto en futuro: será justicia). Sé
justicia.
Afirmación de
la nada
Surgir de la
nada por negación de la nada: descomposición, deshacimiento, el desesenciarse.
Afirmación de la nada: aniquilación, anonadamiento. “En el deshacimiento o
desenciación surge la nada en su indeterminación infinita. Ni el cuerpo que se
descompone ni el alma que se deshace aspiran a la nada como algo positivo, sino
únicamente a la disolución de sus respectivas esencias positivas. Pero cuando
tal disolución les acontece, van a parar a la noche informe de la nada. En
cambio, Mefistófeles, que quiere el mal y confiesa amar el vacío eterno, anhela
la nada, con lo que todo tiene, por cierto, que desembocar, en su caso, en
‘anonodamiento’. Estamos, pues, viendo la nada, no como algo complejo –pues
entonces sería algo determinado, y no la nada-, pero sí como algo que se puede
alcanzar por varios y opuestos caminos. Quizá entendamos así mejor cómo puede
haber diferente orígenes de lo determinado en la nada carente de determinación,
y cómo es posible que broten la corriente serena de la esencia y el elevado
surtidor del acto de las mismas quietas aguas oscuras.” (Franz Rosenzweig, “La
Estrella de la Redención” (1921, Sígueme, Salamanca, 1997, p. 65) Algo tan
extremo, tras lo cual sólo hay pura nada: nada de ventana en la pared, de
concavidad en la vasija, de innovación en la estructura, de plenitud en el
vacío, de sentido en el mundo. La proximidad más próxima a la nada: Esma.
La fría vacuidad de la fuga del mundo: el pueblo de los ojos cerrados,
sin valor para mirarlo, sin voluntad para tomar el camino de la claridad, sin
hablar, dejándose en el anononadamiento mientras se aniquila; también antes;
mucho más después. Y conocemos por lo frutos del conocer, y conocemos la
perdida en la nada, en el sonido que suena en este silencio. Pudo donarle
duración al eterno instante de cada tormento, de cada violación, de cada
aniquilamiento. Podía, pero nunca apareció, nunca hizo finita a la
desaparición, nunca emergió siquiera como una aparición vacilante. Ausente,
anonadado, ante el aniquilamiento. Así que de las desapariciones no supo nada.
Así se rindió. Dejó que se aniquilara. Se anonadó ante los aniquiladores. Se
anonadó ante los familiares y compañeros de las víctimas. Ni justicia ni
solidaridad. Solo, cada uno, cuidando la figura de sí mismo. Rara fue aparición
del sentimiento puro e instantáneo de ayudar al otro. Ahí siguió, más allá del
hacer y del saber, en el embrutecimiento autocomplaciente, insensible a
cualquier indagación de responsabilidad. Dejó ir vidas. Siquiera lo nota hoy.
Anonadamiento, forma de ¿traición? primero, de olvido después. Velada,
enterrada traición, también anonadada, también auto-encubierta. No se expuso,
siguió exiliado, invisible, dormido, rígido, ausente. Sigue sin darse cuenta de
que necesitaba hacerse visible para suscitar en los otros su mismidad, porque
en el que lo ve despierta. Cerrado, vuelto sobre sí, ciego, sordo, mudo, sin
sentir lo humano de los humanos, sin sentir la inhumana humana aniquilación,
mostrando otra forma de lo inhumano. Mostrando no ver más allá de sí mismo. Por
la mera facticidad.
Hubo sí, quienes no pudieron gritar, pero tampoco pudieron callar.
Unos pocos que no se sometieron. Que soportaron con grandeza la flaqueza y el
temor. Que mostraron voluntad. Y lo heroico es voluntad. En la oscuridad, en la
soledad, resuena aún ese silencio activo, cierto gesto cálido en la comunidad,
bajo el negro reino del aniquilamiento y en su capital, Esma. Un futuro, tal vez. Las madres, lenguaje,
posibilidad de comprender, de unir, de superar lo mudo y aislado, de alcanzar
lo común a partir de defender, de luchar por la vida, por la aparición:
aparición y vida, “aparición con vida”, palabras originales, promesa de alcanzar
la palabra real. Palabra que llega al oído que la capta y a la boca que le
responde. Un comienzo del futuro.
Los que igualan crear con aniquilar. Y aniquilan. Crean tierra desierta y vacía, tinieblas sobre el abismo. Hágase la oscuridad, y hacen desaparecer.
Desaparecidos, creados a imagen de
ellos. Fuertes como la muerte, sentados en sus tronos más altos, mandando a sus
hombres a hacer desaparecer; cada tanto, descendiendo para secuestrar, robar,
torturar, encapuchados, ocultos. Esma, umbral de un antemundo, laboratorio de
lo opuesto a la creación. ¿Hacia dónde
se abrían las hojas de la puerta de Esma? ¿No lo sabés? A la
desaparición. ¿Qué le importó al mundo? Microcosmos no: microcaos; ante él, la
multitud ciega, los gobiernos mudos. Esma. Ahí calló el último silencio. Con el
correr de los años la resignación se asienta y echa raíces. No hubo liberación:
ellos mismos hicieron desaparecer el campo. Sin técnica para anular, paliar o
compensar el dolor físico o moral. No hay condenados por hacer desaparecer, por
aniquilar. (Sólo los hay por el sistemático secuestro y sustracción de
identidad de menores: a dos décadas de finalizada la dictadura, los jueces sólo
persiguen a este delito; sólo hacen punible la aniquilación de una identidad y
la imposición de otra a nenas y nenes, hijos de desaparecidos, apropiados por
militares o personas vinculados a ellos.) Hay chicos aparecidos. Nacidos en
Esma, o en otros campos, apropiados por miembros del aparato represivo,
entregados a otros, cómplices casi todos, encargados de darles otra identidad.
Aparecidos, hacen posible que la historia del desaparecido vuelva sobre la
tierra después de la desaparición. Esma, siempre en la misma ciudad, en la que
se confunden antros y escombros.
Se conserva un
signo llevado a través de la oscuridad, una oscuridad que no puede ser
percibida porque percibirla es perecer. Es Esma. Avenida del Libertador
8151/8209/8305/8401/8461, un predio de la Municipalidad de Buenos Aires cedido
el 19 de diciembre de 1924 al
Ministerio de Marina para la instalación de alguna de sus escuelas. Esma
oscuridad, aún el aire persiste oprimido, insidiosamente impregnado de
oscuridad. Exhibidas, cosas que lo necesitan para ser; mientras que otras
requieren ocultarse. Y nómos, viene de nemein,
que expresa, inicialmente no una relación formal, sino un límite material,
una muralla, fachada o foso que separa lo transparente de lo privado.
Amontonados, en campos. Esma, con su fachada neoclásica dada por unas rejas
trabajadas y un primer conjunto de edificios solemnes, de frente visibles,
oculta el campo. Tranquiliza la
fachada, proporcionó tranquilidad para el alma de millones de personas,
indiferentes ante el contenido, convencidos por comodidad de la adequatio entre
la fachada y el interior, tranquilas las almas, siguen pasando frente a un
campo que persiste –con apoyo de las autoridades políticas y militares- en
brindar una fachada de escuela. Oculta un fondo que es la manera en que se
impone al “material humano”. Esma, requerida a ocultar, imponer, aniquilar,
desaparecer vidas. Oculta la ocultación de vidas. Ese estado de provocación
aborda a los hombres como objetos hasta hacerlos desaparecer, hasta hacerlos
desaparecer en lo sin fondo del fondo de las aguas. Técnica del ocultar requirente,
provocar que concentra, alberga y oculta, tortura y doblega, que impone, que
produce desapariciones. Es lo ocultante que oscurece, en cuya oscuridad flota
el velo que emboza lo que despliega: aniquilación, desaparición. Técnica fatal,
¿acaso la técnica inevitable por un decurso inalterable, por un destino de
ocultamiento, de violencia sofocante, de obra diabólica? Pone al hombre en el
camino del desaparecer. No hay peligro hoy en Esma, pero el peligro se halla en
su, ¿cómo llamarla?, Heidegger diría esencia,
en la imposición de la desaparición, en ese poner provocante que aniquila y a
la vez oculta su aniquilación; amenaza aún, porque ya afectó al hombre, ya
dominó, ya fue abierto su fondo y podrá cambiar de fachada. Pavoneados, queda
oculta la duración de la desaparición. Desaparición, lejos de la abstracción
mítica, delirio del secuestrar, torturar, aniquilar y desaparecer, peligro que
dura por la falta de preguntas. (Preguntar, construir un camino, dar testimonio
de la situación desesperada.)
Del Valle a Esma. Ida y vuelta
Máquina
contra los cuerpos y las experiencias, Esma, experiencia de violencia que
insensibilizó a los espectadores del dolor. En un Buenos Aires embotado, se
dejó a los jóvenes a merced de máquinas como Esma. Estériles, los otros cuerpos
pasaban veloces en sus autos por la
avenida del Libertador o por la autopista
Lugones, detrás, junto a las vías del tren, del mismo tren que usaba
para ir de Munro a Retiro. Sólo deseaban atravesar el espacio, sin que nada,
sin que Esma, atrajera la atención. Por la geografía de Buenos Aires,
fragmentada por campos de concentración, los cuerpos se movían –y aún se
mueven- pasivamente, desensibilizados en relación a lo que existía y a lo que
desaparecía. Cómodos, seguían hacia delante, hacia el lugar de destino. El
resto –Esma, los desaparecidos- les resultaba ajeno, no tenían contacto con
ello, no obtuvieron conciencia. La voz quedó solitaria, sin apoderarse de la
audiencia, relegada a la Plaza de Mayo, un ágora en un tiempo y un lugar alejadísimo
de la polis griega clásica. Sin libertad de expresión, las madres de
desaparecidos se unieron para caminar una al lado de la otra alrededor de la
pirámide de Mayo, una pirámide que nunca fue tan de piedra. Se inició un ritual
que unió y permitió resistir. El rito, pero, no fue compartido, y los empleados
de bancos y oficinas, los taxistas y los escolares pasaban, miraban y seguían.
Embotados. Impulsados a obedecer, a mirar sin ver.
La Plaza y algunas iglesias se convirtieron en salas de reuniones –pasaron
a ser lo que fueron en sus orígenes. Pero pasaba el tiempo, y a los
desaparecidos se le sumaba la indiferencia de la sociedad. Se hicieron pesados
los corazones por la indiferencia, por el embotamiento, por la insensibilidad,
por el embrutecimiento y la falta de compasión. Hombres económicos, no
entendían que se trataba más que de una cosa de madres del lazo político de los
hombres.
El trencito salía del túnel de la estación Del Valle y después de
cruzar por encima a las avenidas del Libertador y General Paz, pasaba por la
parte de atrás de Esma. Sólo la autopista Lugones separaba al tren de Esma. Del
otro lado del tren había un campo de deportes donde se veía a soldados de Esma
que llegaban desde un puente peatonal que atravesaba la Lugones y el tren. Más
allá, turbio, el río. Desde la ventanilla del vagón, una y otra vez, veía
avanzar unas construcciones en Esma; construcciones nuevas de una fealdad
difícil de describir. Como cubos, se iban articulando unos al lado de los
otros, cubriendo la parte trasera de Esma. Era una masa extraña. Terminada la
estructura de cubos, se hacía moroso el ritmo de los trabajos, como si sólo
hubiera importado levantar esa cortina de hormigón que impedía ver a los
edificios del centro, que ocultaba algo peor a un espantoso vacío. No se
levantó un muro en Esma: eso hubiera sido mostrar que se ocultaba. Se
levantaron barrancas para mostrar otra cosa, haciendo invisible con hormigón al
secuestro, la rapiña, las torturas, los partos, las pesadillas, la fábrica de
dolor. Hoy, al mirar esos edificios desde el tren, persiste la angustia y la
desazón.
Todo se reduce a ese único punto sin extensión e infinito, Esma. Punto
de desaparición. Punto donde la juventud, la imaginación y la pasión fueron
envidiadas y despreciadas hasta el aniquilamiento, mientras el letargo y la
pasividad complaciente avanzaba entre los vecinos, entre los que miraban de
afuera y sin tener ningún interés en ver algo. Esa pereza, esa comodidad
mezquina de espíritu unió a millones de seres. Borrados que dejaban borrar, que
nunca se interrogaron por las supresiones de seres en el proceso que habían, en
más de un sentido, producido sin siquiera decir sí, sin tampoco susurrar no.
Esma, el fuego quemando la piel, era invisible para el chico que
miraba desde la ventanilla del tren. Unos pocos veían; muchos tuvieron miedo de
mirar. Esma, campo sin fronteras. Esma, muro de percepción. Por delante y por
atrás, por auto o por tren, rápidos, pasivos y evasivos, circulaban diariamente
miles de personas. Se movían alrededor de un centro que nos entrelazaba a
todos, se hallaban el exterior de Esma, sin experimentar ese interior. Adentro,
el dolor. Un dolor ignorado, de significado incierto en el mundo. Centro de
experimentación del dolor, lugar del dolor, aunque una pregunta de Wittgenstein
perturba la certeza del torturado y también la del vecino y la del paseante.
(“¿Conocemos el lugar del dolor de manera que cuando sabemos donde tenemos
dolores sabemos lo lejos que está de las dos paredes de esta habitación y del
suelo?”) El dolor sin objeto del mundo exterior, el cuerpo solo con el dolor en
un espacio vacío, el dolor sin amparo. Pero el dolor tiene un lugar desde donde
puede ser percibido por cada uno, desde donde sus orígenes pueden hacerse
visibles. Desde ese lugar, Esma, la experiencia del dolor puede reconstruirse.
Se habla de política, de sensibilidad hacia el otro, de la búsqueda de remedios
al sufrimiento, de la aparición del dolor, de la incompletitud del mundo que ve
desde la ventanilla del tren y del automóvil. Esma, sensación de dolor, de ser
el lugar del dolor. Desde allí, mirando el centro de Esma a través de los
resquicios del hormigón ya ruinoso, prematuramente ruinoso por la carga de
impedir cualquier aparición ante la mirada fija en la edificación de la desaparición,
es como si se viera hacia atrás, como si uno observara el pasado desde la
altura, desde unas vías que se pierden. Hasta que, de vuelta, todo se hace
negro en el vagón que entra al túnel de Del Valle. Todo se pierde entonces.
Ciegos, hijos de la peor noche.
Mocosidad
El tiempo
apenas dejó huellas en la memoria, como si se hubiera estado mirando una
sucesión de luces que encandilan, como si se hubiera estado sumergido en un
profundo sueño. Salir de esa oscuridad para ver el paisaje del presente
aniquilado. Escupiendo miseria y brutalidad, como un volcán, sobre la tierra
que ya no es más verde y fértil, sobre la vida, que ya es rapiña y limosna.
Jirones a los costados, piedras y vidrios rotos, saqueos, desgarramiento.
Humillación y miedo. Una estampida, seguida de otra: un despertar que no lo es,
un cambio que no cambia nada, que incomoda el adormecimiento. Ya perdidos,
olvidados y sin saber cómo recuperar lo perdido, lo desaparecido. Desgarrados,
pulverizados, destruidos entre sí. La sociedad, un espectro. El país,
escombros. La corrupción sigue embistiendo. La muerte en el clima se respira.
Desaparece el aire. Se van, con la luna, las esperanzas. No se sabe qué
abandono, qué pérdida se sumará. Envueltos
en un murmullo, suspendidos en una densa y obscena mocosidad, entre el temor y
la confusión, sin rumbo, en las tinieblas, enflaquecidos, rodeados de ratas
gigantes.
Ver todo desde la mayor distancia posible. Tomar la mayor distancia
para ver más. En medio de seres, de
derechos y de objetos que se desvanecen. Desde afuera reclaman, exigen más y
más ajuste. Más pagos de deudas abstractas, inconcebibles, trascendentales.
Condenan a la desaparición, a la perdida en la oscuridad, a la pérdida oculta.
Tratar de igualar sentimientos: sentir las ondulaciones de una
sensibilidad ajena. Sentir cómo no sentir la desaparición. Abandonarse al
sentir de la extinción, al crecer del embrutecimiento, ese cultivado edificio
cultural que oscurece a cada uno de los
mediodías más soleados. Embrutecimiento adecuado a los fines egoístas. Cobardía
que impidió mover los pies y los labios, que lavó manos que aún no pueden
secarse del agua del río de los desaparecidos. Afectados, para combatir el
aburrimiento consumían plata dulce, mientras todo se hundía en las sombras más
profundas. No sentían la sangre que teñía a los billetes. No sentían la
desaparición del trabajo.
Sin saber sobre el transcurso de los días y años que nos ha traído
hasta aquí, sin atención hacia aquellos que, de repente, dejaron de formar
parte del mundo por la desatención. Esta parálisis de la memoria, vale decir de
la sensibilidad y del saber, es una
razón de la oscuridad del presente y de la negrura del horizonte. Ahora sopla
un fuerte viento, y es difícil mirar hacia atrás, hacia donde todo sigue
desapareciendo, desde donde todo sigue precipitándose hacia su fin. Se sigue
dando un mal paso atrás de otro, en esta historia sin principio ni final, en el
país de las desapariciones.
Quedan cuerpos atrofiados, imaginaciones atrofiadas. Como heridos en
el corazón y en la cabeza. Con ese equipo damos pasos vagabundos por noches de
pesadilla, con los dedos de la mano arrugados por no haber retenido a esos
seres, a esas experiencias, por no haber atendido y trabajado, con las manos,
con cada uña. Andamos, en una penosa forma de cautiverio. Melancolía ante todo
lo amenazado: experiencias y naturaleza aún desaparecen. Amenazan aún. Lanzaban
dardos con veneno. Lanzaban: eran carne muerta que rodeaban de alambre los
cuellos de la denuncia. Todavía el olor persiste.
Desarreglo
Es posible
que esta historia haya vuelta sobre la tierra después de mi desaparición. Aquí
y allá, entre estos antros y escombros, entre esa opulencia. Mientras tanto,
hablo como si fuera ayer. Condiciono mi historia al pasado, como si se tratara
de un mito. Esos asesinos, hambrientos de sombra. Ojalá fuera verdad el
solipsismo. Y todo esto no más que una invención, mientras que en la realidad
las cosas sucedieron de un modo
distinto, que olvidé. El rumor no era continuo, sino entrecortado por silencios
sin duda consternados. Era, es hablar de cosas que no existen. De
desapariciones. De sucesos negativos. Del
sin rostro de unos clandestinos que llevaban a la nada a vidas, que
vaciaban la sangre, los recuerdos y las ideas. Entre el rumor, a pesar de la
oscuridad y la turbación, admiré el agua casi inmóvil, que se desliza
suavemente. Lo admiré. Agotadores los recuerdos. Se inician poco a poco, hasta
la caída brusca, que hizo negro mi alrededor. Perdí el conocimiento. No
necesité cerrar los ojos: veía poco. Casi nadie veía. No ver nada en absoluto.
No había que cerrar los ojos. No había una niebla que lo velara todo. Pero no
se veía. Esos cuerpos, fuerza militar, apartaban. Desaparecían. Apartado del
cuerpo, desaparecido. Apartado de la memoria, desaparecido. No se veía. Y sin
recordar haber venido nunca podré irme. No desaparecí. Sí desaparecí en esta
miserable oscuridad. Oculto. Callado. ¿Adónde iría sin poder irme? El hueco de
mi existencia. Desaparecido. No soy yo. Yo no digo nada. No dije nada. No
existía. No sabía. No podía recordar. Desaparecido. Estaba en el mundo.
Desaparecido. Tenía una especie de conciencia y de sensibilidad. Los otros
también. Aquel tiempo no cesa de empezar. Y sigue el castigo. Desapariciones.
Sufrimiento. No estuve en Esma. Sé que no hay aire. Sé que es necesario estar.
Allí hay signos. Un volumen, pero parece aplanado por la sombra que recorre las
calles. Vacío.
Historia y memoria, prácticas complementarias de producción de
sentidos del pasado. Una no sustituye a la otra. Una sostiene, le da vida a la
restante. Trabajo del día, trabajo nocturno. Necesidad de diferentes lenguajes.
Uno aplastado, mínimo, tenue como suspiro, economía del padecimiento. Un
lenguaje que desaparece, que muestre el vacío, que muestre lo que no tiene
cabida en el lenguaje.
Hablar sobre E. Un campo de concentración, campo de trabajo forzado,
de tortura y de muerte. Campo de exterminio, centro de muerte administrativo,
burocrático y educativo (Escuela) y mecánico (Escuela Mecánica). Campo de
desaparición, clandestinidad dentro del poder, uso del poder para silenciar,
para hacer desaparecer la visibilidad del campo, para vaciar la Escuela de la
Armada sin mostrar el vacío de la desaparición que se hacía. Campo
desaparecido, escuela, E. Esma, campo donde el espacio y el tiempo tienen fin.
Afuera, campo de vigilancia y de control. La ley y peor aún: la fuerza sin
limites de los desaparecedores. Afuera una masa de seres cuya sensibilidad y
conciencia, ojos, oídos y razón, desapareció, responsables por su
irresponsabilidad, responsables por su débil voluntad, responsables por atender
a la plata dulce, responsables de hacer desaparecer toda atención sobre los
desaparecidos, responsables por distraerse y no atender siquiera a las madres.
La vida privada de un desaparecedor, en su hogar, con su familia. La
vida privada de un secuestrado, dentro de Esma. La vida privada de un vecino,
dentro de su departamento, frente a E. La vida privada en el pasado, la
conciencia, esa conciencia privada ayer, desaparecida aún, desaparecida hasta
que asuma su responsabilidad. Hasta tener vergüenza, hasta el vómito y el
ridículo, hasta el extrañamiento que haga sentir ajeno a eso, a esa
desaparición de vida que se apoderó de los vivos. Se dejó aniquilar. Se dejó,
anónima, a la muerte. Efecto: invisibilización de la desaparición. Efecto: ¿el
deber de testimoniar como sobrevivientes de esa sociedad de campo de
desaparición que aún sigue haciendo desaparecer, donde aún siguen los hogares,
las familias que usurpan hijos, siguen haciendo desaparecer?
Hubo un desarreglo de los sentidos. Un amanecer rojo en el río. Ver y
ver y no ver nada. La noche comenzaba. Y después, mucho después, ver la
decadencia, como si hubiera desaparecido la belleza, como si hubiera existido.
Las piedras, entonces, tenían corazón. Hay un desarreglo de los sentidos.
Ellos respiraban. Soñaban. No se los sintió. No me refiero a las
madres o a los pocos militantes, en general jóvenes adolescentes. Hablo de casi
todos. Escribo para ellos. Para los que respiran y sueñan, se perfumaron y se
perfuman como si fueran dignos de las mejores fragancias. Escribo para ellos.
¿Por qué no?
¿Por qué imaginar la sangre y
la mugre en E, sobre todos nosotros, aún hoy? No es imaginar. Bajo asfixia,
bajo usura, bajo el terrorismo espiritual, bajo la pasividad. Se desarreglaron
los sentidos. El campo no es E. Es el país del campo. El campo desaparece, las
aguas lo cubren, la fertilidad se va. Esos campos de fantasía argentina, de
desaparición argentina. La brutalidad es fuerte y lo otro frágil, la fuerza de
lo opuesto a la brutalidad es la fragilidad, la fragilidad es caricia e
imaginación, trabajo y cuidado, un cultivo del cuidado.
Hubo un desarreglo de los sentidos. Hay un cansancio superior. Todavía
no aclara y se pronostica un nuevo amanecer en rojo. Todo se deriva de E, todo
es su continuación. Falta el aire. Siempre el mismo viento que vacía.
No se trata
de sostener y vocabulario negativo y tender a declarar culpable a toda la
sociedad argentina. No se trata de instrumentalizar la vergüenza, ni de hacer
amigos a través del texto.
Recorrer un parque de desaparición de seres humanos, en plena ciudad,
ante la mansa mirada de millones de argentinos. Algunos leían relatos de
ficción, cómodamente sentados en el tren, a pocos metros de Esma. Leían,
cándidos cultos, pero no percibían. Otros, fascinados, guardaban impacientes
sus ojos para el estadio de River, a pocos metros de Esma. Quienes quedamos,
pasamos como vecinos de Esma, vecinos a la desaparición.
Esma, monumento a la desinhibición, casa de la bestialidad, escuela de
domesticación de los hombres a través de la fuerza bruta, de la animalidad a la
caza de jóvenes.
La serena mirada desde la ventana del vagón, esa contemplación
desapareció y recordarla causa asombro, asombro por los límites de la
reflexión, por la ceguera en el camino, en la ida y vuelta en tren. ¿Quién se
interrogó sobre esos edificios, quién preguntó si podían salir de allí los que
entraban, los que eran entrados?
Volvieron todo más pequeño. Hicieron una enorme cría. ¿Quién mira,
quién interroga si todo desaparece sin asombro algo?
Como plantas
El
peso, todo el peso del mundo sobre el órgano más extenso, el mismo que protege
y a la vez expone al cuerpo. Con la piel arada, regada en sangre, se hizo
olvido. Una canción en el desierto, lamento de la muerte color de león que
hizo desaparecer la frescura. Los cabellos aún atraviesan las aguas, siguen
bajo un cielo venenoso. La piel, arena del río. Recordar las manos. Las manos torturadas.
Las manos de un torturador. Mirar los paseantes. Esma, el campo siempre no más
que un decorado que representa la noche oscura sin aprendizaje, que muestra que
los hombres con poder son cosas, y cosas peligrosas. Una cosa que contiene
ausencia de límites, el gran animal. Un alarido desde el fondo de las entrañas.
Eso sale, sigue saliendo de las aguas. No dice derecho. Dice justicia. Es un
resplandor que solicita atención. ¿Podrá ser bella la expresión de la
desgracia? Weil respondió que la expresión verdadera de la desgracia es
soberanamente bella. El resplandor de la belleza cae sobre la desgracia gracias
a la luz que se desprende del espíritu de justicia y de amor, que es lo único
que permite al pensamiento humano mirar y reproducir un sentimiento tal cual
es. Una imposibilidad tras otra. Bestias, no podemos mirar así.
¿Arrepentimiento? El presente, forma de manifestación de la voluntad,
objetivación de la voluntad, evidencia de los desaparecidos vivos.
Arrepentimiento. Contrastar la relación entre el hecho y la intención, lo que
se quería de verdad. No hay arrepentimiento de lo querido. (¡Y cuántos entonces
querían la desaparición de los otros, de los querían lo diferente!) Sí de lo
hecho, ya que -como lo aclaró Schopenhauer en su “Metafísica de las
costumbres”-, guiado por conceptos erróneos pudo hacerse algo distinto de lo
que resultaba verdaderamente adecuado a una voluntad. ¿Fue este el caso? ¿Cómo
distinguir fines de medios? ¿Cómo dejar a ese querer libre de todo juicio
cuando lo querido es la desaparición de los otros, de todo otro, de toda
diferencia? ¿Pero acaso el medio no fue el más adecuado para una sociedad
mayoritariamente pasiva y quejosa, que lo consintió y quizás hasta le dio
nacimiento en su seno? ¿Cómo? ¿Arrepentirse después, simulando una conciencia
democrática, respetuosa de la regla de derecho?
Despertar de la larga pesadilla de la desaparición. Excremento. ¿Qué
es de todo aquello? El pasado no queda saldado con la muerte. Pero, ¿acaso
contamos con una instancia competente para enjuiciarlo? No el estado. Aunque
debió serlo. Y debe serlo. ¿El pensamiento? No, es privado. Más desapariciones.
Sin espacio, sin campo para el pasado. Sin historia ni memoria colectiva. No
hay maestro con quien sentarse, con quien estar devotamente. Sin junto a un
maestro. (Sin upanisad.) No hay ética que pueda hacer virtud. No hay estética
que pueda hacer obras de arte. ¿Podemos saber que nuestro dolor no habita el
presente sino que pertenece ya a lo abstracto, que no pertenece a lo físico,
que su intensidad supera a todo lo físico? Desaparición del presente, de lo
físico. Crescendo intenso del dolor que lo empalidece a todo. Hasta ese dolor
hace del resto nada. No es así el hambre. Y esos ni se compadecen. Incapaces de
llorar, anestesiados, imposible que se despierte en ellos un pensamiento de
dolor. Ciegos. Desaparecen y no lo sienten. Martillan sobre sus sentidos y no
advierten que los embrutecen. ¡Si hasta se creen pulidos y refinados!
Huellas, espejos, futuros. Tal vez un dolor enmudecido, un padecimiento
desesperado pero aún oculto al discernimiento, en tinieblas. ¿Algún día clara y
diáfana despertará la conciencia del dolor, tendrá voz y otro carácter? Tal vez
la única esperanza. Tal vez una adquisición a fuerza de voluntad de verdad
pueda remover el carácter de la desaparición que se señorea en el presente, que
hace escapar el presente hacia el pasado. Tal vez un esfuerzo palie el dolor y
el hastío. Lo interesante aplastado por el espectáculo enorme, pero vacío, que
homogeneiza, que tira a la basura, que nos hace basura y miseria. Pensamiento/mercancía. Consumo de mercancías
para seguir, achatados pero adaptados a
la chatura. Chatura chatarra, desarreglo de los sentidos. Un miserable
apunte de líneas, administración del lenguaje, dieta grasosa. Pero no se puede
eliminar lo que una vez existió. Y quien sabe si no se sigue tras la meta del
aniquilamiento. Un mundo de desaparecidos. Un mundo de esclavos. Como plantas.
Como plantas. Sustraerse a eso. Repulsión. ¿Cómo saber que no soy desaparecido?
¿Cómo conocer lo que no soy? Probar el yo en el inmenso mundo del no-yo.
Existencia sin mundo. Sobre la desaparición. Sustracción. No hay ahora sino el
desmoronarse continuo. Fuga hacia delante. En fuga, y no puede observarse a sí
mismo en esa fuga. Desaparecido-desapareceder, un devenir inagotable. Desaparecen los desaparecedores.
Aparecen los desaparecidos. Trabajo de superación del desarreglo de los
sentidos. Sentir, superar la desaparición de los sentidos. Pensar, desaparición
del embrutecimiento. Hacer. Trabajar, desaparición de la pasividad.
Museo
Horizonte de sal, obra de miles que ni siquiera son uno. Son
esos tomados, célula a céluda, por el vacío. Esos, de bocas cegadas y labios inhabilitados, esos de orejas
cercenadas. En un museo, la sal, las células, los fragmentos de órganos.
Rodear
sí
abrazar
sí
aunque haya vacío.
Mónica Urrestarazu, “Cartago”
(Ultimo Reino, Buenos Aires, 2000)
Exceso de olvido, ¿pero
también exceso de memoria? No hay límite
para la memoria de quien no ha vivido el infierno de que da testimonio (Jankélévitch). Así la condena de Primo Levi
a los verdugos: que no cesen de recordar. A las víctimas, en cambio, les deseo
que olviden, si pueden. Los otros, tejiendo la culpa o cultivando la
indiferencia. Hilos de visión, hilos de sentido rodeando los hechos, y escribir
para recuperar y reparar, para exigir más reparación, para reconstruir, para
arrancarle a la nada, para paliar esa dolorosa situación, básica y perdurable,
que describió con precisión Primo Levi: los que sabían no hablaban, los que no sabían
no preguntaban, los que preguntaban no obtenían respuestas.
Esma agujero: por allí se pierde el espacio, se absorbe el tiempo,
personas, objetos, palabras. Salir sólo es sacar. Entrar es desaparecer.
Desaparecer que nunca cesa. Esma no tiene fin. Sinfín de palabras y silencios.
De negro opacado por el negro.
El mirar hacia atrás se perturba, sale de foco, se descentra. Espectros,
fantasmas, desaparecidos, y todo hecho añicos. Sin referencia para comprender,
con voluntad de esquivar el peso de aquella nada negra que no cesa de
interpelar. Falta pensamiento, tal la banalidad de los esmanes (sobrevivientes,
sobre todo, de fuera de la Esma, inconscientes la mayoría de la fuerza del
campo). Estremece: los esmanes no suelen estremecerse ante lo ocurrido. Seguían
y siguen su rutina, sin desvíos por la aniquilación; cómodos, conformes, cada
día más derechos y humanos, sólo los perturba la cotización del dólar y la
disponibilidad de dinero.
Hacer inescrutable lo sucedido es tarea de un culposo esmán esmerado en concebir razones trascendentales de sucesos caracterizados como
obra de un mal radical. En guerra con
lo invisible, desatendiendo los sentidos y la materialidad. Testimoniar como
asumir la responsabilidad. Y la inmensa cantidad de vecinos esmanes que vieron
y oyeron, que se dieron vuelta para no observar, para desatender los sonidos que como ruidos llegaban.
Esmanes: los ciegos hubieran sido más capaces de mirar frontalmente a los desaparecedores. Esfuerzo por evitar la industria de la memoria (el negocio
de la memoria); y la imposición de la memoria (el estado, la representación
oficial, esos monstruos esmanes). No recreación mimética de una supuesta presencia plena
(horror). Ni presentación expresiva, enigmática (arte). Escritura del desastre
sobre el presente (no desapareció la desaparición de los desaparecidos, no
desapareció la responsabilidad ante lo sucedido). Las huellas van
desapareciendo, queda latente algo del orden del trauma y de lo siniestro.
Distancia y herida abierta, pasado intrusivo que es presente, aun cuando no
haya sido experiencia plena en el pasado. El recuerdo, la memoria trazan
distancia, pero esa distancia es relato. Describir, simplemente, más que
explicar, preguntar. Un edificio, unas rejas que vemos cotidianamente, una vereda.
Esma, carece de sentido decir que es irrepresentable. Con misticismo se hizo
del desaparecido una figura vacía de
sustancia, sacralizada, un absurdo sin sentido, una idolatría. Desenredar,
desembrujar, apropiarse de las huellas
y del lenguaje, de la materialidad y de la politicidad.
Horror que duplica, que desdobla el
mundo: desaparición.
El pelo largo, nuestra estrella
amarilla, la juventud, la independencia de los jóvenes, todo nublado por
principios –cristianismo, anticomunismo, forma de vida occidental, identidad
nacional- y las racias concebidas como si fueran guiadas por la justicia y la
verdad. Todo nublado. Sabían que no correspondía, y fueron clandestinos.
¡Ingenuo Sócrates! Saber del bien no lleva a hacerlo. Sabían: lo prueba la
clandestinidad del uso de la fuerza. Eran el estado. Eran la ilegalidad. La
legalidad eran ellos. Ellos por la noche eran otros, encapuchados. De la
memoria de los triunfos –tal la conformación del mito nacional- a la memoria
del trauma: de los héroes a los secuestradores, torturadores, asesinos y
cómplices. ¿Cómo serán narradas en el futuro las acciones de los
desaparecedores? No se trata de animales (gozan de una suerte de inocencia);
tampoco de máquinas (dañinas, puede ser, pero triviales al fin). Feroces, van tras la sangre; voraces,
consumen y utilizan a hombres como si fueran máquinas. No se trata de la
punición sino de la desaparición que oculta el cuerpo, secuestra, tortura,
destroza y disemina restos. Se hace en la clandestinidad, pero todos saben qué
se hace. Es un espectáculo. No mirar es la ubicación asignada al espectador.
Procesa, demuele, desaparece; todo lo hace con indiferencia, con el rostro
mirando hacia otro lado. Esma, atlas
argentino. Mirar de frente, no esquivar la mirada. Quizá un monumento sea la
consagración de la pérdida de visibilidad.
“Quisiera encontrar un delito que
actuara incesantemente, incluso con independencia de mí, de modo que no hubiera
ningún instante de mi vida, ni siquiera durante el sueño, en el que yo dejara
de ser causa de un desorden, de un desorden de tal magnitud quer condujera a la
perdición general, a una descomposición tan clara, que su efecto se hiciera
sentir más allá de mi vida.” ¿Qué delito podría ser este, el buscado por
Clairwil en “Juliette”, de Sade, sino la desaparición? El contorno no es
preciso (el conocimiento no puede precisarlo), pero un hilo recorre el siglo
veinte: de Armenia a Rwanda, de Auschwitz a Esma. El hilo de la aniquilación de
la alteridad étnica y política, el hilo de la teoría que representa a la
política como el lugar del conflicto entre el amigo y el enemigo, como la
posibilidad permanente de la guerra destinada a eliminar al enemigo, a otro que
ha ido cambiando de lugar en lugar, que es alcanzado de genocidio en genocidio.
¿Cómo será juzgada la desaparición en el porvenir?
Sentencias
i. Astilla en el ojo: ningún juez fue a Esma. Habeas corpus, recurso ante
la justicia cómplice. Silencio. Un silencio desconocido, sin igual. Como si la
tierra estuviese deshabitada, como si los jueces tuviesen sus ojos fijos en el
vacío. Sentencias que rodaban en el silencio; que continúan rodando en un silencio negro y oscuro.
Los menores nacidos en Esma y en los
restantes campos de concentración no fueron anotados con sus nombres y datos
filiatorios verdaderos en los registros civiles correspondientes. Este delito,
supresión y sustitución de estado civil, es consecuencia del secuestro de
mujeres embarazadas y de menores. Esma pariendo delitos; médicos torturadores
haciendo parir el dolor, el dolor de hijos de padres desaparecidos, padres
ocultados, padres asesinados y sustituidos por los asesinos. Esma, ocultado esa
ocultación. Esma, terror, mentira. Siguen desapareciendo personas; sigue
desaparecida la identidad de muchas chicas y chicos nacidos en cautiverio.
Siguen las desapariciones; tratan de hacer plena la desaparición: que los hijos
no lleguen a saber que son hijos de desaparecidos.
“El Gobierno argentino acepta y
garantiza el derecho a la verdad que consiste en el agotamiento de todos los
medios para alcanzar el esclarecimiento acerca de lo sucedido con las personas
desaparecidas. Es una obligación de medios, no de resultados, que se mantiene
en tanto no se alcancen los resultados, en forma imprescriptible.” (Del acuerdo
entre el Estado argentino y la Comisión Interamericana de Derecho Humanos, del
15 de noviembre de 1999, a los veinte años de la visita de la CIDH al país,
luego de que el 13 de agosto de 1998 la Corte Suprema de Justicia de la Nación
declaró inadmisible el reclamo de llegar a la verdad que formulara Carmen
Aguiar de Lapacó por la desaparición de su hija Alejandra.) Pero el Estado no
busca la verdad. No tiene ese interés.
Ni los jueces, ni los legisladores, ni los presidentes y sus funcionarios buscan
la verdad. Sólo permiten formalmente que los interesados la busquen. Solos, sin
ayuda, ¿cómo hacer que hablen los ladrillos y la tierra de la Esma? Olvidan que sus sillones de autoridades
constitucionales tienen sangre; se olvida todo lo desaparecido, todo cada vez
más invisible.
La Cámara Nacional de Casación Penal prohibió, en setiembre de 2000,
tomar juramento al militar que se cite a declarar en los “juicios de la
verdad”, estableciendo que “cuanto tenga que manifestar emane de su libre
voluntad, guiado por los dictados de su conciencia y el respeto por las
obligaciones que a la sociedad toda adeuda.”
Así establecido por los jueces Gustavo Hornos, Ana María Capolupo y
Amelia Berraz de Vidal. Los militares no pueden ser testigos; no pueden declarar
como tales. Y esta limitación –un límite al ejercicio de la voluntad de verdad
y a la extensión de las normas procesales- se ha hecho alegando que el “sistema
de justicia debe colaborar en la reelaboración social de un conflicto social de
enorme trascendencia.” Astilla en el ojo.
ii. Baltasar Garzón, en el Sumario 19/97 – L s/Terrorismo y
Genocidio, que tramitara ante su Juzgado Central de Instrucción Número Cinco, Audiencia Nacional de Madrid, el 2 de
noviembre de 1999 dictó una sentencia por la cual se califica como genocidio lo
sucedido en la Argentina, desde 1975 y
hasta el 10 de diciembre de 1983, pero fundamentalmente entre 1976 y 1981. En
ese lapso “se produce un exterminio masivo de ciudadanos y se impone un régimen
de terror generalizado, a través de la muerte, el secuestro, la desaparición
forzada de personas y las torturas inferidas con métodos ‘científicos’,
reducción a servidumbre, apropiación y sustitución de identidad de niños, de
los que son víctimas decenas de miles de personas a los largo y ancho del
territorio de la República Argentina y fuera del mismo, mediante la ayuda y
colaboración de otros gobiernos afines... No faltan tampoco las acciones de los
represores, dirigidas contra los bienes muebles e inmuebles de las víctimas
adjudicándoselos en forma arbitraria y continuada hasta sustraerlos totalmente
del ámbito de disposición de sus legítimos propietarios o sus descendientes e
incorporándolos a los propios patrimonios o a los de terceras personas.”
Genocidio, crimen último, violación más grave de los derechos del hombre,
acompañado de esa noche y niebla para que se desconozca el paradero de los
secuestrados y eliminados[cm1]. El fin del
crimen, dice Grazón, fue “eliminar la discrepancia ideológica”. La norma
internacional aplicable: Resolución 96
(I) de la Asamblea General de la ONU,
del 11 de diciembre de1946, según la cual es genocidio la destrucción de grupos
raciales, religiosos o políticos.
iii. El 6 de
marzo de 2001, en la causa “Simon, Julio, Del Cerro, Juan Antonio s/
sustracción de menores de 10 años”, el juez federal argentino Gabriel Cavallo
utiliza “la luz del derecho de gentes”, considera a los hechos como “lesivos de
normas jurídicas que reflejan los valores más fundamentales que la humanidad
reconoce como inherentes a todos sus integrantes en tanto personas humanas.”
Son normas imperativas que se imponen a los estados que integran la comunidad
internacional, que protegen a las personas con independencia de cualquier
disposición convencional, con independencia de la voluntad de los estados y aun
contra ella: “la existencia de un orden
normativo sostenido por la comunidad internacional (al que se ha denominado
‘derecho penal internacional’) que tiende a la tutela de los derechos más
esenciales de la persona humana y que se traduce en principios y reglas de derecho
asumidos, en su mayoría, como obligatorios por la comunidad internacional y,
por ende, por aquellas naciones que la integran.” Se trata de crímenes contra
el derecho de gentes, y en estos casos
“la humanidad en su conjunto afirma su carácter criminal, aún cuando el
derecho doméstico del estado o estados donde tuvieron lugar no las considere
prohibidas penalmente.” Señala que desde antes, en especial a partir de
Nüremberg, en los instrumentos internacionales así se lo reconoce; y “la
inmensa mayoría de los juristas” lo reafirman. Estas conductas “afectan por
igual a toda la humanidad y por lo tanto, su carácter criminal no queda librado
a la voluntad de un estado o más estados particulares, sino que es definido en
un ámbito en el que las voluntades estatales individuales se integran con otras
para afirmar principios y reglas que en ciertos casos regirán para un estado
aun contra su voluntad (así el ius cogens o las llamadas obligaciones erga
omnes).” Es así como “toda la humanidad y los estados en que ésta se organiza
tienen un interés equivalente en el enjuiciamiento y sanción punitiva a sus
autores o partícipes” (jurisdicción universal). La Constitución Nacional
originariamente en su artículo 102, ahora 108, prevé los delitos “contra el
Derecho de Gentes”. Dice Cavallo que “no era desconocido para los hombres de
1853 que el derecho de gentes constituye una materia en continua evolución. Es
más, esa evolución no sólo era ya reconocida sino que era deseada como una
medida de progreso y de acercamiento entre las nacionaes y como una vía
tendiente a la protección de la persona humana. Es por ello que no puede
extrañar que volcaran al texto constitucional una expresión de textura abierta
(‘Derecho de Gentes’) que pudiera acompañar ese progreso previsible en la materia
y que no cerraran el alcance de la norma...” Cita “El crimen de la guerra” de
Juan Baustista Alberdi (H. Concejo Deliberante, Buenos Aires, 1934, p. 173):
“La idea de patria no excluye la de un pueblo-mundo, la del género humano
formado por una sociedad superior y complementaria de las demás”; y, luego (p.
183 del mismo libro del inspirador de la Constitución Argentina): “El derecho
es uno para todo el género humano, en virtud de la unidad misma del género
humano.”
Entre otros antecedentes jurisprudenciales, Cavallo se detiene en dos
fallos. Uno de ellos fue dictado por la Corte impuesta por la dictadura –es
obvio que la última dictadura y todas las anteriores no sólo integran la
historia del derecho argentino, sino que han ejercido una fuerza determinante
del perfil y estilo de los jueces argentinos, y de los contenidos y tareas del
poder judicial en el país. Se cita a
los jueces de la dictadura Adolfo R. Gabrielli y Elías P. Guastavino, quienes
reconocen las normas imperativas del derecho internacional y, a partir de ellas, cuestionaron una
“completa privación de justicia y negación del derecho a la jurisdicción”
(claro que no lo hicieron en relación a las denuncias por desaparición de
personas). Luego se cita a los jueces designados por el menemismo en la Corte
Suprema. En el caso donde se concedió la extradición de Erich Priebke a la
República de Italia, el 2 de noviembre de 1995, se califica a los hechos por
los cuales se solicita la extradición “prima facie delito de genocidio” y
luego, el voto de Boggiano, López y Fayt sostiene que “...la calificación de
los delitos contra la humanidad no depende de la voluntad de los estados
requirente o requerido en el proceso de extradición sino de los principios del
ius cogens del Derecho Internacional.” Nazareno y Moliné O’Connor consideran
que la “elevada misión de administrar justicia” que tienen a su cargo importa
una contribución “a la realización del interés superior de la comunidad
internacional con la cual nuestro país se encuentra obligado...” Y en esa causa
la Corte se negó a aplicar a los crímenes contra el derecho de gentes los
plazos de prescripción previstos en el Código Penal argentino. Cavallo se
pregunta, “¿Habrá que sostener, acaso, que los hechos imputados a Priebke son
crímenes contra el derecho de gentes y, por lo tanto, imprescriptibles, dado
que ocurrieron fuera de nuestro territorio pero que, de haber ocurrido en
Argentina, serían meros delitos comunes a los que no se les aplican las reglas
de los delitos contra el derecho de gentes?”
En la misma sentencia se
menciona una entrevista a Karl Jaspers: “El problema estaría casi
resuelto respondiendo claramente a estos puntos estrechamente ligados entre sí:
Primero, ¿qué clase de crimen? Asesinato en masa organizado, crimen sin
precedentes en la historia; crimen que presupone una nueva clase de estado: el
estado criminal. Segundo, ¿de acuerdo a qué legislación debe ser juzgado? Según
el derecho internacional, el derecho que une a todos los seres humanos.
Tercero, ¿cuál es el instrumento legítimo para aplicar ese derecho? Mientras la
humanidad no tenga la institución legal apropiada para hacerlo, las autoridades
adecuadas son los tribunales de aquellos estados que reconocen la validez del
derecho internacional en su propia jurisdicción...” (“Karl Jaspers y la
Prescripción de los Crímenes Nazis”, en “Revista Comentario”, 1967, N° 53, p.
11 y sgtes.)
En 1968, la Asamblea General de las Naciones Unidad aprueba la
“Convención sobre la Imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de los
crímenes de lesa humanidad”, la cual “afirma” un principio ya existente. En
cambio, considera Cavallo que la ley de Punto Final, Nº 23.492, aprobada el 23
de diciembre de 1986, que extingue la acción penal contra los desaparecedores
excepto por los delitos de sustitución de estado civil y sustracción y
ocultamiento de menores, sancionada con la finalidad lograr la “reconciliación
nacional”, parece más bien una ley de amnistía que una reducción especial del
plazo de prescripción. La ley de Obediencia Debida, Nº 23.521, aprobada el 4 de
junio de 1987, presume sin admitir prueba en contrario que los desaparecedores
que revistaban como oficiales jefes, oficiales subalternos, suboficiales y
personal de tropa de las fuerzas armadas, de seguridad, policiales y
penitenciarias no son punibles por
haber obrado en virtud de obediencia debida. “En tales casos se considerará
–agrega el art. 1º- de pleno derecho que las personas mencionadas obraron en
estado de coerción bajo subordinación a la autoridad superior y en cumplimiento
de órdenes, sin facultad o posibilidad de inspección, oposición o resistencia a
ellas en cuanto a su oportunidad y legitimidad.” Se crea así el desequilibrio
entre la impunidad de quien mata a un menor y la punibilidad de quien le
sustrae y cambia la identidad. Se dijo que esta ley era una modificación del
Código Penal; se dijo que era una ley de amnistía para clausurar la persecución
penal; ambas cosas, una sentencia (así opinó el juez de la Corte Bacqué, a
partir de quien se advirtió que se impone
a los jueces una determinada interpretación de circunstancias fácticas
sin base empírica alguna y torciendo la tradición jurídica occidental sobre el
alcance de la obediencia debida). Cavallo, luego de describir torturas
habituales en los campos de desaparición, se pregunta: “¿Es posible que una ley
de la Nación presuma que en tales situaciones un sujeto dotado de
discernimiento pudo no tener capacidad para revisar la legitimidad de la
orden?”
Los militares presionaron para lograr
la ley que los declarara ciegos y sin discernimiento. Incapaces. Con la
sentencia de obediencia debida, los legisladores llegaron lejos, hasta donde no
podían hacerlo. No tenían capacidad. ¿Tenían consciencia y discernimiento
político? Una voluntad débil. Otros débiles, los jueces, avalaron todo. Hasta
el año 2001. Inválidas, incompatibles con tratados internacionales, en
particular el Pacto de San José de Costa Rica, en lo que respecta al Derecho de
Justicia, el Pacto Internacional de
Derechos Civiles y Políticos, la Convención contra la Tortura; inconstitucional
(y por ello nulas) a juzgar por un artículo 29 de la constitución argentina que
califica de crimen la asunción de facultades extraordinarias como lo hicieron
los dictadores, y que por ello, siendo un delito que afecta la soberanía del
pueblo, el poder constituido no puede amnistiarlo sin antes derogar la cláusula
constitucional (así había opinado Sebastián Soler, cuando era Procurador
General de la Nación en 1956, y así lo avaló entonces una Corte Suprema: el
peso de las palabras). De esta forma, cada desaparición concebida como un
ejercicio de la suma del poder público halla una prohibición constitucional para su amnistía, no importa quién intente amnistiar, sea la
propia dictadura (como lo hizo) sea el Legislativo y el Ejecutivo electo con
posterioridad, sea que la Corte en un principio hubiera acordado la
constitucionalidad de ambas leyes.
Pasar estos
lentos años, días y días en los que no siempre el horror fue gigantesco.
Instantes infinitos de oscuridad, aunque jamás oscureciera del todo, aunque la
luz débil y más débil. Opresión sin fin, para buena parte tolerable. Soledad,
para muchos inadvertida. Ausencia de referencias, fuera del aire respirable,
del agua pura, en la lenta, lentísima extinción. Y seguir siendo ahí, aquí,
seguir desapareciendo. Todo, todos querían ser inocentes. Nadie quería padecer,
ni tampoco ver. No recuerdan: ¿cómo podrían hacerlo si no saben de su
experiencia? Cuerpo entumecido, cuerpo propio del que se dejaba poco a poco de
disponer. Resistir, no abandonarse, solo persistir, con la agria baba oxidada,
esperar en vano, sin remontar un sueño. Desde el golpe, fusilando al mundo, y
desde entonces hasta las sombras se hayan perdidas. Las personas, las experiencias
y las ideas, las cosas y los sentidos desaparecen en Argentina; propenden a
borrarse y a perder sus detalles. “Siglos y siglos de idealismo no han dejado
de influir en la realidad”, así, hablando de un lugar y un tiempo imaginario,
narrando la intrusión del mundo fantástico en el mundo real, Jorge Luis Borges habla de lo mismo en
“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” -fechado en 1940, su posdata es del 47.
Desaparece la experiencia del otro. El
hombre de la vereda seguía sin saber nada; sólo ha visto las rejas y lo que hay
detrás: unos marinos. -¿No ve la
desaparición ahí dentro? Arriesgarse a entrar. Imágenes de visión
insostenible. Lo que hay se derrumba. Mientras tanto, sin estar en ninguna
parte. Huecos. Un ojo mira. Percibe. Recibe dolor. Advierte: el horizonte
está envenenado. Y seguimos. Indecencia, humillación. Y seguimos. Reconocer
todo esto con indiferencia. Niños perdidos. Viejos perdidos. Miserias que se
reflejan unas en otras. Miradas desesperadas. Impiedad cuando se busca dulzura
en los ojos. Aparece, tan solo, un trozo de negrura. No hay ningún sitio adonde
ir. Quedarse, embrutecido. Ante un ojo. Sumados, agregados, ¿multitud? Desde la
vereda, siguiendo sin saber nada. Ningún ojo mira. Nadie percibe. Es la
experiencia que prescinde del otro.
Reconocemos
todo esto con indiferencia. Estos niños perdidos por las calles, estas viejas
con ropa bajo el brazo frente a los escombros son una imagen de la calamidad
que desfila ante mí como yo desfilo por la ciudad. Nuestras miserias se miran.
Miradas desesperadas tropiezan con miradas desesperadas; y qué, no hay sino
dulzura en los ojos para los ojos, piedad que sentimos por nosotros mismos en
la mirada de los otros.
Robert Antelme, “La especie humana” (op. cit., 260.)
Reconocemos la misma indiferencia. Las pérdidas y la calamidad. La
miseria con más brutalidad. Y ya hay ceguera. Indiferencia más ceguera que
privan a todos de la mirada. Desapareció la dulzura y la piedad. Más que
reacción fue hábito. Y es
sensación. (Sensación, ”un fantasma, producido por la reacción y el esfuerzo
hacia el exterior del órgano sensorial, causado por un esfuerzo hacia el
interior de parte del objeto, que persiste, más o menos, cierto tiempo.”,
Thomas Hobbes, “Elements of Philosophy”, 1655.) Sensación ante la desaparición.
Fantasma de los fantasmas. Movimiento hacia fuera, esfuerzo de resistencia de
los seres sensibles. Acción de la consciencia. Esfuerzo (conatus) del interior
hacia el exterior. ¿Reacción a la desaparición? Seres ni activos ni reactivos.
Tal vez una sensibilidad oscura, que padece perpetuamente por la acción
infligida, pero cuya reacción es pura, sin rechazo, resignada aceptación que
suaviza lo más atroz, lo modera hasta tolerarlo; digiere como si nada a la
desaparición; la desaparece. Tal vez fueran acciones inmanentes, que permanecen
en el interior del agente y no buscan un objeto exterior. La impresión que dejó
la desaparición en nuestros sentidos y el movimiento que, a partir de allí se
hizo, acaso también esté desaparecida. Casi sin movimiento exterior, como si el
cuerpo no reaccionara. ¿Sintió? ¿Eran, no los desaparecidos, los otros,
aquellos que paseaban por la vereda de Esma, eran cuerpos o larvas? Como si no
tuvieran manos y piernas; como sin dientes que morder, como si fueran meros
puntos físicos sin deseo. ¿Existirá otra sustancia, diferente a la que compone
el cuerpo, y que tenga un movimiento independiente, y que sí fuera capaz de
sentir y reaccionar? Horrible hastío. Nada. ¿O es todo tan tenue? Sin atención.
El postulado de la acción recíproca de lo físico y de lo moral, aún por
cumplirse. La influencia de la imaginación sobre la vida del cuerpo: cuerpo
desaparecido, espíritu que se esconde, y un mundo embrutecido. ¿Y si la emoción
fue reprimida? Pero había tanta fuerza curativa, tantos psicoanalistas en el
país. ¿O es que ellos no ayudaron a liberar la emotividad públicamente, por la
reacción de la palabra? Anamnesis, decantación tranquila del recuerdo. Quizás
sin carga para aligerar. Quizás haya oscuras asociaciones nerviosas, en espera
de una abreacción, para materializar la
emoción. Catarsis, para ennoblecer las pasiones -Lessing y una interpretación
moral del término que, en la “Poética”, Aristóteles parece emplear más en un
sentido de expulsión del terror a través de las tragedias. No sabemos si fue un
fenómeno médico o moral. Imposible purga, purgación de la culpa enterrada. Como
si se amara la debilidad. O como si se temiera tomar un camino que llevara a un
resultado inesperado. Quizás se pueda esperar una reacción demorada. Detenidos
en una estación sombría. Se suceden los días. Se mueven los cuerpos falsos. No
he dado nada. Y en un vaso se recogen, día a día, los cuerpos. Bebemos el agua
del olvido; un agua compuesta de desaparecidos. Alimentados a desaparición…
Desde Esma al río, desde esas aguas argentinas hasta nuestros vientres. Cagados
sobre ellos, sobre nosotros. Ciudad de espalda el río: ¿cómo mirar ese hacer,
esa contaminación? ¿Cómo bañarse o navegar sobre en ese negrura de nuestra
historia?
Explicación contextual. El contexto
fuerza, incita -¿esto explica que quién deteste el robo o el asesinato pueda
realizarlo cuando se lo ordena una autoridad? ¿El contexto, fuente de
inhumanidad en la humanidad? ¿Cómo no sentir siquiera piedad, esa piedad
animal? ¿Cómo sentir siquiera un patriotismo de la compasión, eso que según
Simone Weil hace amar por la debilidad y la desolación? Contexto de ceguera. No
ver ni oir como manera de causar dolor con indiferencia. Como forma de no
atender. Como justificación. Distancia, producción social de la distancia. Quizás
comenzó paso a paso, sin un diseño previo. Paso a paso se fue avanzando
en violencia, en clandestinidad. Quizás fue el resultado de un cálculo de
eficiencia. Quizás el terror se explique a través de lo banal. Fueron
ordinarios, argentinos ordinarios, soldados ordinarios autorizados a ejercer la
violencia. Fueron ordinarios los maestros que los educaron con orgullo de grupo
y sin idea de humanidad, con menos sensibilidad que sus padres. Igual de
ordinarios fueron los jueces y curas, los empresarios y los dirigentes
políticos. Y todos ciegos, sordos y mudos. Y unos imitando a otros. (Meme,
unidad de imitación, nuevo replicador.) ¿No sabían qué hacían? ¿Acaso alguien
creyó que no violaba derechos humanos? Pensarse vinculado a ese pasado. Un movimiento que vaga sin cesar, que no
alcanza a responder ¿por qué esa destrucción? Cesación sin sucesión que provoca
dolor, dolor concreto y abstracto, crisis, nausea de la desaparición. Y
vinculados a esa brutalidad, a esa gente. Pensarse vinculados a la desaparición.
Sin palanca para empujar la penumbra. Sin remedio para seguir en la oscuridad.
Cuando familiares, amigos, compañeros, vecinos fueron secuestrados,
pocos salieron a las calles. Unos se sintieron solos (Hannah Arendt consideraba al estado de soledad como la
experiencia fundamental de los seres humanos bajo el totalitarismo). Pocos
gritaron. Pocos defendieron vidas y derechos. (Una petición formal del Sindicato de Enterradores de
Córdoba, formulada en 1977 y dirigida a Videla, describía que la descarga de
cadáveres se había multiplicado entre diez y veinte veces desde que los militares habían depuesto a Isabel
Perón. Como no podían enterrar los cadáveres a la misma velocidad con que se
descargaban, era inevitable el apilamiento y la descomposición, lo cual volvía
insalubre y extremadamente desagradable la tarea. Exigían que formalmente se
catalogara como riesgosa para su salud. En representación de Videla, un coronel
rechazó la presentación: dijo que debía de ser dirigida al general Luciano
Benjamín Menendez, jefe del Tercer Cuerpo de Ejército. Así algunos ejercieron
el derecho a peticionar.) Muchos dejaron hacer. Siervos,
servus, servare: conservar la vida. Siervos los pasivos, indiferentes, ciegos y
sordos. Un pueblo de siervos. Sin aptitud para reaccionar, sin sensibilidad, ya
no sólo sin movimiento voluntario, sin siquiera movimiento reflejo. Como
muertos. Ni siquiera se podría reducir la vida moral a la reacción fisiológica.
Raccionar es vivir. Un tejido orgánico debe reaccionar a toda excitación. (“¡Y
reacciono! Al dolor, respondo con gritos y lágrimas, a la cobardía con
indignación, a la bajeza con asco. En mi opinión, eso es precisamente lo que se
llama vivir”, escribió Chéjov en “El
pabellón número 6”.) Patológica desaparición de reacción: tal el escándalo, la
particularidad de los sucesos argentinos. Economía de las reacciones,
miserables especuladores. (Sigue Chéjov: “Uno de los estoicos se vendió como
esclavo para redimir a su prójimo. Pues bien, ve usted, ese estoico reaccionaba
a una excitación. Pues para llevar a cabo un acto tan generoso como destruirse
en provecho del prójimo, es necesario que el alma esté indignada, abierta a la
compasión.”) Sin voluntad, sin actividad primero, sin reactividad después. Sin
siquiera mala conciencia. ¿Y la culpa, esa culpa colectiva, se extingue con el
tiempo o cruza las generaciones? No se puede evadir la historia, y menos en un
presente de persistente penuria, pero ¿es absurdo culpar a todo un pueblo, a
muchos, a una multitud? ¿Qué culpa tiene? ¿culpa moral, política? ¿Quién tiene
el derecho de acusar y de juzgar? ¿Quién, si hubo una mayoría indiferente;
políticos cómplices; una justicia también cómplice, que fue pasiva ante los
secuestros y asesinatos, y después permisiva ante los indultos, la obediencia debida
y el punto final? ¿En qué sentido esa masa, esa multitud es responsable? Aún,
de no existir culpa moral, puede darse tal responsabilidad por el disimulo
devenido como rasgo de la existencia, por la adaptación conformista, la
credulidad, el autoengaño. ¿Culpa por la fiesta de todos, el mundial de Fútbol
de la Argentina tan equivalente a la Olimpíada de Berlín de 1936? Pero, ¿acaso
pueda asimilarse la culpa de quien festejaba a metros de Esma, o la del vecino
atemorizado, que prefiere descreer de sus sentidos y creer en la palabra
oficial, a la culpa de los represores, esas camisas blancas que arrasaban?
¿Cuál ha sido la responsabilidad de los principales agentes económicos? ¿Y la
del gobierno norteamericano?
Existencias pasivas, sobreviviendo, consumiendo. La vida, al ritmo de la
inflación, se devaluaba hasta la desaparición. Y como todo perdía valor, ¿qué
valor el de la vida, el de los derechos, el de las personas? Ciegos, salvo ante
la economía. La moneda en los ojos; el dólar en el corazón. Esos sometidos,
¿qué menos que cómplices, culpables morales, responsables políticos? Hasta
culpa metafísica debe serles imputada. (Culpa metafísica: cuando no hago lo que
puedo hacer para evitar crímenes e
injusticias que se cometen ante mí o con mi conocimiento. Y ello por la
solidaridad universal. Hay culpa hasta el límite de presentar la opción de
poner en juego la vida, aún sabiendo que sería un sacrificio inútil, o preferir seguir viviendo. (Así, Karl
Jaspers, “El problema de la culpa”, Paidós, Barcelona, 1998, texto de las lecciones impartidas entre 1945 y 1946 en la Universidad de
Heidelberg sobre la culpa y la responsabilidad política de Alemania.) Si hasta
Astiz en su defensa podría alegar que no llegaban voces de afuera que
despertasen su consciencia.
Vivo y, por consiguiente, soy culpable. Sigo aquí
porque en mi lugar murió un amigo, un camarada, un desconocido.
Elie Wiesel
¿Es que se ejercitaron para la muerte? Ejército para
la desaparición, recogiendo almas, secuestrando cuerpos; para desencadenar una violencia inaudita; escapando a la mirada
del otro, aniquilando esa mirada,
estableciendo una disimetría, una desproporción
que alberga la fuerza, que hace temblar.
Ejercitarse, tal vez por llamadas mesiánicas. (Lucas, XIV, 26: “Si
alguno viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a
sus hermanos, a sus hermanas e incluso su propia vida, no puede ser mi
discípulo.”) Hace temblar. Se exige el deber absoluto. Ejercitarse en la
entrega, en la desaparición. Con ensañamiento, sin odio. Saben que el enemigo
(madres, hijos y bebés), la guerra y la hostilidad no supone odio alguno.
Los otros, ¿es que se ejercitaron para la indiferencia? En 1942, The
New York Times publica no en la portada sino en su interior que un millón de judíos
fueron eliminados en Polonia (cfme. Enzo Traverso, “La historia desgarrada.
Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales”. Herder, Barcelona, 2001, p. 28).
Aquí hubo censura; hubo temor; ¿pero eso explica la complacencia que predominó?
Hubo autocensura. Pero fue mayor el ejercicio de subordinación voluntario.
Predominó la complacencia en los medios de comunicación.
Predominó, en general, la presunción de legitimidad –por algo será-, la pasividad. Nadie se
brindó para evitar que el amigo o el vecino sea secuestrado. Nadie gritó por
quien se estaba secuestrando. Fueron motivos débiles: seguir con vida,
indiferencia, ignorancia, pasividad, comodidad. Y no es que el saber
sócraticamente llevara a la acción: obligaba,
quizás, a un esfuerzo justificatorio; inquietaba y hasta culpabilizaba en algún
sentido, vale decir, que al saber no acompañado de un hacer es debido (moral o políticamente, más
que jurídicamente para el caso de la mayoría de los miembros de la población)
atribuirle responsabilidad por las desapariciones que no cesaban de suceder. Y
la nocturnidad, la clandestinidad, la ocultación y la jabonosa reacción oficial
de desmentida y de acusación –ese “están desaparecidos, ni vivos ni muertos”,
de Videla, siempre acompañado por la denuncia de una “campaña antiargentina
originada en el exterior”- no hacían más que tranquilizar las conciencias
diurnas de los militares, sabedores de sus responsabilidades por los delitos
que cometían o dejaban cometer, conciencias que sólo autoengañadas podían
suponer que la obediencia debida o la
“trascendencia de la misión” a su cargo fueran capaces de justificar sus actos,
las de los superiores o la de los civiles –políticos, economistas, financistas,
industriales, dirigentes agropecuarios, gremialistas, periodistas, religiosos-
que los avalaban. Hacer como si todo fuera falso, fue una estrategia de
gobierno; hacer como si se ignorara todo –como si jamás se vio, se oyó, se supo
algo- fue la complentaria actitud de la mayoría de la población. Después,
cuando la democracia hace visible la desaparición, no fue una epifanía
negativa, fue un show mediático con su consiguiente reafirmación de la
distancia y de la pasividad. Aunque cambió la opinión, no se examinó el pasado,
y la sombría noche siguió proyectando las tinieblas al porvenir, sumando ruinas
a las ruinas, aniquilación a la desaparición. Da vergüenza el sentimiento de
falta de vergüenza por los crímenes.
Miles desaparecieron, pero
millones cedieron su autonomía moral, con su consiguiente pérdida de
conciencia, de capacidad de evaluar; así devinieron en cómplices pasivos, por
indiferencia, por confusión, unos pocos por miedo, muchos por manipulación, por
una duda en favor de los detentadores del poder –ese algo habrán hecho, “por
algo será” que le otorgaba a las autoridades un plus de conocimiento oculto que
les daría legitimidad a sus actos-, por adhesión militante o resignada, como si
no hubiera habido otra forma de intervenir ante la violencia política. Millones
de cadáveres vivientes, saltando por un mundial de fútbol, tal la Argentina.
Aniquilada la dignidad por un mal extremo pero banal, cuya profundidad
política sigue proyectando un cono de sombra: se inició la alteración de la
estructura productiva, ocupacional, educativa y cultural; se aniquiló la
posibilidad de que los más
comprometidos jóvenes llegaran a liderar la renovación política de la
sociedad. Banales los ejecutores,
creadores de un universo concentracionario, en el cual todos los hombres son
aniquilables, todos pueden desaparecer.
Claude Eatherly,
uno de los pilotos que tiró, sin saber qué tiraba, la bomba atómica sobre
Hiroshima, intentó luego suicidarse. “Culpable inocente”, recibió una carta de “Girls fron Hiroshima”:
“Hemos aprendido a tener por usted sentimientos de camaradería y creemos que es
una víctima de la guerra como nosotras mismas” (cit. en Traverso, op. cit., p.
129). Antítesis de Eichmann; antítesis de Astiz, Eatherly encarna, según
Günther Ander, la inocencia del mal.
En Argentina no ha habido nadie con esa inocencia o con una mínima conciencia
de culpabilidad.
¿Quién se hace por lo menos eco del horror extremo? No a través del
consuelo lírico o la composición de un cuadro histórico-político-filosófico que
abarcara todo, que iluminara hasta el rincón más oscuro de ese pasado. Esma
hizo escuela, la barbarie se proyecta sobre todo. En una sociedad indiferente
ante lo sucedido, cuando sucedió y aún después: ni hoy se reclama por el
crimen. Y reclamo no puede llamarse a diez o veinte mil jóvenes de partidos de
izquierda marchando a la Plaza de Mayo veinticinco o veintiséis años después
del golpe, cuando Argentina se halla nuevamente cerca de otro abismo. Se sigue en ese tango de muerte, como si
todos formaramos parte de una orquesta en un campo de concentración, como si
uno a uno fueramos excluidos y aniquilados, animalizados.
Comprender es casi justificar
si se apela al contexto internacional, al declive de las democracias en el sur
de América, a la doctrina de la seguridad nacional y al fracaso del gobierno de
Isabel Perón. ¿Pero es esto lo que debe ser comprendido? Captar, murmurar un
desgarro. Agarrar la experiencia, desnuda y rugosa, sentir que no hay palabras
que puedan estar a su altura, incapaces de describirla, de transformarla, de
brindar consuelo o comprensión. Agujero negro en una masa de vida en fuga: ¿cómo sentirse habitante de esta tierra? Ya
se ha secuestrado la confianza en Argentina, tango de muerte. Todos bailando
por un mundial. Todos gritando por la toma de las Malvinas. Solos, desaparecen
cada vez más.
Los marinos cavaban tumbas en los aires. La acogida se realizaba donde
el río es ancho o donde ya se adentra el mar. Ni ceniza. De suelo en suelo, la cicatriz del tiempo cubrirá el país de sangre.
En la
oscuridad, separado de todos los seres queridos y de todo lo que ama y a lo que
está acostumbrado, sin saber nada y sin esperar nada, incapaz de advertir el
peligro que le espera. Obra de un monstruo.
Behemoth, monstruo que gobierna el desierto, la tierra. Monstruo del
caos, igual que Leviatán (monstruo femenino que gobierna el mar). “Behemoth o
El parlamento largo”, de Hobbes, describe un caos, anomia, desorden, un
no-estado. Leviatan, diferente, no se traga entera a la sociedad y funda su
poder en el consentimiento; su justificación es racional. Desaparición, obra
del monstruo que devora y aniquila, que llena las aguas de muerte.
El pueblo, miserable rebaño (Burke), debe ser conducido por sus
pastores. Y ellos saben cómo. Hasta recurren a la manipulación tecnológica
(Massera obtuvo para su arma el dominio de
la Comisión nacional de energía atómica; contó con el apoyo de los
ingenieros atómicos, quizás tan apolíticos como Albert Speer). Sí, parece un modernismo reaccionario: el estado fuerte
y tecnológicamente adelantado.
Tecnología y deporte: los logros en ambos campos como parte de una
manipulación nacionalista, dominada por la jerga de la autenticidad –el ser
argentino-, la cual haría significativo el sentimiento.
Esma, comunidad de la sangre. Carne y agua. Y un pueblo pasivo, presenciando
sin atención una carnicería. Está en primera fila, pero no percibe. Mientras tanto, se alimentan las aguas
color de león con cuerpos dormidos. Después, desde fines de 1983, habrá otra
forma de pasividad, mediatizada, consecuencia de los ojos mecánicos que hacen
de todo un espectáculo, un show; y por supuesto se rechazará la violencia que
se expone, pero será a través de una militancia siempre pasiva; será una
condena desde el living, ante el televisor, será una trivialidad.
Como ecos, siguen alambrados los
sentidos y la imaginación; la razón embotada. El trabajo sobre tejidos humanos,
con la piel y con la carne, como trabajo de un torturador, perdura. Se sigue
penetrando en la materia. Es un centro de agresión, una fuerza viscosa en busca
de un enemigo. Se justifica: es por un devenir límpido. El futuro es este río
oscuro. Para todos es de noche. ¿Cómo decirles a los chicos? ¿Cómo contarlo
para llegar al día? ¿Cómo conjurar estos monstruos?
Mundo y
vida son una sola cosa. En un mundo reducido
a un metro en torno al cuerpo. Los sentidos peor que anulados, perciben el
dolor, la incomodidad, la deficiente alimentación y los trastornos causados por
la excreción. El mundo de una persona torturada, alojada en un campo de
concentración, un mundo de experiencias reducidas, de lenguaje y pensamiento
empobrecidos. Los límites del lenguaje significan los límites del mundo, y el
sujeto no pertenece al mundo, sino que es un límite del mundo, así
Wittgenstein, en el “Tractatus”. Así no pertenecieron a Esma. Cada sujeto
torturado, encapuchado y engrillado no perteneció a Esma; cada uno de ellos fue
un límite de Esma. Esma-mundo consumía, hacía desaparecer a miles de límites
del mundo. ¿Pudo existir allí, en ese mundo,
un destino diferente, aunque sea por un
instante, a la infelicidad?
El espacio dejó de pertenecerles. El mundo se les hizo insubstancial.
Ellos, consumidos, fueron hechos insubstanciales.
Solo, sobre el borde de un país, a punto de caer a un precipicio.
Encogido. Capturado por un agujero que tira hacia abajo, que ya oprime el
cuello. ¿Cómo mantener la propia extensión? ¿Cómo mantener la extensión del
mundo? ¿Cómo seguir hablando, para seguir sobrepasando los límites de un mundo
que oprime y se achica, que se concentra hasta hacerse campo de concentración?
Madres experimentando la pérdida de hijos hacen comprender el alcance
del dolor. El dolor hace nada. Aniquila. Nadifica. Esma nihiliza. Destruye el
mundo, destruye el lenguaje, destruye al sujeto y a su voz. ¿Gana mundo, se
expande el torturador? Aún bajo la hostilidad y la adversidad, se resiste; y la
imaginación de la existencia, ambivalente ante la sobrevivencia, puede abrir un
claro, despejar el dolor.
“La presencia de dolor es ausencia de mundo”, señala Elaine Scarry en “La estructura de la
tortura: la conversión del dolor real en ficción de poder” (“The body in pain”,
en “A sangre y fuego”, Espai D’ Art Contemporani de Castelló, Valencia,
1999, p. 193), ausencia que oscurece el
hecho de estar vivo. (La tortura, al
producir una confesión, puede dejar sin nada por lo que vivir a alguien
que está vivo. La tortura invierte las reglas procesales, ya que utiliza el
castigo para producir evidencia. La tortura hace presente el cuerpo por medio
de su destrucción; destruye el habla, que se desintegra en gritos. Bajo
tortura, el mundo físico se des-objetiviza –al revés Esma objetivada: de una
escuela, la ESMA, tras su des-objetivación,
devino Esma, un campo de desaparición de personas.) No hay interior ni
exterior: el dolor, que no es uno, termina eliminando todo lo que es él mismo,
hasta llegar a serlo todo. Dolor, totalidad. Totalidad que tiene su reverso:
“El poder es cauteloso. Se cubre las espaldas y se basa en el dolor de otro,
evitando todo reconocimiento de la existencia de ‘otro’ mediante círculos
cerrados que aseguren su propio solipsismo.” (Scarry, op. cit., p. 277).
La memoria
respiratoria
Una y otra, cientos de veces la misma lucha nocturna con la
muerte. Orquesta demoníaca. Aullidos y gemidos. Almas muertas, trabajan los torturadores.
Las mariposas, zigzagueando, se dirigen al río. Acompañan a los corazones
rotos. Hay rayos de sol. Todo es oscuridad, desapego. El vacío sobre los pies.
Irrealidad insoportable, inconcebible.
Ante esto, ¿qué puede esperarse de un libro? ¿Un espejo de las
visiones del mundo-Esma? Remueve experiencias de atmósferas; lo hace con lo
retenido, con el sedimento de lo respirado. Aclara, pero también choca con la
confusión (la confusión, la perdida de claridad integran la memoria respiratoria, señaló Elias
Canetti).
Los vientos de la costa soplan con más fiereza mientras se trata con
palabras de trazar una imagen de lo respirado, ya hecho carne en nosotros.
Nosotros desamparados ante la
experiencia, ante la impresión de que es eso, aquello respirado, lo que vamos
siendo. Al final, la mayoría no pudo volver a respirar. Bajo el río. Sobre él.
La misma atmósfera contaminada. Quién sabe
cuánto aire ya no podemos respirar.
Madres sin sus hijos, sin nombre para esa situación, madres
de Plaza de Mayo, reunidas en un sitio público para mostrar la verdad. No se
las atendía. No se les prestaba atención. Experimentaron la nada y la muerte
del alma. ¿No se las atendió tal vez
porque ello hubiera exigido ponerse en su lugar, en el lugar de un ser cuya
alma está mutilada por una desgracia impeorable, en un lugar que anonada la
propia alma? Madres sin arraigo, esa raíz desaparecida, esa fuente del dolor
hecha memoria y resistencia; hecha pregunta que arde y por eso se desatiende:
-¿Por qué se les hace daño a nuestros hijos? ¿Por qué se nos hace daño?
Desapareciendo la memoria, se duplica la desaparición. Desapareciendo la
atención, se extiende el dolor. Un lamento como un cabello que aún atraviesa el río
remueve el moho de la casa del olvido.
Pilar Calveiro estuvo en Esma. Ella, sobreviviente que fue atravesada por la desaparición,
escribió “Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina”
(Colihue, Buenos Aires, 1998). En tercera persona, describe la vida entre la muerte. Testigo de la
existencia de los campos en medio de una sociedad pasiva e inerte; ella,
víctima/testigo/socióloga, resiste el poder del secuestrador, el efecto
anonadante que sigue edificándose y que persigue, oscurece y embota. Esma,
concentración de dolor. Observarla
hasta percibir lo desaparecido, ver la ausencia, oír los gritos que fueron
secuestrados por el silencio. Ver, oír lo sentido, lo sentido por los
desaparecidos; lo no sentido por los no desaparecidos. Sentir en presente,
sentirse y sentir al otro. Sentir como existencia, como no desaparecido. (No
sentir como equivalente a desaparecido: al desaparecido le han hecho
desaparecer sus sentidos.) Sentir en
primera persona; sentir, el extremo de la negatividad. Imposible sentir la
extinción de los sentidos. Sin sentido, perder el sentido; sin sentido,
desaparición. Lo sentido se aleja. El sentido de ese alejamiento es también
desaparición. Borramiento de cuerpos, de experiencias, de pensamientos, de
memoria, de conocimiento. No estuve en Esma.
No soy testigo; no puedo describir esa vida entre la muerte. Soy testigo
si observo, y percibo que no desaparece lo desaparecido, que no se puede hacer
desaparecer a los desaparecidos. Camino, busco sentir, rozar las marcas, las huellas que no desaparecieron. Busco
sentir, para no desaparecer. Sentir,
aquí, en Esma, a los desaparecidos. Sentir, en Esma, un texto, aquello sentido
aún no desaparecido, pero cada vez más hundido. Escribir, por los desaparecidos, por no desaparecer.
(Esma, está esbozado, es matar.) Aprender a escribir sobre ese
roce, contra Esma. Ensayar como resistir y ayudar, como recuperar, como no
hacer desaparecer, como no Esma.
Escribir: no se puede hacer desaparecer a los desaparecidos. Escribir
desaparecidos es invocar rostros, ojos y oídos, personas que fueron trituradas.
¿Cómo? Se pudo cubrir la tortura y la
muerte con un manto de neblina. ¿Cómo? Desapareció la ley y la autonomía
política. ¿Cómo? La decisión logró ocultarse. ¿Cómo? La desaparición fue tolerada.
¿Cómo? La desaparición fue impulsada. ¿Cómo? Desapareciendo todos. Desaparecidos los sentidos de los que
estamos, de los que quedamos fuera de Esma y de los otros campos; desaparecidos
no percibidos por ciegos, sordos y mudos; desaparecidos los sentidos de
millones, desaparecidos ante los desaparecidos, desaparición que sigue
desapareciendo, cada vez más, en un pozo sin fin. Tal vez, aferrarse a un pilar
de Esma y sentir. Leer un texto como el de Pilar. Un ensayo sobre la
representación del sentir y de la desaparición de lo sentido. Observar con atención. Oír, oler. Sentir la
aparición de los sentidos desaparecidos. Sentir el dolor, la necesidad, la
angustia. Recuperar. Seguir un lazo. Reanudar el lazo olvidado con los
semejantes, el lazo que hermana; estar con
las madres, las abuelas y los hijos. Escribir.
Sentir. Madres.
La tinta y el
tapón
Compartir las emociones, como si pudieran universalizarse.
Con palabras se hizo un futuro, y en él se concebía la posibilidad de heredar a
todo el tiempo. La violencia es muda. Con palabras, ¿es posible concebir a
desaparecidos? Discursos, violencia, emociones. Desaparecidos, ¿son aún
nuestros contemporáneos? La respuesta depende del alcance de nuestra capacidad
de comprensión. ¿Cómo mirar? ¿Cómo interpretar? Es intensa la experiencia de la
diversidad. Es amargo el choque con las metafísicas domésticas que se exhiben
una al lado de la otra, explicando en contra de la otra, sin querer entender
qué ha sucedido. No ha sucedido nada sino la desaparición. Sólo se conoce lo
que se pierde, sólo se posee lo que se destruye, como lo enseñó Emily
Dickinson. Los destruidos, desaparecidos, aún desconocidos; desconocidos ellos,
desconocidos los desaparecedores, desconocidos los contemporáneos. En silencio,
ahogando el pasado, las aguas del presente disuelven nuestro futuro concebido.
Y un eterno presente putefracto. Lo bebemos. Nos hace. Río de la Plata.
Llevamos el río dentro y los desaparecidos están a nuestro alrededor, en
nuestro interior. Crece el conocimiento de que tal vez permanezcamos aquí,
imperturbables, contaminándonos.
Imposible
compartir. Lo otro, lo que es diferente a todo cuanto nos rodea es
desaparición. Casi siempre hay una espera. Y luego viene la lucha, y los
golpes, y la espera otra vez. Desaparecido, palabra insoportable, que estremece
en los más hondo, y nos recuerda nuestra humillación, que revela nuestra
desnudez ante los poderosos, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada, la
entonación de lamentaciones terribles. Los otros, los que quedaron, los que no
fueron siquiera rozados, ellos usan tapones de cera para no escuchar el grito
de las madres, se enceguecen para no ver el dolor creyendo que así estarán a
salvo: pobres, han perdido sus sentidos. El mundo se vuelve roca. Y esa dureza
no se toca con palabras, no se ablanda con tinta. La tinta, vida ausente.
Desaparecidos, leer en el abismo. Leer: un receptor desaparecido, una voluntad
de configuración que es ausencia. Leer desaparecido: imagen a través de la cual
vemos el mundo. Mimesis: desaparece la distancia (la distancia existe en la
apariencia). Técnica: mundo humano, desaparición de la naturaleza, desaparición
como creación. Hasta hacer de un ser humano una ficción (con ese trastocar la
mentira en verdad se hicieron las desapariciones). El estado, primer artefacto,
hacedor de desapariciones de existencias. El estado, fruto no del baile de
argumentaciones sino del principio de razón insuficiente; éste a su vez hijo no
de hechos o evidencias sino de expectativas que mueven, compelen a la acción.
La acción del estado llega hasta la desaparición. (De las vanguardias
artísticas se advirtió sobre el afán superador, el progreso hacia la pureza, la
opción contra la realidad y la comunidad, pero son ideas -las ideas, al decir
de Witold Gombrowicz, son y serán siempre biombos detrás de los cuales ocurren
otras cosas importantes. El estado, podría pensarse, las hizo cuerpo hasta
poder hacer desaparecer cuerpos vivientes.)
Desapariciones
de voces. Lo difícil que hace el mantenerse: moverse para no desaparecer.
Moverse para que no desaparezcan. Moverse para que desaparezcan las
desapariciones. Lo fácil que hace mantenerse: encerrarse en una botella,
dejarse tapar los sentidos, creer en el tapón.
Compañía
Una voz llega a alguien en la oscuridad. La voz recuerda la
luz. Habla de un pasado desaparecido. Sólo se puede verificar una ínfima parte
de lo dicho. Inspira incertidumbre y desconcierto. Es una compañía. Voz de
desaparecido. Compañía necesaria. Estar en silencio. Juntos. En la oscuridad.
Antes tomados de la mano. Mano desaparecida. Mirando el cielo. Ojos
desaparecidos. El cielo. Desapareció la esperanza. El frío. En la oscuridad.
Sin saber qué pensar. Recuerdo. Sí, recuerdo. Recuerdo desde la oscuridad esa
luz. Cerrar los ojos para recordar. Abrirlos. La oscuridad es mayor. En la
oscuridad, la voz no olvida hablar. Habla. Es compañía. Recuerda el corazón, la
flor, la risa, los labios. Recuerdo, ¿ficción? ¿compañía? La voz, recuerda.
Dice Esma. Se hace silencio. ¿Quién habla? Quien habla desapareció.
¿Adónde volver
los ojos para no desesperar?
¿Cómo soportar a esos? ¿cómo llamarlos? ¿compatriotas? ¿Cómo
soportar a esos que siguen siendo los mismos que aclamaron a Videla y a
Galtieri? Odio a la Argentina. Es una desgracia ser argentino. Se oye el griterio:
fútbol y bailanta. Miseria del corralito. Hipocresía de los miserables.
Embrutecimiento. Y mucha miseria. Pobreza extrema. Ruidos. Confusión. No basta con taparse los oídos. No basta escuchar a Glenn Gould. No basta con cerrar
los ojos. Ir solo. Solo por la vida. Buenos Aires, pesadilla, enfrentar el
miedo. Ahora hay más nazis que en el setenta
y seis. Ahora vuelven a salir de todos los agujeros, sólo hace falta que
hables con cualquiera, al cabo de poco tiempo resulta ya que es un nazi, da
igual vayas donde vayas: no se tolera
al boliviano, no se tolera al negro, no se tolera al judío. Insoportable y
estúpida gente. Asfixia el embrutecimiento. Ya no sirve protestar. Estar contra
todo y ya no protestar. ¿Desapareció el poder de la protesta? Desapareció ante
este mundo destruido, insoportablemente feo, estúpido. Los argentinos están
poseídos por la desgracia. El argentino es desgraciado por naturaleza. Y si alguna vez es feliz se avergüenza de
serlo y disimula su felicidad en su desesperación. Y al que lo dice le
darán en la cabeza hasta aniquilarlo.
En Argentina los radicales nunca fueron
radicales, al peronismo -¿una fuerza popular?- lo asesinó Perón ya en los
primeros años del cincuenta. Asquerosos. Ellos hicieron posible los golpes
militares, el proceso y este aplastamiento brutal. Son los sepultureros de este
estado. Un país totalmente corrompido. Todos los argentinos juntos son hoy los
sepultureros de su país. Apesta la descomposición. Todo grita desintegración y
la voz del individuo se ha vuelto sin objeto. Los argentinos no oyen ni leen
nada. El estado, una cloaca hedionda y mortífera. Los políticos, astutos
subastadores del estado. Los dirigentes sindicales realizan negocios bancarios
sin escrúpulos. Los periódicos traen basura que lectores estúpidos absorbemos
diariamente, buscamos la escoria, la escoria es lo sensacional, eso vil es una
necesidad vital. Los políticos han exprimido este país, decía mi papá. Los
argentinos no tienen elección. Elija lo que elija el argentino es abyecto. Un
extenso territorio, pero este pequeño estado es un gran montón de basura.
Debajo están los desaparecidos. Se habla de un país como el nuestro, un país
donde nunca ha habido lugar para sus propios artistas, los expulsa hacia todos
los países, sin miramientos, de la forma más brutal. Cualquiera que sea su
arte, los más dotados son rechazados, echados. Los que quedan son los capaces
de adaptarse, los mediocres, los pequeños y pequeñísimos que siempre han
dominado y siguen dominando en este país. Esto asfixia, provoca un sólo
pensamiento: el pensamiento del suicidio. La desaparición aniquila. Sigue
aniquilando. Desaparición llamada crisis.
Cloaca Buenos Aires, fealdad, campo de concentración, Esma,
desaparecidos, hambre, frío, torturas, muerte y ocultación. Por su situación geográfica se explica el
horrible clima de esta ciudad y por ese clima el carácter en cualquier caso vil
de sus habitantes que siempre tienen
miedo de descubrir seres más evolucionados que ellos. La cultura
argentina se expresa en la representación de la violencia y la barbarie, de la
irrealidad y del vacío. Hace cincuenta años Argentina todavía era un verdadero
cuento de hadas. Muchos viven hoy en ese mundo de cuentos de hadas, pero lo
hacen en un mundo muerto. El cuento del
granero del mundo, cuando era todavía algo. El cuento de la Argentina potencia,
cuando ya era patética. Mirar intensamente. Estar absolutamente en las tinieblas. Con los desaparecidos. Una
cicatriz que no se cierra. Esma, paradigma de horror y embrutecimiento. En ese
centro de aniquilamiento. Buenos Aires cementerio. Buenos Aires museo de la
muerte. Más vestida, más desnuda.
Lodazal. El fango. La desolación. Hombres horribles. Aplanando. Ni en
pesadillas. Aniquilando. El cielo hecho astiz, un abismo debajo de él. Las desapariciones.
Y el cielo ya no es una esperanza. Y sólo queda al final la falta de esperanza.
¿Qué hacer? Daño. Todo apesta. Grita desintegración. Todo desaparece. El pensamiento desaparece. Derribado, enfrentado con todo. Aproximarse,
con desesperación, a través de
palabras. No aplastar. Remover el olor a moho depositado ante cada palabra,
ante cada sensación. Estar donde no estoy, allá, donde acabo de huir para no
desaparecer. Ahí Astiz. La muerte es un capitán de Argentina. Sus ojos son
azules. Nuestra cicatriz no cierra. Ese libro, ese libro desaparecido, hojas de
desaparecido, más y más hojas desaparecidas, de desaparecidos, huellas, todo
desapareciendo, bajando, enturbiando el fondo.
Esma, Astiz, desapareciendo el suelo, todo se tragan, maseran la carne. Bestias desaparecedoras.
Eliot
At the still point of the turning world. Esma. I can only say, there we have been: but I
cannot say where. Es imposible
situarla en el tiempo. Es el inicio de los “Four Quartets”:
Time present and time past
Are both perhaps present in time future,
And time future contained in time past.
Esma, no una abstracción, no una posibilidad perpetua, no un
mundo teórico. Time past and time future/Allow but
a little consciousness. Conciencia de
un mundo que no es mundo. Conciencia con palabras que se tensan. Dung and death. Los
cuerpos bajo las aguas. O dark dark dark.
They all go into the dark. Desde hace mucho el alma está quieta, dejando que la
oscuridad la siga anegando. Esma, no la oscuridad de Dios. You shall not think `the past is finished’/ Or `the
futureis before us’. Aquí, la
intersección del momento sin tiempo, Esma y ningún lugar. Nunca y siempre. This is the death of air/ This is the death of earth/
This is the death of water and fire/ Near the ending of interminable night/ At
the recurrent end of the unending.
Fórmulas
Que la dictadura rompió la continuidad de la historia argentina. Que lo contrario, o sea
que fue un punto más de su continuidad. Que la democracia haya sido una ruptura con la dictadura. Que esta democracia -formal,
con crisis de representatividad y con gobiernos que al fin de cuentas parecen
haber proseguido la política económica de la dictadura- fue consecuencia del
fin de la violencia política. Que fue consecuencia del fracaso del proyecto de
mantener el poder a través de la manipulación nacionalista, primero, ante el
conflicto de límites con Chile y, después, más estrepitosa y dramáticamente,
por la guerra de Malvinas. Que el olvido, una política terrorista, promueve
impunidad y frustración. Ante el olvido, la resistencia personal: contar,
narrar la historia de dolores concretos. Es atemperar el dolor, es parte del
camino del duelo. Ante la desaparición, justicia. Un sentido mínimo: cubrir la
fragilidad de la piel humana, En un mundo veloz, de acumulación de sucesos,
oponer la memoria. ¿Y si la memoria sirviera también para tentar la repetición?
¿O si “nunca más” fuera una tranquilizadora
fórmula para olvidar? Palabras y obras para encerrar el dolor. Como un
monumento, pesadas piedras que con la buena intención de recordar, aligeran la
conciencia. Otro monumento, otra carga: una memoria esencializada, devenida
dogma, sustancializada, visión asentada, acrítica, pasado-mito y relato hecho
hábito del pasado. Logrado el
sacramento. Abandonado el trabajo. Reducida la atención.
Pregunta
Siempre tras un ensueño efímero, tras lo pleno, sentir la
plenitud. La acción tras ello. El soñador que persigue lo esencial. El choque
con la nada. Ha sido la nada. Los desaparecidos son reales por contraste. No
hay desaparecidos en sí. Son seres humanos a quienes se trató de arrancarles la
existencia y toda huella de su existencia.
Los desaparecedores, arañando el poder
de lo inconcebible, como si persiguieran lo inesencial, aquello que sólo por
contraste es realidad. Como si dieran
una batalla ontológica para que los seres sean nada. Como si dieran una batalla
epistemológica para que no se sepa nada. Como si dieran una batalla estética
para que no se sienta nada, y una batalla ética para que desaparezca hasta el
valor del desaparecido. Son armas que batallan por la censura, reprimen las
manifestaciones, aniquilan personas, obras, conceptos, sentimientos. Fuerzas
acompañadas por el discurso de la pureza, por la acción de la limpieza; fuerzas
que deshicieron.
Otro
principio, con un niño de ojos atormetados. Ojos que condensan miradas
ausentes. Ojos que ven a enfermos del alma. Miradas que se contagian. Ojos de
asombro que recorren el pasaje de lo corriente a lo fantástico, que se gastan
buscando lo desaparecido, que se atormetan ante las pruebas de la vida que se
consumió. Un niño, ya grande, repite la pregunta: ¿Así que éste era yo? La pregunta se convirtió en temor; el temor en
asco; del asco nació el conocimiento del asco (de mí, del otro, de la
existencia) como enfermedad de nuestra especie; la conciencia de la enfermedad
se convirtió en extrañeza; la extrañeza en pausa de reflexión. (Pregunta de
“La repetición”, de Peter Handke, Alianza, Madrid, 1991.) Un niño se hace
desconocido. Experimenta la desaparición. Se abisma en un yo indecible. Mira el
pasado y percibe el avance de la destrucción.
Quizás
un libro sobre nada, tal vez una forma vacía se acerque más a los desaparecidos
que siguen desapareciendo, a la desaparición, al flujo de menos vida, al
imperio de la privación. Desaparecido, inalcanzable lejanía de la disolución. Un libro abstracto, como un
desaparecido, como la vida abstraída entre paréntesis, palabras que se
aniquilan, un libro en blanco, hojas sueltas, papel quemado, cenizas
enterradas, rastros que rozan, roces con restos de rasgos, rostros que son
indicios, huellas que son pruebas. Un libro, caja de pruebas de la acción
negativa más extrema, el hacer desaparecer. Un libro desaparecido. Tantos han
sido. Tantos han sido desaparecidos. Un libro desaparecido en manos a Astiz.
¿Qué será un libro desaparecido? ¿Acaso un mero mueble más en un mundo
compuesto por bibliotecas hechas
desaparecer en hogares también desaparecidos, de personas desaparecidas en un país
siempre desapareciendo, un país dónde los desaparecedores no desaparecen?
Desaparición y
atención
Nocturno de la
ciudad
Sólo una cultura puede admirar un cuerpo, convertirlo en
objeto, descubrirlo cubriéndolo y descubriéndolo. Cuerpo idealizado,
divinizado: la enseñanza del gimnasio griego incluía una estética, una técnica
para que los jóvenes supieran como alcanzar correctamente la desnudez. Cuerpo
torturado, ocultado: la práctica de Esma incluía una técnica para que los
jóvenes oficiales supieran correctamente hacer hablar al cuerpo, y después
enmudecerlo e invisibilizarlo. Las palabras acaloradas no son metáforas, son
expresiones del cuerpo. Y el cuerpo pertenece a la ciudad. Ciudad liberada, a
merced de los grupos de tareas. Como en un principio, cuando nomos era
partición y división del espacio, se dividieron el territorio los diferentes
grupos de tareas: la ciudad fue de Esma. Nomos como gobernante: Cero imperaba.
Polis, lugar donde las personas alcanzaban la unidad. Aristóteles supo que una
ciudad está compuesta por diferentes clases de hombres; personas similares no
pueden crear una ciudad. Buenos Aires, 1976/83, ciudad donde las personas
desaparecían, la diferencia era combatida, el pelo largo rapado, ciudad de
botas y uniforme.
Toda creencia es un tener-por-verdadero
(Nietzsche). Tenerse, mantenerse, atenerse a una verdad, quizás esa experiencia
de la creencia difiera de la experiencia de la sacralidad. Sacralidad sin
creencia (Heidegger). El desencanto como condición de la santidad, una santidad
sin sacralidad (Levinas). Fe y religión; fe o religión. La herencia de la
religión en la política: relegere, de legere, recoger, reunir; religare, de
ligare, vincular, unir. La etimología no hace la ley, es cierto, pero reunir y
unir son tareas de pastoreo. Religión como experiencia performativa, más que un
hecho empírico, un factum, un acto de fe irreductible, quizá fundado en la
confianza o en la fianza, en el asentimiento, en el acuerdo o en la
piedad, sin el cual no habría vínculo
social; ni convención, ni institución, ni constitución, ni estado, ni ley, ni
esa performatividad que vincula el saber de la comunidad científica con el
hacer y la ciencia con la técnica (cfme. Jacques Derrida, “Fe y saber”, en “La
religión”, J. Derrida y G. Vattimo, de la Flor, Buenos Aires, 1997, en
especial, pp. 71 y 97). El testimonio de esa experiencia hace confluir dos
fuentes: lo indemne (lo salvo, lo sagrado o lo santo) y lo fiduciario
(fiabilidad, fidelidad, crédito, creencia o fe, buena fe implicada hasta en la peor mala fe). En ese testimonio, la verdad es prometida más allá de
toda prueba, de toda percepción, de toda mostración intuitiva. Y mientras se secuestraba, mientras con
clandestinidad las mismas fuerzas que habían tomado el estado actuaban por la
noche, encapuchadas, con uniforme nocturno, de día tomaban la palabra para dar
el sermón sobre la sagrada misión que tenían en sus manos. Desaparecían
personas. Se decía, campaña de desprestigio desde el exterior. Se decía, cómo
creer que aquí, entre nosotros, eso.
“No hay oposición -fundamental- entre vínculo social y desvinculación social. Cierta desvinculación interruptiva es la
condición del vínculo social, la
respiración misma de toda comunidad”,
dice Derrida (op. cit., p. 103). ¿Pero acaso la desaparición forzada y el
aniquilamiento pueda ser una figura, una figura argentina, de esa condición
para mantener el vínculo social? ¡Qué respiración artificial la de esta
comunidad!
La
experiencia del desencanto, pero la imposibilidad de tener experiencia de la
desaparición. Mera supervivencia (en gr., éxtasis). “El rostro humano es una
fuerza vacía, un campo de muerte”, para Antonin Artaud. La fuerza lo vació
todo, un campo de muerte hizo desaparecerlo; mientras tanto, la polis, como si
fuera fuerza vacía, indiferencia ante la muerte. Desencanto, rostro abandonado a la desaparición, olvidado, sin
forma, sin fantasma. Una forma, aquello que proporciona la polis, lo que se
eleva de mera vida, una imagen para un espiritualismo social (fantasmas para el
cazafantasmas Marx, quien vería en el
estado la voluntad de imponer una ilusión con el fin de encubrir explotación y
de proteger y adornar la miseria; Marx vería en todo poder de la razón que
busca imponer y perpetuar una forma de
estado una miseria de la razón; Marx, el catador de la impureza de las formas,
del escándolo que encubren las abstracciones trabajo y necesidad, contrato
y sujeto, libertad e igualdad, derecho
y dinero; Marx, contra la abstracción represiva, contra la máxima igualdad que
es la máxima subordinación). Pero aquí, informe, sin nada que se eleve de la
mera vida, la fuerza vacía, el campo de muerte. Aquí. Y esa imposibilidad de
experimentarlo.
Desde la antigüedad griega se hace de lo político una
diferencia específica, fundada por medio del lenguaje, que desarrolla una
comunidad de bien y de mal, de justo y de injusto, y no tan sólo de placer y
dolor. Así, la política sería el ámbito
en que el vivir debe transformarse en vivir bien; y la mera vida lo que debe
ser politizado, lo que debe ser excluido para fundar la ciudad de los hombres.
Como el pasaje de la voz al lenguaje: voz,
signo de dolor y de placer propio de los vivientes; lenguaje, que haría posible manifestar lo
justo y lo injusto, lo conveniente y lo inconveniente. Por milenios fue así
concebido, animal viviente y además capaz de una existencia política. Pero,
como lo advirtió Michel Foucault; el hombre moderno es un animal en cuya
política está puesta en entredicho su vida de ser viviente, y la especie y el
simple cuerpo viviente individual se convierten en el objeto de las estrategias
políticas, pasándose de la soberanía propia del estado territorial a la
biopolítica. El cuidado de la vida natural de los individuos lo toma el estado,
tal vez por la transformación y decadencia del espacio público; tal vez por
cambios estructurales. Los cuerpos dóciles como resultados del control
disciplinario y del progresivo interés por la vida biológica de la política. La
identidad, conciencia y poder de control exterior como fruto del uso de tecnologías del yo. Individuación y
biopolítica anudan una época, esta detención.
Individuos
que concebían la política como herramienta de cambio social. Vidas
desaparecidas. Bebés apropiados, identidades adulteradas. Docilidad de la
población. Voz, dolor de las madres. Lenguaje, ya sin sentido para la
injusticia. Tecnologías, ya casi sin uso para ir más allá de las
fronteras, para ejercitar la crítica.
Soberano es el que decide sobre el estado de excepción: tal
la sabida definición de soberanía de Carl Schmitt. Y la excepción ha sido la
regla en las dictaduras del siglo XX y, ¿acaso lo sería también -como lo afirma
Giorgio Agamben en “Homo sacer” (Pre-textos, Valencia, 1998)- en la democracia,
porque se estaría disolviendo para converger, desde la sociedad del
espectáculo, al totalitarismo? La excepción, concepto límite en la teoría del
derecho, en el presente dejaría al descubierto su límite: la esfera de la vida.
La excepción, ocupación del afuera; también toma de cuerpos hasta su
desaparición. Creación de una zona de penumbra –desaparecidos, ni vivos ni
muertos, afirmó Videla. La excepción se
localiza, no en la cárcel -reglada por el derecho penal-, sí en el campo de
concentración, o en el campo de desaparición (y por eso mismo los campos no
pueden leerse desde “Vigilar y castigar”). La excepción, umbral, límite que
hace aparecer la oscuridad entre lo que
esta fuera y lo que está dentro. Esma, entre la ciudad de los vivos dóciles y
las aguas del olvido y de los muertos. Excepción, hacer de los derechos meras
creencias.
Expuesta al umbral, la vida abandonada por ley. Sobre el
umbral, “el soberano es el punto de indiferencia entre violencia y derecho, el
umbral en que la violencia se hace derecho y el derecho se hace violencia”
(Agamben, op. cit,, p.47). Sobre el umbral, en Esma, Massera, almirante,
miembro de la Junta Militar.
A diferencia de quienes sostienen que
no habría anterioridad de la naturaleza con respecto a la ley, para Hobbes la
antinomia physis/nomos legitimaría el principio de soberanía –y el soberano,
para Hobbes, es el único en quien sobrevive el ius contra omnes del estado de
naturaleza, con lo cual la indistinción entre violencia y derecho incorpora el estado de naturaleza
en la sociedad, no como una época real, sino como un principio interno al
estado, “como un umbral de indiferencia
entre naturaleza y cultura, entre violencia y ley, y es propiamente esta
indistinción la que constituye la violencia soberana específica”, dice Agamben
(p. 51), lo cual se revelaría en la excepción. El estado de excepción como
estado de naturaleza, lo exterior reapareciendo en el interior, reaparición que
impide diferenciar physis de nomos, interior de exterior, naturaleza y
excepción. Y desde la Primera Guerra Mundial el espacio de la excepción rompe
sus confines y tiende a coincidir con el ordenamiento normal, como si el poder
constituyente no se agotara en poder constituido, como si el poder soberano
pudiera mantenerse en potencia. Mientras tanto, los súbditos obedecen y
respetan la excepción, posibilitando que la excepción se haga regla. Así, el
cumplimiento de la ley se hace coincidir con su transgresión (los militares
argentinos han hecho del transgredir la
constitución una regla, la regla por la cual los golpes militares serían
maneras excepcionales de defender el orden republicano).
Dos pueblos, dos violencias
Pueblo, cuerpo
político integral. Y pueblo, subconjunto, fragmento de cuerpos menesterosos y
excluidos. Pueblo, inclusión que pretende no dejar nada fuera. Y pueblo,
exclusión sin esperanza. Pueblo, ciudadanos integrados y soberanos. Y pueblo,
conjunto de los miserables, los oprimidos, los vencidos. Pueblo, en su interior
se halla la fractura biopolítica: pueblo de los excluidos en el interior de las
democracias capitalistas; pueblo, Tercer Mundo. A la vez, violencia que
establece derecho y violencia que lo conserva, violencia que al conservarlo,
mediante la represión de las fuerzas hostiles, debilita –como señaló Walter
Benjamin- la violencia que lo crea.
Son filosofías de la historia de la
violencia. Todas recuerdan que, por ejemplo, el contrato en su origen, y en su
posible conclusión, remite a la violencia. En algún caso -Benjamin- se advierte
sobre las consecuencias del olvido: la desaparición en la conciencia de los
miembros de una institución de la presencia latente de la violencia podrá
corromperla -y los parlamentos, señalaba Benjamin, no han sabido conservar la
conciencia de las fuerzas revolucionarias a que deben su existencia, olvidan
que representan una violencia fundadora, y en ese olvido se va recorriendo un camino de “corrupción”, se
va brindando un “lamentable espectáculo”.
La violencia no se practica ni tolera
ingenuamente. (¿Cómo se la olvida? ¿Cómo no se la advierte? ¿Cómo se relaciona
con el derecho y con la justicia?) Se la pinta. Sería un dato natural, dado. O
sería un dato histórico, adquirido. Se reconstruye, como lo hace Walter Benjamin en “Para una crítica de la
violencia” (1921) -¿habrá leído Massera?-, que secretamente el pueblo admira al
gran criminal, no por sus actos, sólo
por la voluntad de violencia que
ellos representan al irrumpir y amenazar esa misma violencia que el derecho
trata de sustraer del comportamiento del individuo; desafían el destino, como
los héroes. La violencia amenaza al derecho, porque la violencia funda al
derecho (o lo conserva): así lo hace una violencia mítica, que establece fronteras, culpabiliza a la mera vida
natural, amenaza sangrienta sobre el infeliz viviente (y la sangre es símbolo
de la mera vida), redime al culpable (no de la culpa, sino del derecho, dice
Walter), es violencia sangrienta, ya que la dominación del derecho sobre el ser
viviente no trasciende la mera vida y exige sacrificios, hasta tomar la sangre.
No es la violencia divina, esta
destruye el derecho y las fronteras, golpea y redime, es letal aunque
incruenta, es pura violencia por amor a la vida, no exige sacrificios aunque
los acepte -y habría que poder contactar esta distinción de Walter con las
líneas diferentes que parten de Simone Weil para ir una por el sendero
silencioso de la Justicia, otra por el recorrido del derecho, y la ley que se
escribe para el camino de la libertad. Habría que hacerlo para diferenciar la mera vida de la existencia
justa.
Violencia que hace desaparecer, pero
violencia que no se debilitó por hacer desaparecer. Ante los desaparecidos, cualquier marino o militar podía actuar
como soberano. Ante esos soberanos, cualquiera, cualquier ser vivo estaba expuesto
a la desaparición; cualquiera, aún los más dóciles. Violencia que
establece la excepción como regla, que hace desaparecer cualquier derecho.
Violencia, nomos del soberano que condiciona cualquier norma. Violencia que
acorrala. Oscuridad del estado de excepción, indeterminación, derrotabilidad
radical.
Campos de exterminio,
de desaparición. Campos, también, de concentración, campos para refugiados. Convertida en regla la
excepción, el campo es el espacio que se abre, “es una porción de territorio
que se sitúa fuera del orden jurídico normal, pero que no por eso es simplemente
un espacio exterior. Lo que en él se excluye, es, según el significado
etimológico del término excepción, sacado
fuera, incluido por medio de su propia exclusión. Pero lo que de esta forma
queda incorporado sobre todo en el ordenamiento es el estado de excepción
mismo,” dice Agamben (op. cit., p. 216), señalando que el campo hace
indiscernibles hecho y derecho, excepción y regla, lícito e ilícito. Campo,
zona de indistinción donde el derecho subjetivo y la protección jurídica dejan
de tener sentido. Umbral en el que no hay más que indeterminación. Campo,
materialización de la indeterminación.
Esma, desmaterialización de los derechos, de la vida.
Tragedia
La tragedia
griega misma, ¿no es quizá siempre, esencialmente, una tragedia del derecho?
¿No hay quizá una continuidad fundamental entre la tragedia y el derecho
público (así como probablemente -del lado opuesto- hay una continuidad esencial
entre la novela y la norma)? Apenas un mes
antes del golpe militar en la Argentina, Michel Foucault realizó esta
observación en su lección del 25 de febrero de 1976 (en “La genealogía del
racismo”, Altamira, Montevideo, 1992,
p. 127).
Golpe y
reinado de la absoluta indiferencia. Vidas en la frontera de la dócilidad y la
imbecilidad. O vidas desaparecidas. Sólo las sospechas de formas de
resistencia. Realmente, solas las madres, como locas, presentando habeas
corpus, reclamando, viviendo una tragedia. Sabían de la tragedia. El resto, un
pueblo, no creía. Creía tener derechos.
Manantial
de eficacia, invitación a la audacia, en silencio, en la noche clandestina,
encapuchados, pero bendecidos, oponiendo pureza e impureza, obligaron a salir
de la sociedad, de la familia y luego del mundo, a miles de hombres y de
mujeres. Los aislaron en campos, como si trataran de evitar el contagio. Les
sacaron la conciencia, la pura intimidad, y luego, en el desenfreno, en
sesiones donde uno a otro se estimulaban para franquear las barreras de las
inhibiciones, torturaban y por fin arrojaban cuerpos, pedazos, los tiraban a un
fondo de aguas cada vez más oscuras. Ellos, en el frenesí, no sabían, no
querían saber qué hacían: producían desaparecidos. Una tragedia también para
los sobrevivientes. La tragedia de los testigos. No me refiero a secuestrados y
luego liberados: para ellos la tragedia es más que la sombra de la presencia
que conservan. Me refiero a los
patéticos millones de testigos de esa experiencia, de la experiencia de la
desaparición, de la desubjetivación radical; a esos millones que sobrevivieron
sin nunca hacer nada, sin abrir los ojos, sin oler la sangre, sin oír los
gritos de dolor. Me refiero a esos
testigos que son testimonio de la desaparición de la sensibilidad. Me refiero a
esos que dejaron a las madres solas. La tragedia del pasado se arrastra en el
presente y ensombrece el futuro. La novela y la norma son otra cosa, pero
nacieron de allí, de esa tragedia. No de Tebas, de Esma.
Desaparecidos y memoria, mera vida y sucesión biológica, los
familiares, madres, abuelas e hijos ejerciendo
la acción de recordar (no pueden olvidar, no pueden perdonar, no les cabe la
indiferencia), expresando la voluntad de verdad, buscando la verdad y la
justicia, esas aliadas. Mientras tanto, la voluntad general de los ciudadanos,
la voluntad política dominante olvida y es indiferente. Dos mundos. El de la
familia, el centro de la desigualdad; el de la polis, donde se conocen iguales.
¿Dos? ¿Iguales? ¿Desiguales? En esos mundos, los que encumbran valores
contrarios a la vida (esos cristianos nihilistas que quieren la nada),
pesimistas que creen en el marchitar de todo y que, entonces, ya no
quieren, renuncian a toda positividad
del querer, desarraigados que cortan, extirpan la radicalidad desde las raíces,
desencantados, abandonados al azar melancólico. También positivistas,
evolucionistas, desarrollistas, ingenuas amélies. Y nadas, bolsas plásticas de
nada por todos lados. Madres de nada, hijos de nada, padres de nada, escuelas
de vacío. Y todavía, también quienes sudan, siguen, predican en el desierto,
siguen, deben seguir.
(Bajo tierra. Salir del subte en Constitución. Escalón por
escalón, calor y confusión. En la cabeza de todos está la economía: doscientos
cincuenta pesos, tarjetas de débito, colas en cajeros, desesperación en
ventanillas. Escalón por escalón, a punto de salir a la luz. Una curva y está
la luz. La curva y una explosión. Constitución y confusión. Susto: un chico,
uno de esos tantos chicos, desde afuera, desde arriba, está tirando cohetes.
Mira sin expresión. Tira los cohetes con lejanía, casi con indiferencia. Caen
sobre los que salen, sobre los que suben. No está abajo. No puede subir. No
tiene en la cabeza la economía. Ni
tarjetas, ni débitos semanales. Hoy. Ahora. Ni derechos, ni declaraciones de
derechos. No sabe de aniversarios – de la democracia, de la declaración de
derechos humanos. No se interesa por la economía. No sube. No baja. Tira
cohetes. ¿Acaso molesta? Puede quemar camisas finas. ¿Inquieta? ¿Quién lo
recuerda? Desaparece. Más desaparecidos. En la cabeza de todos está la
economía. No resistimos. Desaparece todo. Desaparece la sensibilidad. Tira
cohetes. Nada. Nada se responde. Silencio. Desaparecen las palabras. En la
cabeza de todos está la economía. Doscientos cincuenta pesos. Desaparece el
dinero. Bajo las aguas, la cosecha ya había desaparecido. Antes había
desaparecido el trabajo. Desaparecen los ingresos. Democracia. Derechos
humanos. Doscientos cincuenta pesos. Veinte mil desaparecidos. Un chico tira
cohetes. Molesta. Ya pasó la molestia. En la cabeza de todos está la economía.
Desapareció la cabeza.)
¿Puede el arte
ser un freno ante el límite?
¿Acaso el arte sea capaz de ayudar ante las experiencias
límites, inasimilables, experiencias como la desaparición de las experiencias,
como la desaparición? Para narrar eso, ¿quién podrá coordinar alma, ojo y
mano?, ¿quién podrá ser justo para encontrarse consigo mismo en ese acto de
representación de la mudez radical? ¿Cómo hacerlo cuando al arte aspira a las
masas, cuando en el arte predomina el aparato sobre la persona y cuando para la
persona el montaje artístico ya parece quedar limitado a lo inconsciente
(porque ya no es experimentación: la experimentación es consciente)? ¿Cómo,
cuando la política se concibe como obra de arte para producir industrialmente
consciencias, para construir mediáticamente realidades? ¿Cómo, después de la
estetización de la política (nacionalsocialismo) y de la politización del arte
(comunismo)?¿Cómo, cuando la experiencia se empobrece? ¿Cómo establecer un
silencio en el que la verdad pueda germinar? ¿Cómo? ¿Acaso se podría inventar
un procedimiento, una máquina, para hacer obras sobre el dolor, el horror, la
crueldad y la violencia? ¿Cómo, el arte podría hacer, podría ser una máquina
que hace sentir lo no sentido? ¿Cómo percibir un campo de desaparición para que
pueda significar investirlo con la capacidad de mirarnos a nosotros mismos;
cómo hacerlo sin aniquilarnos por el aura de esa imagen? ¿Cómo lograr que esa
narración consiga un sentido de reciprocidad? Pero también, ¿cómo evitar que sea
una fuga hacia la fantasía, una naturalización de la fantasía que, como una
película, se haga más natural que la realidad; cómo lograr no que deje de ser
una pesadilla, sino que permita que el yo despierte?
Unión de
mundos
Será, como lo dijo Whitman, que dar vuelta las páginas de un
libro es tocar a un hombre, será eso, el temperamento que hace a un trozo de
papel una obra de arte, será, tal vez, la búsqueda de nombres e imágenes para
la masa de carne trabajada que somos, será el despotismo de nuestra época,
publicidad que roza la superficie, acaricia para hacer consumir, será toda
vigilia arte como antes lo fue religión, será otro ejercicio de duplicación del
hombre. Será el roce de la mirada y del oído, el contacto con un libro, una
pieza musical, una pintura, una película, será que modelan la sensibilidad.
Será cuestión de la política que nunca lograremos darnos hacia el gusto, será
ésa la batalla en un campo de tensión. La estética y los sentidos, el saber y
la política, la conciencia del fracaso del gobierno de uno por uno, la
imaginación de uno hacia el otro, un otro que se desplaza, va de sujeto a
objeto, uno que también se desplaza. Y en ese movimiento puede hasta surgir el
amor y la amistad, la excitación y la melancolía. Puede estallar un sujeto, o
puede tapar cada uno de sus poros. Puede destruirse al otro, a un otro
cosificado, para entonces uno ya inició su demolición. Será una fuerza que se
resiste a la teorización previa. Se resiste a la sistematización. Consigue,
ella, no uno, que uno suspenda la incredulidad. Produce a través del desinterés
del mundo real las redes con las que pescamos en el mundo, redes en que uno se
encuentra enredado. Entonces sin preguntas tales como qué es el arte, queda la
cuestión de cuándo es arte y el camino de respuesta tiene que ver con un
trabajo, sea el de la escritura, sea el de la lectura, sea el de la
interpretación, sea el de la penetración que fija un estilo de movimientos y de
estados subjetivos. Trabajo y mercancía,
como poiesis y mimesis. Sin valor de verdad -la ficción no sería ni verdadera
ni falsa-, desde el artificio hidrata la piel. Siempre en relación de
intersección. Siempre el poder de la fantasía. La corrosión del cuerpo tiene un
antídoto peligroso, capaz de hacer que un músculo se convierta en la montaña
más alta, la pequeña luz en gran oscuridad. Unión de mundos.
Se producen ideas e interpretaciones. Las personas no
sólo producen acciones, sino también ideas e interpretaciones sobre las
acciones y sobre las mismas ideas e interpretaciones de las acciones. Esto trae
consigo categorías de la división social del trabajo, desarrolla diferentes
capacidades del espíritu humano, crea nuevas necesidades y nuevos modos de
satisfacerlas. Esto trae nuevas perspectivas, tensiones incómodas y esa
agilidad sin la cual todo se embotaría. La acción no se somete y se abre a una
constelación de regímenes conceptuales y de series interpretativas. La acción
se abre a la reflexión y, como nota moderna, la reflexión deviene en autorreflexión.
Es la acción de pensar, y es el pensamiento que piensa lo pensado y lo
pensable. Esta acción lleva al desarrollo de una narrativa cuyo final sería la autoconciencia; pero lleva también
a la crítica de esa narración. Y es así como la conciencia deja de ser el
sujeto de las ideas y de las interpretaciones acerca de las acciones. Tal
sujeto pasa a ser la ciencia, sobre todo para las visiones naturalistas más
radicales. La epistemología, esa pretensión de filosofía científica, ese
tribunal de la razón que sentencia qué es ciencia, suele diferenciar saber de
creencia. Un relato sobre el encuentro con
ese saber, una reflexión sobre el poder de las ideas, sobre la credulidad como
enfermedad de los hombres. La gran cuestión es: ¿acaso a un ser humano le
resulta posible creer en cualquier cosa y actuar apasionadamente en todo
aquello que se relaciona con esa creencia? Desnudos, inmunidad contra las ideas
descabelladas, arrasados por una simple idea. ¿Cómo
no hacer que el pensamiento termine en libros que adoctrinan (Brecht: terrible
es la tentativa de hacer el bien)? ¿Cómo vencer la estupidez creciente, la
credulidad? Contra la adicción a las ideas, crítica a la crítica, a la
indagación. Sin dejar de estar contra la realidad, aún cuando la realidad imite extrañamente a algunas
teorías. ¿Acaso las ideas son causas de transformaciones? ¿Acaso la falta de
ideas causa la falta de transformaciones? Miserias. Ideas que en tiempos de
penuria suelen adquirir perfiles radicales. Fue Hanna Arendt quien dijo que somos contemporáneos hasta
donde alcanza nuestra comprensión -y nuestra comprensión nunca alcanza al
aniquilamiento, el exterminio, la desaparición, nuestros contemporáneos. Ella
diseñó la pregunta radical: ¿puede el pensar ser un freno ante el mal? Pensar,
actividad invisible, diálogo del yo consigo mismo –aunque el yo, como enseñó
Niklas Luhmann, no se trata a sí mismo como alguien que aún no sabe, ni como a
alguien que posiblemente rechaza lo que él mismo propone, ni como a alguien a
quien únicamente se puede alcanzar por medio del empleo de signos-, diálogos
que amparan el dialogo de otros, el diálogo con otros, diálogo como búsqueda de
sentido (no tanto de verdad), búsqueda para hacer, búsqueda cuidadosa, ya que
puede aparecer cualquier sentido, cualquier curso de acción. Atención, el
cuidado es parte del juicio, y el juicio político es similar al juicio estético
tal como lo concibió Kant, juicios para reconciliarnos con el mundo. Pero,
¿cómo reconciliarse con este mundo de desapariciones?
Desaparición y apropiación,
expropiación de la vida. Hanna Arendt consideró a la natalidad como la
categoría central del pensamiento político, y al totalitarismo como el borde,
el umbral de nuestro tiempo. En este tiempo está el mal, el volver superfluos a
los hombres en tanto hombres, y ello más que el usar a los hombres como medios,
ya que aún así se deja intacto su ser hombres y se daña únicamente a la
dignidad humana. Superfluos en tanto hombres. En este espacio, que aún es el de
Esma, está el mal, el volver superfluos a los desaparecidos en tanto
desaparecidos. Desaparecer, olvidar la violencia de la desaparición, volver
superflua la memoria, las ideas, los juicios. Apropiados, desaparecidos, aquí,
extendiendo Esma, superfluos en tanto hombres.
Mal como Massera, sin profundidad ni
imaginación; ni motivación ni enraizamiento. Mal como esa generalidad, mal de
pasividad: la pasividad es un andar irreflexivo. Ante ello, ¿qué oponer? ¿El
pensar, la voluntad, el juicio? ¿El perdón y la promesa mutua? ¿La revolución,
que es anhelo de fulgor, claridad, poder capaz de comenzar, metafísica de lo
inaugural y original, acontecimiento, operación instituyente? ¿El arte? ¿La
política? (La política en el espacio público es capaz de condensar la memoria y
la sensibilidad, las lecciones dejadas por el pasado, pero ese pasado lo
percibe a partir de sus necesidades del presente.) La política y el gusto como juicios, no de verdad, de reflexión,
que ayudan a decidir cómo debe
mirarse el mundo, para practicar, para ensayar qué podemos hacer, cómo podemos
hacernos, gozar del privilegio de nosotros mismos, no desaparecidos, de
nosotros, animales envueltos en la desaparición.
¿Dos caminos? Dos ciudades. Jerusalén,
los profetas, el judaísmo tradicional, la teología, la fe bíblica: el hombre
caído necesita restricción, ley. Y Atenas, la filosofía, Sócrates, el fundador
de la ciudad virtuosa en el discurso, en la cual el hombre puede alcanzar la
perfección. Si decimos, primero
escuchar y luego de evaluar, decidir, nos inclinamos por Atenas. ¿Si
desaparecer? Miles de años después,
aplastados en Buenos Aires.
Todo ideal es abstracción, toda
normatividad, ficción. Lo político, enseñó C. Schmitt, se constituye por
referencia a la posibilidad real de la muerte física de los hombres. Pero no
existe una meta tan racional, ni una norma tan justa, ni un programa tan
ejemplar, ni un ideal social tan bello, ni legitimidad o legalidad que puedan
justificar que los hombres se maten por ello entre sí. Lo político es lo
decisivo; no puede ser valorado, ni
medido por un ideal. Su diferencia específica sería la diferencia entre amigo y
enemigo. Entre sus consecuencias, acaso la diferencia entre aparición y
desaparición, espectros, fantasmas ambos, chatos, aplastados. El momento del
enemigo adquiere preeminencia. El momento de la desaparición se prolonga. La
política como seriedad de la vida, achatada, como si se hubiera renunciado a la
pregunta por lo justo, como si se
hubiera aceptado esta falsa seguridad.
El
gesto inaudito
Alain Badiou, en "San Pablo. La
fundación del universalismo" (Anthropos, Barcelona, 1999), halla en la
conexión paradójica entre un sujeto sin identidad y una ley sin soporte la
posibilidad de una predicación universal. El gesto de Pablo -inaudito,
califica Badiou- consiste en sustraer la verdad del control comunitario,
trátese de un pueblo, de una ciudad, de
un imperio, de un territorio o de una clase social. Lo que es verdad -o justo,
en este caso es lo mismo- no se remite a ningún conjunto objetivo, ni según su
causa ni según su destinación. No importa que se este ante una fábula, importa
el gesto subjetivo tomado en su fuerza fundadora. Y ese gesto separa cada
proceso de verdad de la historicidad donde la opinión pretende disolverla. Ese
gesto muestra que la política no puede ser reemplazada por la conciencia
histórica, de la misma manera que la memoria no sustituye al sentido. "Te
basta mi gracia, ya que la fuerza se pone de manifiesto en la debilidad",
así le dijo el Señor a Pablo, Corintios II, 12. La gracia, lo que acontece sin
ser debido. Eventualidad estremecedora, un materialismo, una mistificación de
la gracia.
La
ley hace vivir la muerte. Bajo la seducción del precepto, en el hombre de la
ley el hacer está separado del pensamiento. La ley es lo que constituye al
sujeto como impotencia del pensamiento. Y la práctica en el mundo. Tal como lo
predijo Marx, el mundo por fin un mercado mundial: la lógica capitalista de
la equivalencia general y el universal
abstracto del capital. Junto a este proceso, la lógica de la fragmentación en
identidades cerradas, la ideología culturalista y relativista, las
persecuciones locales. Y un concepto inclusivo de humanidad. Historias, como
mitos, relatos, de fantasías de pertenencia que producen lazos sociales. Que
hacen al arte del pastoreo, la política. Los hombres acercándose entre sí
cuando se hacen más extraños entre sí; unidos por la extrañeza del amo y el
esclavo: sociedad de clases, exclusiva inclusividad, caza de hombres por los
hombres. Hoy, la política y el arte de la pertenencia mutua en medio de un
individualismo postsocial, siempre, la política como la repetición de los
hombres por obra de los hombres.
Ante la dimensión fáctica de la vida al
desnudo, de la vida sin forma, de la simple existencia como único fin, sobre
ese horror total; ante el fascismo del estrechamiento perceptivo, lo banal, lo
monótono, árido, tedioso, desértico ¿ante ello qué? ¿El abrigo de las verdades
de la ciencia? ¿Mimesis, catarsis o pastoreo? ¿Cuál fábula? Tal vez
aquella del trabajo, de la práctica, de la contracción, la descreación. ¿Qué
gesto? ¿Ejercer la fuerza, ejercer una ilusión que nadie posee? Tal vez el roce
con lo impersonal, el abandono, el cortar raíces. Tal vez el gesto más inaudito, el gesto de Simone Weil.
¿Cuestión de derechos? No creer tener derechos.
Desarraigarse de los derechos. Contienen algo de comercial, de intercambio, de
repartición. Claro lo vio Simone Weil. Creer tener derechos, interponer un
habeas corpus. Creer tener derechos, peticionar y esperar una respuesta. Creer
tener derechos. ¿Una indemnización? Derecho a una compensación económica. En
Esma desaparecieron los derechos. Desaparecieron las personas. Cosa de bestias.
¿Por qué les hicieron daño? No es cuestión de derecho, sí de justicia. Quedo
algo impersonal, los desaparecidos. Queda la experiencia de la desventura, de
la desgracia, del malheur.
Desatención a la desgracia.
Indiferencia a la tragedia. Aplastamiento de las almas bajo la mentira,
la fealdad, la injusticia. Privación de cuerpos. Privación de almas. Privación
de atención. Privación de aspiración a la justicia.
Las
necesidades de los hombres como obligaciones. Cada necesidad es el objeto de
una obligación, escribió Weil en su “Profesión de fe”, de 1943. Necesidad de
seguridad y riesgo. Enferma el miedo a la violencia, al hambre, o a cualquier
otro mal extremo. También enferma el aburrimiento causado por la ausencia de
todo riesgo. Es un crimen todo aquello que cause el desarraigo, el exilio, la
emigración. Enfermedades, brutalidades que hicieron este reino de la miseria,
la fealdad, la tristeza, el aislamiento egoísta. Hay tantas privaciones por
curar. Hay tantas manchas por observar. Y sacrificios por hacer. Empezar por
observar con atención extrema. Observar lo ausente, eso impersonal, los
desaparecidos, la desgracia, todo eso impersonal, extraño, todo ese desamparo,
un sinfín agotador. Atender, espera sin angustia, ausencia y vacío, suavidad
del pensamiento, intimidad de la impersonalidad, claridad del vacío.
Desaparición que no se deja pensar, que cesa de estar, que se escapa a la
atención. Atención extrema, apertura a lo ausente, espera que es lo no
desaparecido de toda desaparición.
Segunda parte
Representación
Desde
el punto de vista rigurosamente lógico la nada es absolutamente
irrepresentable, no se puede aferrar por el concepto. Pero necesitamos la nada
para comprender la libertad. Y entonces
recurrimos a esas figuras metafóricas.
Recurrimos a la nada como han hablado los poetas o los místicos, porque
ellos dieron forma y voz a lo que de por sí no lo tiene. Y la nada es el
fundamento de la libertad –y así decimos algo positivo- pero es también
aniquilación, destrucción, vacío, ausencia de vida. Las figuras de la nada son en general negativas. Nosotros vemos, experimentamos la nada en su
profunda negatividad. Y así encontramos que la figura del desaparecido es algo
aún más tremendo que la figura del aniquilado, ya que le fue quitada también la
representabilidad de la muerte. Es una
figura real, pero esa realidad, para ser comprendida hasta el fondo de su
negatividad, necesita de la nada.
Sergio Givone
Basta leer ‘La
lotería en Babilonia’ para percibir que la función del estado como aparato de
vigilancia, la función de lo que suele llamarse la inteligencia del estado, es
la de inventar y construir una memoria incierta y una experiencia impersonal.
(‘Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo;
también he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles.’) La cultura de masas (o mejor sería decir la política
de masas) ha sido vista con toda claridad por Borges como una máquina de
producir recuerdos falsos y experiencias impersonales. Todos sienten lo mismo y
recuerdan lo mismo y lo que sienten y recuerdan no es lo que han vivido. La
lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y
recuerdos ajenos.
Ricardo Piglia
Una de las declaraciones más famosas de la Jueza, y
de las peor entendidas, había sido que su única intención era dejar el mundo,
al fin de su breve estada en él, enriquecido con algo que el mundo no hubiera
tenido antes. Parecía una tontería, una de esas cosas que se dicen para salir
del paso, pero tenía su complicación. Por un lado, poner algo en el mundo no es
tan fácil: sería como traer una piedra de la Luna, salvo que tal como están las
cosas, la Luna ya está en el mundo. Y ella no se refería tanto a una
combinatoria nueva de elementos ya presentes, o un cambio de lugar de una cosa,
sino a algo de veras nuevo, un elemento nuevo, con el que, sin alguien quería,
podía hacer combinaciones viejas. Y por otro lado, era un deseo extraño en un
magistrado; la justicia funciona como una suma cero, se diría que debe dejar la
situación con la misma cantidad de elementos, exactamente, con que la encontró,
y que ahí está la esencia de su trabajo. Lo de agregar algo nuevo es más bien
propio del arte.
Cesar Aira
Desaparecido, esa palabras. Ella sola, moviéndose,
como el mar, pero oculta. Sola.
Daniel Moyano
Teoría y
método del cuaderno
Quizás el conocimiento siembre el cuerpo. Quizás boca y voz
se encuentren. El camino del psicoanálisis: representación cargada de afecto
que se asocia con otras que atenúen el efecto traumatizante, lo dispersen, lo
corrijan. Abreacción como exteriorización intencional, expresión; traducción a
la palabra de la emoción lo que se fijó en la lengua del síntoma. Boca y voz en
un código de lectura que acopla catarsis con abreacción. El relato de una
enfermedad, desaparición, que comienza con la desaparición de la voz y es
seguida por la desaparición de la boca. Un relato que requiere de boca, y que
esa boca sea voz. Observación médica de la desaparición, relato atento de los
síntomas, de la acción y de la reacción. Palabra excitadora, desaparición.
Reacción, escribir.
Escribir es
hoy un vacío, escribió Liliana
Ponce.
Tranquilízame
con la pasividad.
Tranquilízame
porque no existo.
Escribir no sobre, escribir desde la
desaparición, pero la escritura es impotente ante el constante fluir de las
cosas sensibles. Escribir como cuidado de muchos recuerdos juntos, como un
pastoreo de la memoria. Un texto que sea esa misma desaparición. Una
experiencia de silencio, de no saber, de no poder, de empobrecerse.
Experimentar el no paso del tiempo, el apilamiento de desapariciones, el vacío
de acción. Escuchar, oír ese silencio. Hasta olvidar que estamos. Olvidar que
no están en casa. Olvidar. Nada que contar.
Imposible coordinar mano, ojo y alma. Imposible encuentro con el justo.
Escribir, ¿cura? ¿Qué queda después de la escritura? Mucho olvido. ¿Qué,
después de la lectura? Mucho olvido. Pero los libros suelen ser concebidos como
capaces de perturbar lo establecido y ampliar las fronteras de percepción. Efectos
sobre lo real, eso se busca, eso se cree.
Representar. Pero ¿qué es
representacional? ¿Acaso una pieza
musical no puede tener gran fuerza evocativa, mayor que la de una pintura
realista? ¿Acaso ante esperpentos, un arte negativo, el arte de la destrucción
de imágenes –iconoclasia- no sería el arte más apropiado? Filosofía, reflexión
sobre la representación. La iconoclasia siempre fue de élites (la idolatría, en
cambio, goza de popularidad: la masa se arrastra a imágenes, por imágenes).
Representación como duplicación (duplicación de la desaparición).
Representación como fetichismo (nos
dirigimos al río). Representación como forma que utiliza el estado para empezar
(para legitimarse). Representación como historia de destrucción de ídolos para
ser sustituidos por otros. Representación de la desaparición y límite de la
representación (¿cómo representar lo negativo?). Representación, como decía
Rousseau del arte, producto del lujo y del vicio. Representación, exageración
propia de las sociedad industriales de lo que antes era rito. Del rito a la
mimesis. El agotamiento del mito, el nacimiento de la novela. Ficción para concebir
lo que no es. Ambivalencia de la representación. Como un volver sobre nuestros
pasos con las manos vacías, lejos, sin saber de dónde.
Representar, hacer reaparecer delante. Reevocación. Intuir, contemplar.
Y contemplar es distanciar. Conocer es recordar, conservar, es memoria. Y
escribirlo es terrible, salvo para los corderos de las palabras. El lenguaje
disfraza. Sed ardiente de describirlo todo. ¿Cómo, si el individuo es inefable
y la palabra que lo nombra roza el silencio? Empeño por reducir la desgracia y
la simuosa pesadilla por un laberinto de espejos que multiplican las salas de
tortura. Querellar a la realidad. Escribir, victoria contra el silencio.
Escribir como pretender nombrar a los desaparecidos, como transformar la
ausencia en memoria. Desaparición, presencia evocada. Necesidad. Necesidad del
pasado, necesidad vital. Explicar. Vacilantes palabras. Permanecer junto a su
límite. En suspenso. En la nada. Sin calma. Estas notas, marginalias, descargan
el peso del pensamiento. Tratan de decir. Tratan en vano de rozar
desapariciones.
Cristalización. Geología. Una ruina detrás de otra. Una tardía geología:
la escritura no es simultánea. Preservar capas, cuidar de olores, desarrollar el olfato hasta la
aparición sensible de la idea, de eso
que Hegel llamaba arte y era equivalente a significado sin concepto. ¿Pero se podría soportar ese olor? ¿Se
podría vivir bajo esa aplastante aparición sensible?
Teorías
Uno. Como si hubiera dos conjuntos de saberes, uno intuitivo
y otro teórico, pero conectados entre sí, o que se busca conectar (positivismo
lógico). Dos. Como si uno fuera el conjunto de enunciados verdaderos -o
intuitivos- y el otro pretendiera ser
su sistematización -o su gramática- (así, Gödel, Chomsky y Rawls, según Avishai
Margalit, “La sociedad decente”, Paidós, Barcelona, 1997). Si las listas no
coinciden, la teoría puede asumir sus limitaciones (Gödel) o llevarnos a
cambiar nuestros juicios intuitivos (Rawls: equilibrio reflexivo. Además,
agregó el velo de la ignorancia: no
admisión de premisas e información basadas en la posición o en rasgos
personales de los participantes en el juego). Tres. Teorías críticas, teorías
acerca de los juicios de personas a quienes se supone que la propia teoría
habría de liberar. Los juicios, determinados por la ideología primero y por la
teoría después; se parte de juicios formados en condiciones de opresión y ellos
se reemplazan por otros que emitirían personas libres (juicios independientes
de personas libres, liberadas por la teoría). ¿Cuatro? Enunciados que se
desvían de lo esperado, que interrumpen significados, que esbozan sentidos, que
se esfuerzan para apenas sugerir, quizás mostrar.
Con un lenguaje
hipostatizado, que impide experimentar la apertura del mundo al concebir al
lenguaje como responsable de esa apertura. Referencia directa, desaparecida.
Como si se hubiera aniquilado la función designativa del lenguaje, como si el
significado lingüístico dominara todas las referencias. Intensión, forma de estar
dados los objetos, sentido que determina la extensión, lo dado para nosotros,
la referencia. Mudos. Palabras vacías que inundan el mundo. Ciegos. Sin
explorar con el lenguaje, en el lenguaje, la nada, la desaparición. Pensar,
preparar el futuro, desde éste frío, ésta soledad.
Imposible. No más para los desaparecidos un yo-soy, yo-hago,
yo-identifico. Sin actos de la actividad originaria que obtienen su propio ser
de una identificación que indefinidamente los tiene en cuenta: antes de tal
identificación eran sólo unas simples unidades en la corriente de las
vivencias, y después de desaparecer sólo unas simples unidades en la corriente
del río del olvido. Nosotros, olvido, simples unidades en la corriente de las
vivencias. Perseguir, representar. Saltar sobre la propia sombra.
Desaparecidos, indeterminación fluctuante. Intuitio sine comprehensione.
¿Camino?
Creo a la literatura inútil. Pretender que puede tener
alguna influencia en el mundo es más que una utopía. Es algo que carece de
sentido. No, la literatura no transmite redención. La lectura no es un ritual
religioso. No eleva el espíritu. Como las ruinas, como la naturaleza misma, el arte está arruinándose. Desolación donde hubo creación. Abandono,
extinción, vacío. La violencia, marca de la especie, fluye, haciendo más
ausencia, más vacío. Poder así recordar, con una tristeza tan honda, eso, lo
que ya no se revela. ¿Será que la angustia vivida no permite concebirla? ¿Será
que la belleza sólo puede ser esperada por la esperanza, nunca alcanzada por el
conocimiento? En el tiempo, mantener, cultivar lo que no puede ocurrir. Buscar
el no objeto –no arte, sí buscar desapareciones. La sensibilidad, camino
abierto. No es melancolía. Es sentir náuseas de obrar. Es sentir que la acción
no puede modificar las cosas. Sin protección, sin nada para vencer a la nada,
sin aprehensión sensitiva del pensamiento, en un museo de minucias efímeras,
conversando muerto, olvidando. Una personalidad desnuda. Indefinibles los
atributos, inasible objetivación. Vacío. ¿Y si fuera el dolor? ¿Qué ante él?
¿Soledad y angustia? ¿Patetismo? No es el peligro, que aún contiene la
posibilidad de salvación. No está el olor de la piel. Es arena en los pliegues,
arrugas de ansiedad. Descifra con sus heridas. Comprende con sus ojos. En la
cercanía infinita. Voz sometida. Tal vez la historia. ¿Historia de la
realización de la idea de derechos humanos? ¿Paz perpetua? ¿Eliminación de la
asociabilidad? Museo metafísico. La memoria. Incertidumbre del recuerdo personal.
Apetito. ¿Crueldad? Aburrido. Sin tareas. Caminando. Embrutecido. ¿Arte?
Mostrar. No predicar. Aliviar una tensión inmensa. Expulsar el veneno. Aquietar
la agitación. ¿Libros? Tal vez sacarse el cerebro y llenarse de libros. ¿Experiencia estética? ¿Experiencia
ética? El arte es lo otro. ¿Y el
receptor? ¿Acaso el arte quedaría legitimado por el receptor? ¿Acaso el arte
sería tal por el receptor? Como víctimas, pasivos espectadores. Como víctimas,
para ellos es la sesión. ¿Arte? ¿Autónomo e irresponsable? ¿Util?
¿Representación del mundo externo? ¿Representación de la vida interior?
¿También el consumidor sería un artista? ¿Dependencia ministerial? ¿Fuerza que
resiste a la razón estatizante? ¿Concepto, idea, composición que exige
interpretación? ¿Signo de genio?
¿Especialistas que garantizan un producto? ¿Imposición del mercado, que
convierte cualquier cosa en obra de arte, que expulsa valores, nihiliza? Arte y
aparición: el arte como sucedáneo del presente. Desocultación de lo existente,
arte. ¿Desocultación de la desaparición de los existentes? Compulsión escópica.
El rostro, superficie de las emociones. Rostro, campo de cirugías. Rostro
desaparecido. Desaparecido. En el multiverso, esa realidad física que contiene
múltiples universos. Simpatía. Comprender sintiendo lo mismo que otro. Un
sentido oscurecido, el que elimina la individuación de los hombres por su
cuerpo, el que eleva a los hombres sobre su cuerpo. Unidos a los desaparecidos.
El vacío de los vivos unidos a la plenitud intensa de lo vaciado, de las luces
que restan mientras las sombras avanzan.
Es el prójimo receptado en el propio yo (ese yo que fue indiferente por
el prójimo). Es el sentimiento del todo. Esma, depósito vacío. Museo, templo
del olvido –olvido del presente. ¿Laboratorio político? Museo, visión del
poder, objeto de la política pública. (Para el público, no ciudadanos.) Museo,
la pretensión de hacer surgir una totalidad con fragmentos. (De lo
teológico-político hacia lo estético-político). Escribir (no representar) para
acomodar juicios intuitivos. Movimiento para emancipar, para clarificar, para
abarcar con la vista las zonas más oscuras: Esma. Clarificar (eso es lo que
hace lo decible) iluminación (comprensión súbita). Sin causas, sin mecánica del
alma. Lucha contra el embrujo y el estrangulamiento conceptual.
¿Desmitologizar? Escribir. Escribir para olvidar (no un olvido pasivo: es un
olvido de ese olvido pasivo). –Señor
padre, ¿sabe dónde está su hijo ahora? Persistencia de la herida, memoria
de las imágenes pasadas. Siluetas de desaparecidos. En el pañol, bajo la
penumbra de muebles, ropa, electrodomésticos. Hombres y objetos almacenados. El
botín. Y libros. Leían los desaparecidos, sólo los que estaban “en proceso de recuperación” –no los encapuchados. Lila Pastoriza recuerda una
novela de espionaje, “La orquesta
roja”, de Gilles Perrault.
El cuaderno,
compañero de experiencias, testigo de miserias
Rubor, ese color encendido que la vergüenza le arranca al
rostro, invade cuando una posesión íntima es expuesta. Maestras y profesores
siembran rubor cuando toman y revisan los cuadernos de la clase. Ellos,
autoridades, no se ruborizan, simplemente corrigen. No atienden más que a
errores y a aciertos. El cuaderno es la prueba de la atención al maestro. Y
durante la evaluación –un juicio-, el rostro es el teatro de la inquietud
interior. Se exige prolijidad y corrección. Pero el cuaderno es compañero del
tiempo: distracciones, ejercicios, manchas, rutinas y migas que se pegan. El
cuaderno, tinta más tinta, trazo suave y fluido, después forzado, rígido,
críptico. Es siempre de uno, aún a pesar de las marcas de los otros. Es siempre
un espacio cálido para recorrer; es espera de completitud. Que nunca logre la
perfección le es propio: después de la etiqueta viene el trabajo con enmiendas
y tachaduras, y una imagen lograda, y más trabajo, pocas veces perfecto,
siempre alojando las huellas de cómo se hace la perfección. Y el cuaderno se
llena de trazos impersonales. El cuaderno, pero, es siempre personal; documento
de identidad íntimo, documenta lo hecho, la tarea de uno por ser, lo por
hacer. Los cuadernos respiran aire de
trabajo, consumen el afán de sumar, dejan el cansancio de la tarea, muestran el
logro, la repetición, la cercanía física. Siempre, un documento íntimo, un
testimonio del obrar del tiempo, de la fiebre y de las vacilaciones, de la
manufactura de las manos y del pensamiento.
Un método
micrológico y fragmentario
El universo en cada sensación. El orden de las cosas no es el orden del pensamiento, escribió
Simone Weil en uno de sus cuadernos. La lectura de las sensaciones,
desarraigarlas para comprenderlas, atender para sentirlas. Pensar, recorrer
sensaciones y teorías. Traspasar el desierto y el río. Desapareció un yo
–miles- del tamaño del universo. Leer, leer –atención- la desgracia.
Una inmensa fábrica de miseria que lo
abraza todo y a todo lo vacía; que embrutece y empobrece la experiencia. Fue
Benjamin, en 1933, quien diagnosticó la pobreza
de experiencia de la época moderna. La experiencia también desaparece de la
palabra y del relato. Se deshace la experiencia como medio de legitimación de
cualquier autoridad. Una intención:
desembarazarse de toda experiencia, tras la ilusión del grado cero para
recomenzar, para repudiar una experiencia manipulada. En el fondo, la desconfianza
a la experiencia, la pérdida de su valor, el relegamiento del sujeto de la
experiencia. En el fondo, el sujeto de la experiencia desapareciendo,
aniquilado. Desapareció también el lazo que une experiencia y conocimiento, que
permite aprender a través y después de un padecer. Ni ese padecer la
desaparición ha permitido aprender. Desaparición como neutralización; desaparición que le quita experimentabilidad
a los desaparecidos. Desaparecido, ese yo queda aniquilado, sin experiencia
-sin experimentarlo- su representación se vacía, su representación se deshace.
Insistir,
aún chocando con el fracaso. Insistir en las correspondencias experiencia y
conocimiento; experiencia y relato. No hay autoridad que garantice la
experiencia; no hay experiencia que legitime una autoridad. Insistir, ahorrando respuestas teóricas a
las preguntas, haciendo visibles a las preguntas mismas. Conjurar el embrujo
que pueda haber entre mística –o magia- y positivismo.
Es trabajo. Trabajo por el espesor, por la materialidad, por duración.
La experiencia del dolor se adhiere, como las quemaduras. Eso más el pensar.
Pensar no es adherir, es movimiento. Movimiento que recorre, de a uno, los
renglones del cuaderno.
No se puede
comprender mientras se espera una teoría. Contra el impulso de rastrear un
origen, de ordenar los fenómenos históricos en una sola serie causal, como si
se tratara meramente de alcanzar causas externas de un fenómeno significativo:
hechos que a veces se usan como si pudieran explicar la esencia de un valor.
(¿Acaso el sentido de la acción de los desaparecedores podría recibir
fundamento o justificación o explicación por alguna teoría que podamos tener?)
Obtener perspectivas, conformar –exponer- la perspectiva de la totalidad. Una
teoría sobre los desaparecidos no tiene ningún valor en un sentido: no daría
nada para la ética, la estética, la religión, la filosofía. Quizás dé algo para
la práctica política, o jurídica, pero eso dependerá del interior de la
práctica. (No explicar –cualquier explicación parece condenada al fracasa y
merece el rechazo. Buscar, interrogar. ¿Qué tienen que ver las palabras con los
desaparecidos?) La memoria convertida en un fichero. La investigación rozando
los límites de lo representable, tal vez impidiendo hacer más preguntas. No se
llega al fondo de las cosas, sino que se alcanza un punto a punto a partir del
cual ya no es posible ir más lejos, ya no es posible hacer más preguntas.
Trabajar desde dentro, por las relaciones internas se puede entender. No puede
hacerse entender la existencia de desaparecidos a quien no lo entiende. No se
pueden mostrar los desaparecidos,
sino indirectamente (así también puede decirse algo). No se puede conjurar con
las palabras algo de un orden más elevado. Lograr una visión clara, mostrar los
hechos de una manera transparente. Ver las relaciones. ¿Y la verdad? Ninguna
teoría en particular. (Englobar a las teorías pragmática, de la correspondencia
y de la coherencia.)
Conocimiento silencioso
(Conocimiento
y confianza, voz y salida, el saber y el costo de la crítica.) Pocos ejercieron
la crítica. Muchos fueron ciegos a lo que veían. Prefirieron creer en lo que
decía la propaganda oficial: tuvieron confianza. (Conocimiento y
distanciamiento: la distancia entre el sujeto y las consecuencias de sus
acciones reducen el esfuerzo de participar.) A distancia, la mayoría participó
con su pasividad. Sabían todos, salvo la profesora de la película “La historia
oficial”, qué pasaba en la Argentina tomada por los militares; y quien no sabía
podía fácilmente averiguarlo con sólo buscar, ejercer mínimamente su voluntad
de saber. Sin embargo, casi todos actuaban como si nada ocurriera. Así tomaron
el lema militar “Los argentinos somos derechos y humanos”, ya que de otra forma
hubiera significado reconocer la propia responsabilidad de la sociedad por las
desapariciones. La distancia no fue para conocer: fue para seguir participando,
para seguir integrando la cadena de complicidades con un perfume de inocencia,
el mismo perfume barato que en 1984 tiñó las reacciones ante las primeras
muestras por televisión de la represión militar. No podían seguir negándose a
saber porque ya no había militares con quienes participar, a quienes obedecer.
Para ingresar a la democracia se debía correr ese velo de ignorancia: debió de
cumplirse esa farsa. Conocimiento, más bien dos formas diferentes de
desconocimiento estuvieron presentes en la sociedad: no querer saber y, luego,
depositar el saber de lo ocurrido en el pasado. Y ya eso sentó el presupuesto
de lo que vendría: obediencia debida, punto final y, por fin, indultos. Claro,
se trató de un autoindulto, para seguir como si nada hubiera sucedido.
Desconocimiento intencional, para seguir integrando la cadena de complicidades
durmiendo bien, sin remordimientos: el alegato de ignorancia como el de
obediencia debida. Simplemente no conocieron aquello que fue materia de
conocimiento prohibido. Cumplieron con la obligación negativa: no conocer.
Obedecieron. Desconocieron activamente. Callaron ante todas las evidencias.
Después, claro, vieron el show televisivo; después se olvidaron. De nuevo
obedecieron. Olvido. Siempre estuvo ausente el significado moral de ese
desconocimiento, de la indiferencia, del olvido. Estuvo ausente la
responsabilidad, fue una responsabilidad flotante que, como efecto de la
paradoja de la acción secuencial, eliminó toda responsabilidad. (Dualismo
razones/causas.) Claro que ese estado de las conciencias y sus consiguientes
acciones fueron razones de esa, de esta, sociedad fundada en la desaparición.
¿Fueron la causa? (Dualismo imagen manifiesta/conocimiento racional del mundo.)
El sentido de aquel presente, teñido de ideología, confusión, ¿acaso permitía
un pensar diferente, en apariencia más
fácilmente accesibles desde un exterior –un exterior temporal como el presente;
o un exterior geográfico? No permitió gran densidad en el pensar. Ni siquiera
las bestias gobernantes inspiraron la reflexión. (“Los animales son buenos para
pensar”, escribió Lévi-Strauss. Pero no se pensó en Massera. No pensaban los
vecinos de Esma. No se piensa. Todos animales.) Nada es tan difícil como hacer
justicia a los hechos. Hallar el camino del error a la verdad. Zambullirse una
y otra vez en el agua de la duda. Dudar: ¿se puede explicar la práctica social
en otro tiempo, en el tiempo de la dictadura? ¿Cómo ver como se vio? Ver las
conexiones. Sentir el silencio. Entre dos extremos. El silencio equivalente a
callar aquello que puede decirse, que quizás también deba ser dicho. Forma
pasiva, cómoda de complicidad. Refuerzo de la autoridad. Reducción del
pensamiento. Concesión de la palabra al poder (y, por supuesto, al revés: la
palabra como derecho del poder). El silencio como forma de expresión de lo
indecible, como ritualización del asombro. El rito de las madres, marcha en
silencio alrededor de la pirámide de Mayo. El silencio en Esma. El silencio
quebrado/creado por un grito de dolor. Como un abismo en el camino. No se trata
del silencio de la plenitud, de cuando la palabra ser revela limitada y
sobreabundante, torpe e innecesaria.
Tampoco del silencio que cuida el sentido de las palabras. Mucho menos
el silencio por el gusto de la soledad, por el amor a los lugares vacíos de
presencia humana. Fue, es el dejar las cosas calladas. Hacer ruido, gritar un
gol, gritar el nombre plateado del país, el nombre de una riqueza desaparecida.
Ruido que silencia. Ruido del Mundial del 78 a cuadras de Esma. Fue no escuchar
el dolor de los silenciados. Fue, también, dejarlos solos, sin voz. Buscar en
el silencio un maestro. Atravesar el río contaminado. Hacer el duelo. Que el
silencio del desaparecido no sea ensordecedor. El silencio puede ser cicatriz.
Pero no cualquier silencio.
¿Abismo entre
regla y acción? Ninguna interpretación –otra formulación de la regla- podrá
salvarlo. La acción no estaría mediada por
la interpretación, aun entendiendo por interpretar “así se entendió la regla”.
Actuar según la regla no es interpretarla –darle otra formulación-; es
evidenciar que se la entendió correctamente. Una regla “es un signo, y su
significado no puede ser determinado por otro signo; los significados de las
reglas, como los de todos los símbolos, deben ser determinados por las
acciones, esto es, por la manera en que se
emplean las reglas”, sigue a Wittgenstein el texto de Andrei Marmor, “Interpretación y teoría del
derecho” (Gedisa, Barcelona, 2001, p. 193). En la práctica se manifiesta si se
sigue o no, sobre la base de una conexión normativa entre las reglas y las
acciones, consistente en la existencia de una costumbre de emplear el signo o
la regla de una manera y no de otra. No es una explicación causal ni
psicológica: “hay una captación de una regla que no es una interpretación”
(Wittgenstein, “Investigaciones Filosóficas”, 201), y habría una manera de
comprender un enunciado que no consiste en interpretarlo. Interpretar, por su
lado, no halla fundamento en intenciones (universales o no); además, esas
intenciones no son siempre conmensurables ni se basan en una única clase de
juicios valorativos. La teoría de la interpretación no sería una práctica
interpretativa: la interpretación es componente de la práctica; la teoría de la
interpretación, en cambio, sería una teoría que en sí no se conciba como una
interpretación, sino como una explicación de la interpretación, sobre la base
de diferenciar las actividades de aplicar reglas y de crearlas. No tiene
sentido hablar de reglas ocultas: emplear el lenguaje es participar de una
actividad gobernada por reglas. Y las reglas perspicuas guían, evalúan,
instituyen. La representación perspicua como el modo en que se ven las cosas.
Comprender una regla, de esta manera, daría cuenta de la capacidad de
especificar qué acciones son conformes a ella (aunque quede un halo de
incertidumbre) de la misma manera que comprender una proposición implica la
competencia de especificar sus condiciones de verdad. No se interpreta aquello
que está determinado por reglas (aunque sí se puede explicar la regla). La
interpretación, entonces, excepción, no es una actividad que se rija por
reglas.
Evidencia, síntoma que no cambia el significado. Si cambia el
criterio, sí que cambia el significado. Evidencia y criterio fluctúan en la
ciencia. Significado, se lo conoce si se tiene la habilidad de emplearlo
conforme las reglas del lenguaje. (Un error: buscar todas las reglas, concebir
todos los juegos como completamente reglados.)
Bien, ¿pero cómo explicar lo
sucedido? ¿cómo hacer justicia a los hechos? Nada es tan difícil. Si hasta la
idea de explicar una práctica es equívoca. Además, en nuestro lenguaje está
depositado toda una mitología.
Seres
hundidos. Imponer ese fondo, hundir como desaparecer. Quizás algunos de esos
que hicieron Esma sean parte del fondo de imposición que despliega la técnica
moderna. Quizás; pero ellos parecen más cercanos a los hombres primitivos, y
más que sujetados a esa voluntad de apoderamiento técnica, parecen actuar con
prescindencia de opiniones. ¿Ellos? Sería tranquilizador: ellos, diferentes,
actúan como primitivos. De un enemigo abstracto, endemonizado, a otro
deseccionado: de un error a otro.
E, fábrica cultural
En Sombra larga y oscura, conferencia de
Imre Kertész, sobreviviente de Auschwitz, incluida en su libro “Un instante de
silencio en el paredón. El holocausto como cultura” (Herder, Barcelona, 1999,
p. 65), se dice: “El problema, estimados
oyentes, es la imaginación. Para ser más preciso: ¿hasta qué punto es capaz
la imaginación de sobreponerse al hecho del holocausto (al hecho de las desapariciones), hasta qué punto puede aceptarlo y
hasta qué punto el holocausto (las
desapariciones) ha pasado a formar parte de nuestra vida ética, de nuestra
cultura ética, a través de esta imaginación receptiva?”
En los límites del espíritu, en los
alrededores de E, en la propia tierra, en el hogar, en el errar, en el error,
en la desaparición. Atravesar las miles de oscuridades, atravesar espejismos,
hasta vivir en el desarraigo, adaptado a la nada, en el camino de la carencia.
Y ser extranjero en el propio suelo. E,
única creación duradera del Proceso, las desapariciones, forma del exterminio
que puso fuera de la ley al ser humano. (Me refiero bajo ese toponímico –E- a
la aniquilación). Desaparecidos:
vivencia que tira. Grito que brota de la tierra, de las aguas. Vivencia
que arrasa con la cultura. (Cultura, comunidad anímica y afectiva opuesta al
olvido.) La cultura no alivió a los prisioneros. (“¿Te acuerdas cómo me gustaba
Platón? Ahora sé que mentía”, escribe otro prisionero de Auschwitz, el católico
polaco Tadeusz Borowski, “porque la idea no se refleja en los asuntos
terrenales, sino el trabajo humano sudoroso y sangriento.”) Mientras tanto, las
víctimas perduran como inconciliables e incorregibles, como opuestas a la
historia. Mientras tanto, se rechazan las exigencias morales de los
sobrevivientes, alimentadas por el dolor pero no sólo por él. Hasta la última
de las madres, el último de los hijos, el último del linaje, la avería
persistirá. Persistirá, pero se va estrechando el recuerdo vivo del genocidio.
Mientras tanto, apropiarse de una realidad hostil, esfumando las
representaciones nebulosas, mostrando a los que quedan, seres humanos
escandalosos: torturadores y uniformados pulcros, rutinarios y obedientes, buenos soldados; vecinos insensibles,
indiferentes, sin confianza en quien tenían a su lado y veían desaparecer ante
sus ojos; ciudadanos cobardes, pasivos, crédulos y ciegos voluntarios.
Persistencia de los hombres enemigos. Los hombres derribados, la sociedad los
continua desapareciendo. Es una práctica, es una cultura opuesta a la
fraternidad. ¿Pero, entonces, ha podido el genocidio crear valores?
¿Irrepresentable?
Desaparecer que nunca acaba, desaparecer sinfín, tolerado
por unos semejantes devenidos en público indiferente, pasivo, distante,
anhelando el olvido para seguir como si nada hubiera sucedido. Violencia
consentida. Ante esto, al silencio se le da la palabra. Y se dice que ningún
arquetipo, ningún tipo ideal, ninguna teoría o experiencia anterior alcanza
para representar lo que ocurrió –lo que aún ocurre. Pero, ¿acaso así no se mistifica o idolatra? Es
cierto que puede calificarse de extraordinario lo sucedido, y hasta es válido
señalar que ello excede a los marcos tradicionales de representación y
comprensión, cualquiera fueran ellos; lo mismo que se ha dicho sobre la Shoá.
Algo así, tan increíble, ¿cómo narrarlo? Maniqueísmo: Unos veían un cuerpo
enfermo y se sentían cirujanos. Otros veían un apocalíptico uso de la violencia
sobre la sociedad civil. ¿Imaginario político autoritario? Las prácticas fueron
y aún son autoritarias. Fernando O. Reati, en “Nombrar lo innombrable.
Violencia política y novela argentina: 1975-1985” (Legasa, Buenos Aires, 1992)
describe las visiones de la violencia en la novela argentina posterior al
golpe: “La violencia vista como sino fatal (Giardinelli), como conflicto moral
que cada individuo debe resolver (Costantini), como resultado de privaciones
psicológicas (Asís), como frustración existencial (Torre, Rabanal), como
presencia semimágica (Moyano, Martini, Valenzuela), expresa la deideologización
relativa que se ha producido en relación a la literatura militante” (p. 60). Se
recupera la autonomía del arte luego de una gran subordinación política. Las
obras que siguen atadas a una ideología totalizante se resienten por su falta
de ambigüedad. Contra las certezas anteriores, y el discurso heroico, contra el
reduccionismo maniqueo.
Contraluz. Usar como capucha la bolsa de los biscochitos de grasa para
el mate (novela de Jorge Landaburu, “Se lo tragó la tierra”). Un secuestrador
apurado para llevar a la víctima al campo donde se la mataría: tenía que pagar
una cuenta de la luz antes de las 3 de la tarde (caso real, contado por Andrew
Graham-Yooll). (Contraluz. Moralismo del discurso oficial y del ejercicio de la
censura en base a valores cristianos.
Esclavización sexual de detenidas, picana en vaginas, penes y senos;
violaciones y abuso del cuerpo del otro hasta su destrucción.)
Quedar como si uno fuera otro: tal la sensibilidad
perdida, la coraza que posibilita la violencia, la aniquilación, la tortura que
usa al otro como cuerpo, que aflige dolor casi como si ese dolor no valiera;
más que dolor para la otro, como expresión del torturador que extiende sus
miembros, sus instrumentos, sobre el cuerpo ajeno, que lo hace saltar a su
voluntad. Ante esa experiencia de insensibilidad, buscar un medio para
trastocar una idea de identidad personal. Y trastocando esa idea, ese límite
–E-, quedar como si uno fuera otro. Otro no particular; otro poético,
universal. Otro, desaparecido; referente ausente a partir del cual se
construyen relatos fragmentarios, testimonios, historias y tramas, todos ellos,
memorias y saberes, destinados a oponerse a esa segunda desaparición, la desaparición
de las señales del aniquilamiento. Olvido que se convierte en complicidad es
olvido del otro.
¿Estética del
silencio?
Karla Grierson, en “Palabras que hacen vivir: Comentarios
sobre el lenguaje en las narraciones de deportación” (en Pablo Dreizik, comp.,
“La memoria de las cenizas”, Secretaría de Cultura de la Nación, Buenos Aires,
2001) afirma la existencia de un conjunto de narraciones de la deportación que
se inscriben en la lucha contra la “indecibilidad” y la “invisibilidad”
lingüística, trascendiendo y contradiciendo una estética del silencio. La
lengua, así, espejo de la experiencia humana. “Al mismo tiempo que ellas [las
referidas narraciones] vehiculizan infaltablemente los detalles de la muerte
por violencia, esencia de la deportación nazi y más particularmente de su
proyecto genocida, las palabras de los deportados, si ellas son literalmente
las ‘palabras de la Shoá’, son también las palabras que hacen vivir.” (p. 133).
Indecibles, invisibles: millones
de no desaparecidos dejaron indecibles e invisibles a los desaparecidos.
Vaciando sentidos, multiplicando pasividad, extendiendo la ceguera, todo por el
no saber y la complacencia por no saber, desinterés por el otro, interés en
conservarse como si nada. ¿Alcanzados por la obediencia debida? A gritos,
haciendo silencio. 1978, Mundial de fútbol. “Los argentinos somos derechos y
humanos”. Durante los festejos por haber ganado el Mundial, un grupo de
detenidos en Esma (Graciela Daleo entre ellos) fue sacado y paseado por los
alrededores para que pudieran ver “el fervor popular” –tal la frase empleada
por el “Tigre” Acosta a los secuestrados. Desaparecidos entre millones de
fanáticos que saltaban de felicidad. “Era difícil sentirse más sola”, dijo
Daleo. Cavar, entonces, en nosotros mismos como topos, hasta el fondo, hasta lo
indecible, lo invisible, hasta sentir lo desaparecido; hasta sentir
responsabilidad por la desaparición, por haber dejado indecible e invisible a
la desaparición. La polis fue el ámbito de la desaparición, y en ella, en esta
ciudad, la voz, ese atributo que nos diferencia de la animalidad, fue
enmudecido. Pero no hubo en cada boca una mordaza.
Como la piel
sobre el agua profunda
“Un espíritu libre no debe aprender como esclavo”, la frase
de Platón, el título del libro de Roberto Rossellini, pero ¿cómo forjarse un
alma entre intensos dolores, sintiendo que las percepciones se ahondan, que el
dolor penetra, que la resistencia se debilita? Tal vez con opio. (En su
“Introducción a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel”, Marx dice:
“La angustia religiosa es, por una parte, la expresión de la angustia real y,
por la otra, una protesta contra esa angustia real. La religión es el suspiro
de la criatura oprimida, el calor de un mundo sin corazón, como también el
espíritu de las condiciones sociales donde el espíritu se ve excluido. Es el
opio del pueblo.”) La lastimosa realidad inhumana de los seres humanos, el
embrutecimiento, el tejido de la alienación, los pensamientos tullidos. Y
mientras teje y desteje, la desaparición, el estremecimiento del ser, lo que
hace nada al ser, retira todo gesto como si no hubiera más sentimiento que
hacer visible.
Estrellas que
se achican, los cielos en retirada, el silencio crece. Desde el sueño se apaga
el incendio del tiempo. Sus voces no están a salvo y ya no hay un ojo. La
palabra, demasiado, se aleja sin poder alejar el dolor, adecuándose al agua.
Agua, el elemento, la palabra. Agua, desaparecidos. Desde el sueño vienen, y ya
no hay un ojo. Yo estaba cuando sucedió -¿dónde?- como si estuviera fuera del mundo. Yo estaba. Yo no estaba. Sin
apoyo en la mejilla de nadie. Con otros sin nada en el alma. Con ruinas que en
apariencia sobreviven. Estábamos muertos y podíamos respirar. No hay lejanía.
En el desierto, sin la experiencia del desierto. Sin arraigo, sin silencio.
Vacío huella. El nombrar tiene un
límite.
No ver nada. No sentir vértigo. No saber del abismo. Ni
imaginar qué es el agua argentina. Impotentes, débiles que no pueden adueñarse
de un recuerdo, que siquiera fueron consciente del peligro que padecían. No
pueden buscar la verdad (la verdad está del lado del no-olvido). Ni siquiera
una voluntad. Sólo indiferencia ante el aniquilamiento. Silencio sin nervios.
¿Escape ante el dolor? Arena. Tiempo, posibilidades percibidas. Arena
cubierta por el río, por las aguas del olvido. Ni el arte tenemos para no
perecer en la verdad. Todo se inclina hacia esas aguas. E, una pendiente hacia
el río. Un espacio vacío. Vacío de miradas, de sonidos, de ideas. E vaciando.
Teatro cruel, E presentó una índole esencialmente artificial y espectacular.
Teatro donde fue verdadera la experiencia física. Los cuerpos como inmensos
campos que recorrían palmo a palmo los torturadores. El frío subiendo desde el
río. Bajando la sangre. Sin atención. Lo colectivo, la masa, el refugio de los
desatentos, de los renunciantes a la capacidad de percibir, de concebir. No se puede respirar. La no-respuesta: el silencio tampoco
fue cargado. Repulsión de sí mismo. Cultivar la sensación de culpabilidad y de
suciedad. Remover esa E cosificadora.
No pasa el ruido, ese ruido continuo, el ruido que hacen los
desaparecedores y que antaño no se oyó. Se apodera, uno a uno, de la cabeza de
todos. Quienes hicieron silencio, quienes fueron testigos impasibles, son
perseguidos por el ruido. Justo ellos, que hicieron del silencio un fin
metafísico.
La noche sigue... y no es hacia la paz adonde fluye.
Antonio Di Benedetto, “El silenciero” (Adriana Hidalgo, Buenos Aires,
1999, p. 188).
Estetización
del dolor, voyerismo sentimental, ¿esa sería la correcta interpretación de
“Migrations”, la obra fotográfica de Sebastiao Salgado? ¿Qué decir de Aleksandr
Sokurov, el cineasta que en “Moloch” trató de comprender, sentir el interior
del Führer, de Eva Braun –especialmente
de esta mujer de quien dice que estaba enamorada del futuro de Hitler-, de
Martin Bormann, Josef Goebbels y la esposa de este último; y lo hizo aspirando,
más allá del tema, a la perfección visual?
¿Qué distancia trazar
ante el arte? Eliminada, se hace magia. Ilimitada, ningún lazo, ninguna
identificación entre la obra y el receptor. Voluntariamente se suprime la
incredulidad. ¿Pero si nada alegra, nada entristece? La inquietud, la angustia
inefable, el nihilismo interior. Arte, posible remedio ante la necesidad de un
pasado, posible hacedor de jaulas simbólicas. Posibilidad. Tal vez ya no. El cine se
volvió imposible, dijo Godard, porque el horror de Aushwitz no fue filmado.
Descubrir la lentitud atenta y serena, fuera de la
movilización (obra de la gran ciencia, el gran capital, la gran tecnología, los
grandes medios, como afirma Peter Sloterdijk) y contra la metafísica de la
inmovilidad y la introspección. Fuera del viejo
nihilismo de la eternidad y la sustancia, y
del nuevo nihilismo del cambio y la movilización. Atentos a la llegada de un dolor inesperado,
abiertos a la existencia de esa posibilidad, aunque agobiados por las penurias
del mundo y la desazón acerca de uno
mismo. Pero este cansancio, ¿qué es el nihilismo sino este cansancio del
hombre? Y nuestra historia, ¿acaso no es la de la de un lento suicidio?
Argentina nihilista que tiene el ir
hacia la nada como valor supremo. Un
nihilismo cansado pero destructivo, que todo lo roe, que hace desaparecer. Y no
hay ojos que aguanten este paisaje, donde sólo sucede la desaparición. Camino
hacia abajo, los políticos se han hecho impopulares. Y Sloterdijk, desde lejos,
explica por qué: “no porque sean distintos del pueblo, sino porque son
idénticos a él. Rara vez está el pueblo tan abcecado como para encontrarse
popular a sí mismo. Cuando se siente desconcertado, elige con instinto
infalible a los que indefectiblemente han de sumirlo más profundamente en ese
estado.” (“Eurotaoísmo”, Seix Barral, Barcelona, 2001, p.168.) Hundidos en la
ambigüedad del yo, sólo la música abastece nuestra necesidad de huida del mundo. Hay
pasividad. (Lejos de Marx, filósofo de la movilización: “todo lo fijo y
estable se evapora”; lejos de Pablo, el iniciador de una “santa movilización”
que generó buena parte de las energías psíquicas y políticas de Europa.) En
pánico (el pánico como éxtasis negativo, incorporación del yo a la ruina del
mundo, desesperación metafísica). Lejos de la ingenua creencia de que sólo en
la proximidad del pánico son posibles la culturas vivas. Lejos de la
estúpida afirmación de que “la desgracia nos hace sabios”, como si la
sabiduría se hallara unida a la memoria del dolor.
No pasa el
tiempo, los dolores ya no duran en el sentido de que acabarán en algún momento.
Desaparecida completamente la esperanza. Toda la vida socavada. Tocando sin
sentir, sin poder dar sombras, en la cueva de la nada, con un fuego negro. E contemplada en una especie de eternidad (sub quadam specie
aeternitatis): cenizas de la cultura. Insomnio, vacío, con la piel pudriéndose,
todos débiles, bajo una enfermedad estremecedora, pero así comprender, exigir
al máximo la mente, oír esos ruidos mortales. Acosan, las analogías son mortales,
devastadoras, inyecciones de sufrimiento. El río, de la plata al fango, río de
la desaparición, río de E, río de cadáveres. Aquí existe una devastación
inimaginable. La reacción ni siquiera es la irritación: pasamos de las murallas
exteriores de E a las interiores, bajeza, miedo no: cobardía, inhumanidad.
Paseos sin palabras, escuela superior de la muerte argentina, muerte que es
desaparición. Paseos donde se ven
hombres, hombres desgraciados. La pobreza los iguala a todos. Sin refugio,
todos esos hombres ante un pozo infinito, desaparecidos. Muerte vaga,
desaparecidos para los sentidos. Desaparecidos para los ojos. ¿Sólo para los
ojos? No los oímos, ni los vemos abrir la boca: no podemos sacarlos de las
tinieblas, allí donde ingresamos para no existir. Allí estamos, y sabemos pero
no comprendemos. La desaparición prohibe cualquier coincidencia de nosotros con
nosotros mismos: no tocamos nada, no podemos ya acariciar, dejamos de hacerlo,
dejamos hacerlo, lo hicieron. ¿Qué? E, práctica de fisiología monstruosa en la
noche abismal del insomnio. ¿Tomaron rehenes? ¿Se apoderaron del bien? No
tuvieron necesidad. La oscuridad de un museo maloliente, la expedición a
nuestra propia atrocidad.
El yo tratándose a
sí mismo no como alguien que aún no sabe, ni como alguien que rechaza lo
que el mismo propone. El yo, aquel que no puede discernir si su acción se
encuentra determinada por sí mismo o si tal determinación es externa. El yo,
individuo que trata de corresponder a la individualidad dirigiéndose hacia las
desviaciones: el escándalo, el vanguardismo, la crítica neurótica y estilizada
a todo lo establecido. Y esta dirección se copia y se expande para
autodescribir al individuo como individuo. Y así se narra la pérdida del
sentido, quizás porque el ser humano ha logrado describirse a sí mismo como
individuo. Y cuestiona la legitimación.
Y cuestiona interrogando hasta el
por qué de la protesta, y choca con
la unidad de la diferencia, la inexactitud entre el poder que establece
el derecho y, como señaló Benjamin, el poder que lo mantiene. Un yo entendió,
en los albores de la modernidad, a la historia como historia de la realización
de la idea de derechos humanos. Creyó posible humanizar la guerra, que sea cada
vez menos frecuente, que se eliminaran las guerras de agresión. Se ilusionó con
la posibilidad de eliminar la asociabilidad. Otro yo, ante la crisis reclamó
remedios. No propuestas de reformas ingenuas: una medicina científica de las
naciones y de las comunidades supranacionales. Husserl, en la conferencia “La
filosofía en la crisis de la humanidad europea” (Viena, 1935), representó a la
humanidad como un mar en el cual los hombres y las mujeres son olas que se
configuran, se transforman y luego desaparecen fugazmente, las unas
encrepándose más rica, más complicadamente, las otras de un modo más
primitivo. La humanidad europea sería la ola griega del total devenir espiritual,
una humanidad que viviendo en la finitud tiene poder de infinitud a partir del
espíritu de las ideas, tiene tareas infinitas desde el horizonte ilimitado de
la ciencia. Pero en la crisis el horizonte irresuelto deja el hombre bajo una
insoportable oscuridad sobre su existencia y sus tareas. Husserl finaliza
aquella conferencia señalando que “la crisis de la existencia europea tiene
solamente dos salidas: o la decadencia de Europa -y Europa es una figura
espiritual, no una unidad geográfica- en un distanciamiento de su propio
sentido racional de la vida, el hundimiento en la hostilidad al espíritu y en
la barbarie, o el renacimiento de Europa por el espíritu de la filosofía
mediante un heroísmo de la razón que triunfe definitivamente sobre el naturalismo –propio del hombre en
un período prefilosófico que naturaliza a las ideas y a la conciencia,
suprimiéndose a sí mismo. El peligro más grande que amenaza a Europa es el
cansancio.” Husserl, concibió a la filosofía como la ciencia de todo el mundo,
de la única totalidad que abraza todo lo que es, que puede curar a esa humanidad
ciega y sorda. Un yo concibiendo a la filosofía como autorreflexión de la humanidad. Heidegger, aquel que se pavoneó
con el nazismo, advirtió sobre el peligro no de la técnica, sí de su esencia:
la im-posición que pone en peligro la relación del hombre consigo mismo y con
todo lo que es; que oculta el desocultar, desfigura el esplendor e impide la
experiencia de una verdad más inicial.
Heidegger se pregunto si este peligro alberga
el crecimiento de lo salvador –salvar como recoger la esencia, traer la esencia
a su propio aparecer. El arte, para ese yo, lo salvador.
En esta inmensa fábrica de miseria en que vivimos, la
experiencia se halla empobrecida. Intimamente avergonzados de los hombres:
alcanzamos esta convicción luego de sentirnos quebrados, impotentes, caídos y arrasados, refugiados
en campos de concentración que van ocupando todo el espacio (Esma, Auschwitz, campos vacíos por dentro que se van extendido por los suburbios).
Seguimos sin aprender el sentido y, sin voluntad ni reflexión, quedamos
pasivamente detenidos en el partido de
fútbol que siguen jugando torturados y torturadores, en el mismo partido que
comenzó en un campo de concentración nazi, tal como lo testimonió Primo Levi.
Absortos, en la canción de Arrostito para Chamorro: no en el canto, en
el gesto.
Pobreza
de experiencia de la época moderna.
“Infancia e historia. Destrucción de la experiencia y origen de la historia”,
de Giorgio Agamben (Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2001) describe los
intentos pesados y frustrados por describir una experiencia exhaustivamente,
nítidamente; recuerda el volver a “casa extenuado por un fárrago de acontecimientos –divertidos o tediosos,
insólitos o comunes, atroces o placenteros- sin que ninguno de ellos se haya
convertido en experiencia.” Esto vuelve insoportable la existencia cotidiana;
esto hace que la experiencia carezca de correlato en la palabra y en el relato;
esto deshace a la experiencia como medio de legitimación de cualquier
autoridad. Una cierta filosofía de la pobreza que rechaza a
la experiencia es común hallarla entre los jóvenes –y Agamben percibe a la
actual toxicomanía de masas desde la
perspectiva de esa destrucción de la experiencia; comprende que acaso en el
siglo XIX se tuviera la ilusión de efectuar
una nueva experiencia; hoy ya sólo se trata de desembarazarse de toda
experiencia-, pero “nunca, señala Agamben, se vio sin embargo un espectáculo
más repugnante de una generación de adultos que tras haber destruido hasta la
última posibilidad de una experiencia auténtica, le reprocha su miseria a una
juventud que ya no es capaz de experiencia. En un momento en que se le quisiera
imponer a una humanidad a la que de hecho le ha sido expropiada la experiencia
una experiencia manipulada y guiada como en un laberinto para ratas, cuando la
única experiencia posible es horror o mentira, el rechazo a la experiencia
puede entonces constituir –provisoriamente- una defensa legítima.”
Desaparecidos, no experiencia por definición. Desaparecidos, rechazo colectivo
a la experiencia, a la experiencia de la no experiencia. ¿Este rechazo es una
defensa? Pobreza. El viejo sujeto de la experiencia ha desaparecido. En su
lugar hay ahora sujetos que deambulan, deprimidos y atribulados, inútiles e
impotentes: no pueden tener experiencias, no pueden hacer experiencias. Tampoco
cuentan con paraísos artificiales donde refugiarse. Desaparecidos, carencia,
pérdida de la resistencia básica hundidos. Argentina, una puerta a millones de
desiertos. Desaparecidos, carencia que funda la depresión. Experimentar una
negatividad tan radical como la no- experiencia: extrañamiento. Extrañamiento que expulsa a la ideología del
tiempo lineal: desaparecer, abreviatura de la historia argentina. Desaparecer,
medio sin fin. Desaparición que se trata de filmar para tratar de
reapropiarnos, ya no de una experiencia, sólo de un gesto.
Testimoniar, inflar la memoria,
engordar recuerdos, clonar verdades, multiplicar juicios, escrachar, construir
parques de la memoria, recorrer turísticamente Esma: ¿podrán causar una
experiencia? ¿El silencio? Mística.
Empezar a orientarse. No hay hechos morales. (La “memoria colectiva”, de
existir, no sería un “hecho moral”.) Clamar por la memoria no es tener memoria
(más bien, parece indicar lo contrario). La memoria no puede hacerse
parque, archivarse o colgarse en una
pared. Experiencia extraña. Extrañamiento. ¿Cómo provocar extrañamiento? Un
país de extraños. Vecinos, amigos, compañeros, servidores de la patria: entre la
indiferencia y la hostilidad. Extraños. Hacer extraña la percepción de los
otros. (¿Así se comprende por qué la desaparición; por qué fue posible y sigue
siendo posible la desaparición?) Hacer extraña a la desaparición para que
aparezcan los desaparecedores (se los hizo “desaparecer” con indultos, punto
final, obediencia debida). Todos en la zona gris. Extrañamiento: desconfiar.
Testigos-sobrevivientes, “salvados” tal vez. ¿Y los hundidos? La vida ambigua
en la parte externa de Esma. Esma trazó la frontera entre las aguas de la
muerte y las tierras de los salvados, poblada de musulmanes. De allí, de
Esma, se salía para hacer desaparecer. Todos desmoronados, salvo unas pocas
madres. Demacrados, con la cabeza inclinada y la espalda encorvada, ni en la
cara ni en los ojos se percibe una huella de pensamiento. Hundidos. Sin
historia. Desaparecidos. Sin experiencia. Bajo la fuerza de la inercia y de la
entropía.
(Una mujer que con la vista tan mala lo ve todo. Ve el
kitsch masserista. La banalidad del arte. Ve el Hades, pálido simulacro de la
existencia real, destino de nuestra cultura. Ve la operación mitoligizadora.
Lee narraciones y escupe ante la hipóstasis semántica del propio acontecer que
duplica el espejismo del sentido Ve acontecimientos cotidianos, como subir a un
colectivo o comer un alfajor frente a Esma, y no le parecen reales; le parecen
metáforas de estados de ánimo. Ve al tiempo arrastrándose tan despacio. Ve las
experiencias que nos faltan. Ve el oscurecimiento de la oscuridad. Siente como
insoportable el dolor insoportable. Percibe como grabada para siempre en la
vitrina de la vida cada palabra usada, cada palabra con la que se llenaba el
vacío, se tapaba la desaparición. Siente cada día divino; guarda testimonio de
él. No ve ningún misterio en la desaparición. No comprende el hacer desaparecer;
no comprende el dejar hacer desaparecer. Ve escultos, seres que se dejan
llevar, que no dirigen su voluntad, ve la necedad de la apertura acrítica de
esas personas. Ve ataraxia. Percibe el acostumbramiento de una población
básicamente enferma, propensa a la violencia y al desvarío. Parecía cansada.
Escuchaba voces inquietantes.
Tropezaba, tropieza, con la brutalidad. Esma, para esa madre, condensa
lo siniestro, las tinieblas de una soledad desesperanzadora. Ve como si fuera
mañana. Escucha como si fuera ayer. Siente, y no puede más. El terror le llegó
a las palabras. Se pregunta, ¿por qué tanta niebla en la cabeza, tanta masa de
grasa? Parecen, dice, cadáveres. Están chupados.)
Intestabilis. Consecuencia de la negativa del testigo a dar testimonio
de lo que en su presencia hubiera ocurrido, consistente en privarlo del derecho
a volver a actuar como testigo y de requerir la presencia de testigos en
cualquier acto jurídico o litigio. De a uno, miles y miles de vecinos y de
transeúntes, por azar o por curiosidad fueron testigos de desapariciones. En
los momentos en que tenían que testimoniar callaron. Miles de jueces, fiscales
y secretarios judiciales rechazaron miles de habeas corpus. Intestabilis.
Querían comodidad. ¿Para qué sirve ver? No les interesa lo ocurrido. Creían
todas las obras representadas por el poder. Una sociedad de intestabilis. Queda
la palabra del sobreviviente, ¿pero qué sabe él?: -Repetimos cosas que
escuchamos de otros. Ya no sé si son mis palabras o la de otro, todo se confunde.
Y este es uno de los problemas más graves para dar testimonio, tales las
palabras de Jack Fuchs, sobreviviente de Auschwitz y Duchau, que fue a estudiar
a Yad Vashem qué pasó con él; él estaba adentro, no sabía qué pasaba. ¿Y qué
pasó con cada uno? Vivencias desoladas, lunares, de cuando el mundo fue
reducido a un solo río pardo. Vivencias de pasividad. Se deja la actividad. No
se actúa. Se repite. Rebaño. E, pastoreo en la aguas del no ser. Aniquilar,
para establecer la ficción de una comunidad de seres que congenian. Arrasar,
embrutecer, para domesticar. Y voluntariamente, los seres con voluntad se dejan
cuidar, se dejan hacer rebaño. En los trenes por atrás, en los autos por la
Avda. del Libertador, circulando, dando vueltas y vueltas al vacío. Naturalmente.
Naturalización de la violencia y de la indiferencia. ¿Sólo eso? Natural
ceguera, desaparición invisible. Tal vez, mundos infinitos en ese mundo,
infinitas culturas en esta. Tal vez, ¿pero cómo? Sin nada con lo que pudieran
compararse. Intimidad y distancia. Ritos y cuentos -ritos verbales. Adhesión y
protesta –una cultura acusa a otra cultura. La comedia del trabajo
ininterrumpido. La artificialidad insoportable. Falsedad. El que se representa
como feliz, el más infeliz. Lo mismo del bello. Mutilación. Inseguridad.
Fragmentación. Droga que acerca y aleja todo. El juego de los niños infelices.
Y aquellos sucumben como perros. Y el miedo. ¿Y qué parió esa crueldad?
Sobrevivieron los que sobrevivieron. ¿Y cómo evitar esa sensación de pérdida?
Vacío denso, claro. Escribir, cargar de significados la palabra desaparecido.
Por la claridad. Esa difusa figura, que no revela la verdad, ordena por
semejanza y contigüidad, para la memoria del dolor (no la memoria del
calendario oficial). Tinta para dibujar, letra a letra, sombras desnudas. No
misteriosas. La vida como lectura, durante largos años. La vida como rebaño.
Siempre como otro. La vida como naturaleza. Entramos en la escritura, leemos y
nos adaptamos. Escribimos, y escribir sobre el dolor, escribir sobre la
infelicidad suprema. Los libros subidos a la cabeza. Leyendo y escribiendo.
Exageración. Enfermos. Huir. Renunciar. Volver a leer. Recuperar la sombra. La
intensidad del actuar. Desmoronarse. Fracasar. Sólo la exageración muestra la
figura. Escribir. Leer el interior de nuestras paredes interiores, leer basuras
y también crueldades. Leer todo como una inmensa jurisprudencia. Expelerlo.
Ejercicio con sombras. Violencia con sombras. Las palabras grabadas en nuestros
tubos de sangre. Y manchas caóticas, desvalidas. Las palabras. ¿Por qué creer
en ellas? Sombras de sombras, libro que llena de palabras vacías lo vacío, que
asfixia al río.
Esma, tanque
de inmersión, fuerza disolvente, sonoridad de tormenta, pozo de thánatos.
Marina virus. Sentir el terrible hedor del agua: es lo que queda de esa
oscuridad que le dio forma a nuestro ser, que nos dejó encima de un vacío, que
se esmeró por extinguir sujetos, disolviendo materia. Como antes sobre el fondo
del hay surgía un ente, sobre el fondo de E surge una desaparición. Por la
hipóstasis, el ser pierde su carácter de existente. La hipóstasis es un
presente, una conciencia, un yo: no son inicialmente desaparición, sí
finalmente. El verbo desaparecer se
muda en sustantivo, desaparecidos, hipóstasis. ¿Reverso de la hipóstasis?
Acontecimiento mediante el cual E se convierte en verbo. Acontecimiento de
aniquilación, viaje forzado donde uno pierde a sí mismo. Inscriptos en el
mundo, desaparecidos por E, sentidos suprimidos, y E, fondo de nuestro hogar, campo
presentido. Levinas considera a Auschwitz como una realización de la
civilización del idealismo trascendental: E, lo que queda de esa civilización.
¿Se puede esperar la reparación de lo irreparable? Los sentidos, la
memoria, la narración, el conocimiento, en busca de lo todo desaparecido,
materia, experiencias, recuerdos, relatos y conocimientos. ¿Pero cómo recuperar
la plenitud de un tiempo ya salido, cómo hacer otro este presente hundido en el
fondo del vacío y de la supresión? ¿Una condena? Condenados a la desaparición,
por haber dejado que E se convirtiera en verbo e hiciera la desaparición. Por
ocultar lo oculto. Por dejar oculto lo desaparecido. Por cultivar la supresión
de los sentidos. (Los autos, acallando los gritos de avenida del Libertador. Nadie
entonces. Astiz en los bares y en las discos. Nadie acompañó un gesto seductor
con un acto de justicia. Nadie clavó un taco aguja en el ojo derecho de un
desaparecedor. Veinte años después, sólo una vez, una mano choca con el rostro
del desaparecedor.) Siempre se apunta a lugares vacíos. ¿Es perdón? Acaso nunca
sucediera un perdón limpio. Es inexigible. No es el desgaste por el mero paso
del tiempo. ¿Acaso el tiempo no afecta a la desaparición sino con más
desaparición, con la presión silenciosa y progresiva del olvido? Si la
desaparición es E, el olvido es el desierto. Olvido, entropía.
El presente como superposición de tiempos, unidades no
homogéneas, y cada una de ellas un haz de relaciones. En ese presente también
se intenta capturar la memoria, rodearla en un espacio (encerrarla en un
parque, en otra forma de campo), fijarla en un tiempo para todos los tiempos.
Forma de oponerse al olvido. Forma de imponerse, institucionalmente, a otras
memorias. Captura, encierro y anulación (desaparición). Memoria/olvido.
Memoria/memorias. Memoria/historia. Memoria/testimonios. Memorias/relatos.
Memoria/ficción, ficcionalización. Memoria/desaparición del sujeto de la
memoria. Memoria/desaparición del tiempo (de la muerte). Desaparición de un
plus. Desaparición, barbarie (civilización que fue, en nuestra historia,
concebida como desaparición del otro, como máquina de aniquilación; esa
estrategia de civilización trajo y trae barbarie; además, no admite aprender.)
Desaparición, forma como se arrastra la barbarie. Desaparición, campaña del
desierto, matadero. Desaparición, hombres embrutecidos, bestias impulsadas por
ideas bestiales, borrachos de sangre, incapaces de acumular experiencias,
siempre por la cuestión de no ver, encapuchar, amordazar. Y snobismo que amplía
el vacío invocando la memoria. Sin situación, desaparecidos en la ciudad, en el
espacio, en la situación que organiza el recuerdo. Desaparecidos, sin
situación. Aniquilamiento. El pasado allí, inexplorado. Allí E, una indicación.
Allí, da igual a qué distancia se encuentre, es presencia y expansión
inagotable. ¿No será hacer otra la vida humana? Otra, con brutalidad,
torturando las formas, desdibujando los bordes, eliminando, desapareciendo.
Salto al vacío. Salto del límite. La
desaparición como límite; la inquietud como permanencia de la desaparición. El
absoluto temblor. Penetrar y aniquilar. Imponer el silencio. Imaginación
aniquilante, fulminante. Entero, los brazos, los ojos, los recuerdos, los
pensamientos, todo aniquilado. Euforia del aniquilamiento. Soberanía de la
ausencia. E, la iglesia no goza del monopolio del infierno. ¿Podrían los salvajes de la pampa haber
hecho E?
Que duelan los huesos hasta que no quede otra que levantarse.
De algún modo levantarse. De algún modo levantarse y ponerse de pie. Probar
decir. Probar ver. Probar y fracasar mejor. Viejos y niños, desapareciendo. Los
otros, perdidos. Ser menos, desaparición. Vacío y desaparición. Cuerpo y
desaparición. Huesos y desaparición. El sitio, E. De algún modo levantarse. El vacío
nunca desaparece. De algún modo reaparecen. Quietos. Vuelven. ¿Sin cambios? El
vacío avanza. Avanza en el vacío. De ahí no decir. Eco de los huesos. Nada de
huesos. De rodillas, desde entonces. Sombras,
con otras sombras. Corrido. Todo tal vez no desaparezca. Se angosta el pasado.
Todo se vacía. De algún modo levantarse. De alguna forma decir.
La
purificación, en lucha contra el lenguaje extraviado, en alianza con la lógica
y con el silencio. Un callar acompañado del esfuerzo de mostrar lo indecible,
de exponer lo que sostiene lo expuesto, más allá de la culpa o de la expiación.
Más allá del lenguaje privado. (El testimonio en primera persona, testimonio de
lo percibido -percepción ligada a lo experimentado-, no es un ejemplo de
lenguaje privado, pero las tinieblas son tan intensas y se conectan las sombras
de lo experimentado con lo no lo decible aún por no sabido.) Pero con dudas sobre
los conceptos de evidencia y de justificación –dudas sobre la legitimidad de la
epistemología. Dudas y creencias, dudar de la justificación de las creencias,
del círculo que las une, de la coherencia que indicaría su verdad. Dudas sobre
las percepciones, sobre si es cierto aquello que se da en la experiencia
inmediata: si no lo fuera, ¿alguna creencia empírica podría alcanzar su
justificación? Si no lo fuera, ¿algún
testimonio hallaría su justificación?
Es antinductivismo contra el sensacionalismo atomístico, contra el
fundacionalismo infalibislista; es el falibilismo: para el falibilismo, la
justificación es una noción lógica, no causal ni psicológica, ya que no habría
relación lógica entre los enunciados y la experiencia. Los enunciados básicos
no pueden explicarse mediante la experiencia. Además, los enunciados básicos
están impregnados de teoría. Entre experiencia y aceptación o rechazo de un
enunciado sólo pueden existir relaciones causales, no lógicas. (¿Pero acaso
sólo las relaciones lógicas son relevantes?) Nunca los científicos creen ni
deben creer en las teorías, así el falibilista, quien enetiende que nunca hay
razones concluyentes para aceptar nuestros enunciados, pero que siempre se
trata de razones, nunca de creencias.
Un sujeto, en algún punto, en algún lejano punto, aunque sea un punto
ínfimo, suele apoyarse en las percepciones de la experiencia, las cree ciertas.
Justifica su creencia en evidencias,
evidencia basada en la experiencia y en la integración explicativa de esa
evidencia a una cadena de creencias. Creencia, evidencia de nuestra experiencia
diaria. Un sujeto experimenta: experiencias sensoriales, experiencias
introspectivas, experiencias de la memoria. Sobre esas experiencias se
justifican las creencias empíricas, se forman los juicios del pasado sensorial
de un sujeto.
Camino, relato que parece obligar a narrar cada uno de los pasos, cada
uno de los detalles, cada uno de los argumentos. Como infinito, como carga
excesiva. Y eso no haría más que perjudicar, ¿cómo lo dice Wittgenstein?, sí,
“los argumentos no hacen más que perjudicar la belleza de una idea, me da la
sensación de estar tocando una flor con manos sucias.” Sí, qué débil esta
postura, qué pura; pero ese blanco es también una especie de negro.
¿Y si fuera verdadera una
teoría del significado enteramente contextual? (-Bueno, su verdad se anularía
por su condición contextual. –No necesariamente: podría concebirse como una
teoría causal del significado, y esa causa, el contexto social, explicaría
tanto las creencias falsas como las verdaderas, y diría que lo que se llama
saber es un conjunto de creencias colectivas, diferente a la “creencia”, que
serían las creencias subjetivas.) Ensombrece la claridad predicada más allá del
contexto y del lenguaje. Mejor volver a la experiencia, volver al pasado.
Los juicios del pasado sensorial. Los mismos hombres y mujeres que han
pasado por una experiencia, ahora buscan la historia de esa experiencia.
Entraron al mundo, pero ese mundo desaparece con palabras y nombres,
extravíados, buscan entre las palabras. Buscan lo desaparecido. La experiencia
de la desaparición y la experiencia de los desaparecidos. ¿Buscan? Desaparece
la búsqueda. Han pasado por una experiencia. Pasó. ¿Pasó? Cierran los ojos para
no ver la oscuridad y creen que así no existe. Nada de historia. Mi yo me roe.
Detestar la insensibilidad. Representar a la filosofía como un medio contra la
autodestrucción; también como un arma de autodesprecio del hombre. Percibir, no
a los desaparecidos, a E. Percibir rostros, ese, aquel, uno a uno, percibirlos
desapareciendo uno a uno. Percibir, sentir y aún decir. Admitir,
finalmente, que no hay decir que pueda
expiar la culpa.
Un rayo en el curso de la experiencia, en el camino del trabajo a
casa, de casa al trabajo, en el camino de la conciencia, en ese camino
ordinario una experiencia, una sola, un rayo. Y tuvo un gesto, superficie
visible del sentimiento. Se hizo rito. El mito salvó a las fuerzas de la
fantasía de su andar vagando al azar. Y se hizo camino. Hasta que un deseo voraz
hizo perder el camino, hizo buscar otro camino, hizo otro camino, otra ilusión
sobre la ilusión. (De un platonismo a otro. De Platón a su reverso, Nietzsche.
De las ciencias del espíritu a las ciencias factuales, que producen hombres
factuales. E, campo y ya no caverna, produce sombras, hace desaparecer
presencias.)
Alimentados de dolor, los juicios del pasado sensorial. Quizás sin expresividad individual ante la
experiencia de la desaparición, con un resignado resumen de intuiciones, alguna
generalización, la dificultosa corrección de esas intuiciones, ninguna a salvo
de la manipulación. Mientras tanto, E tras la desaparición también del pasado
sensorial. Fueron fieles quienes inventaron una manera de ser y de actuar
conforme a la desaparición. Forzaron lo innombrable. Buscaron la desaparición
de toda forma de responsabilidad. Olvido. Indiferencia de los otros. (i.
Indiferencia. En la teoría de la elección racional, permite que la elección de
uno sea colectivamente preferible ante la indiferencia del otro o de los otros.
ii. Indiferencias. El jurista polaco Raphael Lemkin, en 1944, creó el
neologismo genocidio, que desde entonces representa la persecución política,
por lo que se piensa, por lo que se hace; y la persecución nacional, étnica,
racial o religiosa, por lo que se es. Auschwitz, en medio de la llanura polaca.
De Polonia, un país donde se deportaba y exterminaba judíos ante la
indiferencia del resto de los polacos. Desaparecido, palabra nacional, industria argentina, indiferencia nacional. En Argentina
no hay presos por genocidio.) Indiferencia: la sensibilidad es lo interpelado,
juicios del pasado sensorial, juicios por ese pasado sensorial oscuro, el más
terrible pasado sensorial. ¡Qué sea pasado! Pasado que no pasa. Pasado de
invisibilización, de disolución de cuerpos y de mundos. Fugacidad, expreriencia
de la pérdida. ¿Pasado sensorial? En el juicio de nuestro pasado sensorial, el
dolor en presente. Lo fugaz tras la fugacidad, persiguiendo lo incorpóreo. El
escrache, ante ese pasado, ante esta indiferencia, como arte accionalista, como
ejercicio de la memoria, como gimnasia política, como juicio al pasado
sensorial. Hijos de desaparecidos, hijos de un pasado sensorial marcado por la
desaparición. La tortura, como señaló Elaine Scarry (“The body in pain”, op.
cit., p. 195) “engloba palabras y
sonidos humanos específicos y es en sí misma un lenguaje, una materialización,
una escenificación. A través de ella se inflinge un dolor real, extremo, sobre
una persona y, sin embargo, la tortura, que contiene actos específicos para
causar dolor, es también en sí misma una demostración y magnificación de la
experiencia sentida del dolor”. Juicios del pasado sensorial comunicados a
través de barrotes, por la reja del lenguaje. Y las barras indican caminos,
están ahí, son reglas. Las gramáticas
oscilan entre criterios y síntomas. A veces hay cambios en reglas de
aplicación, a veces se produce un cambio conceptual. Regla para que algo cuente
como “hacer lo mismo”, regla irreductible a lo fáctico, y sin embargo en algún
sentido conectada con las practicas de una comunidad. Unidad entre la
comprensión de la regla y el conocimiento de cómo usarla. Reglas aun para el
uso expresivo del lenguaje, para los usos enunciativos en primera persona sobre
las sensaciones y las experiencias; reglas para la descripción, ya en tercera
persona, de esas mismas sensaciones y experiencias. Sin reglas, sin estándares
de corrección en el lenguaje privado, lenguaje que es en realidad pura
conducta, unidades no de sentido, sí unidades de sensibilidad. Sin criterios,
sin error ni memoria, sin posibilidad de comprobar la identidad o la
diferencia. El viento trabaja, erosiona.
Invisibiliza. Como el recuerdo presupone olvidos, el olvido trabaja para
el conocimiento. Y el saber no es el testimoniar. Y atender algo es distraerse
de otras cosas. Pero atender a la memoria es desarrollar la identidad, con
coherencia, con enunciados. Memoria, sentido de identidad, capacidad de
proyectar el futuro. Relación afectiva con el pasado. Restituye experiencias.
La necesidad de rememorar funda a las investigaciones históricas. Pero la
historia es un saber crítico, disipa ilusiones. Además, están los juicios del
derecho, juicios que, claro está, no son los únicos. Testimonio de nuestra
devastación. Testimonio, lejos de la frivolidad estadística. Testimonio de los
sobrevivientes, minoría anómala, no desaparecida. Ante millones de testigos
desaparecidos, autistas, seres que estaban presentes y sin embargo no veían, no
sentían, no decían. Entre la memoria y la historia, el colectivismo difuso y el
individualismo metodológico, la política y el derecho, entre todo ello el
tiempo, los juicios del pasado sensorial. Hay algo que resiste, es como un
resto in-tematizable (se substrae a toda objetivación). Frontera. Evocable por un camino negativo.
El desasociego. Las conciencias que ya no tienen la estructura de un horizonte.
La no presencia, el no pertenecerse, no vida, no muerte. ¿Y el impulso por
conocer la desaparición, la reflexión en torno al sufrimiento y a la miseria de
la vida? Quizás también desaparecido.
Sólo un esteticismo adolescente, el pasado reducido a monumentos, placas
e indemnizaciones. Ayer, cuando las desapariciones eran presente, sujetos que
no decidían entre lo justo y lo injusto. Esos tal vez tengan la necesidad del
olvido. Y del olvido del olvido, que aligera los sentimientos de culpa. Pero la huella reaparece como deuda. La
memoria individual como dadora de identidad, forma presente del pasado, restitución
del pasado. La memoria, imágenes, representaciones, hábitos. Memoria, pero no
soñamos como soñaban los desaparecidos. Memoria atribuida a un yo, pero el yo
al que le atribuimos nuestros pensamientos y recuerdos es mera ilusión.
Memoria, frágil ilusión de identidad. (¿La identidad nacional organizada a
partir de la desaparición? Los políticos, dominados por el síndrome de
Kórsakov, olvidan inmediatamente lo que hacen o dicen.) Pero la memoria no
puede no olvidar (recordar implica olvidar impresiones presentes). El olvido,
entrópico sentido de las cosas, alivia, piensa Giuseppe Ungaretti. El recuerdo
es recuerdo de lo desaparecido, es la permanencia de la ausencia.Olvidar ese
recordar que es resultado de la memoria mistificada, oficializada y
cristalizada. Y más, y más información, y más dispositivos técnicos para
almacenar (industria de la memoria), y más olvido, más relegamiento. Y la
industria de la memoria, memoria selectiva. ¿Cómo? Imposible dominio de los
recuerdos. Imposible memoria pura (como un lenguaje puro, de las sensaciones de
ayer y de hoy). Experiencias, todas
tienen su sentido en el olvido. Ante el remedio de la memoria para no volver a
ese pasado, tal vez una película, lo visual de la memoria (el cine, industria
de la memoria, manipula recuerdos). Verse llegar tarde, ver la presencia
ausente. Memoria que proyecta recuerdos. Pero también memoria que hacer seguir,
que es hábito. Memoria de los sentidos y de los movimientos. Memoria de los
significados. Memoria de las emociones. Memoria sensible. Memoria inteligible.
Memoria, forma de saber sobre la ausencia. Memoria semántica, que reconoce
objetos y palabras. Memoria episódica, para recordar acontecimientos. Memoria
automática, para habilidades motrices. Memoria gustativa, auditiva, eidética
(recuerdo de imágenes), inconsciente individual, inconsciente colectiva.
Estas páginas no significativas, insignificativas, sustraídas a la
estructura semiótica del relato (como los desaparecidos fueron sustraídos).
Contra la ilusión referencial, tras el
efecto de la desaparición. Este referente fantasmal. Páginas y para alcanzar una visión acerca del modo en que
los seres humanos se aparecen unos a otros, no como meros objetos físicos; el
modo en que los seres humanos desaparecidos aparecen ante nosotros. Ese modo
guarda relación con factores intelectivos y abstractos, pero también con la
intensidad de experiencias, con vivencias (disposiciones tales como creencias o
dudas) y emociones que pueden generar sus propias experiencias. El modo en que
el pasado aún se mueve a través de sus espacios libres. ¿Es una interpretación?
¿Hay evidencia, criterios o, por el contrario, es todo fluctuación?
La desaparición es más fría que la muerte
¿De qué está hecha esta noche que no cesa, en la que estoy
solo, solo, solo, sin nadie, sin nada, en silencio, sin camino? Algo murmura.
¿Soy yo? ¿La voz en mi boca? ¿Desgracia aún de estar con vida? Tierra cubierta
de ruinas. Lugar cerrado. Instante. Ver el instante, desde la aguas que van
cubriendo los cuerpos. Desde el marrón que se hace negro. No queda el rostro.
La cabeza está ahí . Aspirando vacío. Y la voz llega. Tenue. Se aspira. El
hedor. Gotea y cae. Como el cuento de otro en la oscuridad. Como la pérdida. El
descubrimiento del silencio. De la soledad. Es un pasado que nunca ha sido
presente. Memoria de lo que no se puede recordar. Pensar, en el pensar se puede hallar. Sólo allí. Las palabras se
van. Vacío. Volver. Porque han pasado más de un cuarto de siglo y se mantiene la
misma incapacidad. Por qué el retroceso. Por qué el precipitarse al vacío. Imaginar
cuerpos hundidos en la nada o ardiendo. Desaparecidos vivos. Constante anhelar.
Inquietud, tormento de la conciencia. Traspasar el principium individuationis.
Observar las honduras, observar si el saber aquieta la voluntad. Observar sombras, fantasmas vacíos de sustancia,
arrastrados hacia el pasado. Todo
vuelve a helarse.
¿Adónde iría, si pudiera irme, qué sería, si pudiera
ser, qué diría, si tuviera voz, quién habla así, diciéndose yo?
“Textos para nada”, IV, Samuel Beckett
Tras las
huellas. Somos huellas. Conmemoración, se dice, memoria de uno junto a otro,
presente intersubjetivo del pasado, diferente a la sumatoria de las memorias
individuales; se dice espacio de experiencias, suelo de anhelos y temores, de un horizonte de espera; se dice capacidad
restituyente (su valor puede equipararse al del poder constituyente: se
atribuyen tantas facultades a estos poderes.). Memoria, restituye lo que ha
tenido lugar y, por ello, tiene inscrita en su seno la huella del tiempo. La
imaginación, en cambio, no necesita, se dice, de la huella del tiempo, escapa
de él porque no está enraizada en lo que ha tenido lugar. La imagen del
recuerdo restituye el tiempo vivido, pero difiere: se trata de una configuración que estructura la
representación, que posibilita la presencia de lo ausente; configuración más
que imitación o simulación. ¿Es pasiva su llegada? No es sólo voluntaria; hay
un trabajo de la memoria, trabajo del duelo, trabajo sobre las resistencias de
la represión para superar la compulsión de repetición. Paul Ricoeur, en “La
lectura del tiempo pasado: memoria y olvido” (Ediciones de la Universidad
Autónoma de Madrid, Madrid, 1998, p. 53) distingue dos niveles de profundidad
respecto a la vinculación memoria/olvido: en el nivel más profundo, se refiere
a la memoria como inscripción, retención o conservación del recuerdo; en
el nivel manifiesto, se refiere a la
memoria como función de la evocación o de la rememoración. El olvido profundo
tiene como polo el olvido inexorable, que trata de borrar la huella de lo
vivido; socava, convierte en polvo la inscripción del recuerdo. Olvido de lo
inmemorial es otro polo, y sería el olvido de las fundaciones, el pasado
inmemorial. El olvido posibilita la memoria. Heidegger, en “Ser y tiempo”, lo
señalaba: “Al igual que la espera sólo es posible sobre la base del estar a la
expectativa, el recuerdo sólo lo es sobre la base del olvidar y no a la
inversa, pues lo sido, a modo de olvido, ‘abre’ primariamente el horizonte dentro
del cual el Dasein, perdido en la ‘exterioridad’ de aquello por lo que se
preocupa, puede recordar” (FCE, México, 1971, p. 367). El pasado desaparecido
–desaparecido porque no podemos tenerlo a mano, actuar sobre él. Y ha sido
nuestra anterioridad lo que condiciona al recuerdo, la recuperación. El olvido
y la evocación (recuerdo), no ligado ya a la inscripción: de la memoria que
conserva, del recuerdo que permanece, pasando a la memoria que evoca, al
recuerdo que vuelve a hacerse presente.
Aparecen, desaparecen y reaparecen en un lazo que es como un retorno
permanente. Claro que hay olvido evasivo, pasivo. Y también olvido archivado,
selectivo, para no recordarlo todo, para evitar el exceso, la fiebre histórica
devoradora (la historia como crítica de
la memoria). Sustantivar el pasado afecta, provoca una melancolía activa,
tristeza de lo finito. “El tiempo de la desgracia: el olvido sin olvido, el
olvido sin posibilidad de olvidar”, señaló Maurice Blanchot. Sigue afectando
ese pasado que en lo más profundo
inscribe la desaparición, y puede provocar la memoria sin memoria, la
memoria sin posibilidad de evocar.
Aguas. En ellas hallar ojos y labios.
Orejas que nos oyen. Una mirada. Un
fragmento de sensación: el perfume de frescura que entró una mañana a E. Hombros
para llorar. Un corazón aún latiendo halla un cementerio ribereño. Desaparecer
en la entropía argentina. Desaparecen las experiencias pasadas, duelen y pasan,
aniquilan y pasan, siguen desapareciendo. El pasado, campo uniforme, pampa
árida. La violencia de la impresión acaba con la impresión misma. Sin recuerdo.
Sin representación. Solo una imagen. La imagen que lo ocupa todo, que crece,
que acaba con el espacio del recuerdo y de la representación. El olvido es el
acto final, la actuación triunfal de esa imagen. Inundó la ciudad y el campo.
El río alcanzó al océano. Es la misma corriente. ¿Se puede narrar el olvido? Un aturdimiento. Alejamiento del
pasado. ¿Alejar la aniquilación para seguir, para ver un horizonte? ¿Narrar o
pintar atmósferas? El horizonte hecho viento. Todo es viento. Todo se esparce,
todo aniquilado. Nubes de polvo. Línea polvorienta que se ve en el horizonte:
referencia. Pequeñez, empequeñecer, hacer empequeñecer hasta el final. Hasta
que no quedara huella. ¿Pero acaso podría hacerse una desaparición que no
dejara rastro? ¿Será posible sacar algo del mundo?
Si es cierto que el ser humano es
humano no cuando sigue los dictados de su conciencia sino cuando responde a la
mirada del otro (Lévinas), aquellos que comenzaron encapuchando rostros y que
después hicieron desaparecer a personas, esos mismos que se apoderaron hasta de
la mirada de los hijos de los desaparecidos, esos dejados impunes, esos entes
qué son sino cosas sin ser, bestias criadas por doctrinas y hábitos militares,
artefactos hacedores del terror. Pero sólo los seres humanos son capaces de
escalar nuevas cumbres de inhumanidad. Estos hicieron desaparecer, para hacer
desaparecer su nivel de humanidad. Quisieron y lograron la nada para otros.
Ante ellos, desazón. En su favor tiene eso que Haral Weinrich llama
“oblivionismo”: la cuota de olvido que se ejerce, que se requiere para seguir,
para dar un paso tras otro. Actos de olvido, economía de la memoria para seguir
y subsistir. Tal vez logren la ontológica victoria de sacar impunemente seres
del mundo.
¿Ahora qué
música?
¿Habrá algún movimiento emparentado con las revoluciones del
alma? Platón creía que la armonía es un auxiliar para la revolución interna del
alma que ha perdido su armonía, ayuda a recuperar la concordancia consigo
mismo. La música, armonización de los opuestos, hace a la unidad de los
opuestos, hace cuerpos: individuos, estados (“Cuando cambian los modos de la
música, las leyes fundamentales del estado siempre cambian con ellos”, La
República, 4.424 c)
Se hizo de la ciudad una sola casa: E.
Fue para la caza y la desaparición de personas. Se tiraron abajo los muros y
pudieron ir de una casa a la otra, haciendo desaparecer. ¿Habrá palabras para
expresar la desaparición de un hombre? ¿Una música? La política apela al arte
para representar lo que no puede expresar: sobre el vacío, colmarlo; decir que
se sabe cómo es el mundo y ya no mirarlo. Hacer de la escritura una razón para
vivir; hacer de la lectura el modo en que transcurren en paz los instantes:
paraísos artificiales. Oscuros remordimientos por vivir espiritualmente en la
imaginación, cuestionando la percepción, reformándola, por eso leer como si así
se salvara la vida, por eso escribir como si aliviara las torturas de alguien,
como si las palabras salvaran de la ausencia, de la desaparición. Dar una
sombra a los desaparecidos, sombra de tinta escrita a tientas, con significados
agotados, transgrediendo el mandato de silencio. Llegar a una extrema lejanía,
alejarse de esta hostilidad. Mantener y alimentar la necesidad íntima de
clarificación. Hay cosas que deben hacer perder la razón. Y si no se pierde la
razón, es que –como señaló Lessing- no existe razón que perder. Buscar,
recuperar, tal vez esa música.
¿Acaso no éramos nosotros los que con
una moneda hacíamos sonar
“Satisfaction” de los Stones, y la música armonizaba al mundo, lo
podíamos hacer, tratábamos? Y ellos usaron esa música, como si la hubieran
secuestrado de la máquina pasa-discos de la pizzería.
A Beatriz
Lourdes Hernández Hobbos, nacida el 23 de febrero de 1961 y desaparecida en
julio de 1977 en la pizzería Focaccia, de Munro.
Sujeto
trascendental, sujeto trabajador, sujeto viviente, sujeto
que además de instituir valor o de organizar sentido, ordena la circulación de
signos, mercancías y funciones vitales, ordena sin que, por esta razón, esté
incluido en el orden que él organiza, sujeto que se substrae. (Su opuesto es el
sujeto desaparecido, que ha sido, a través de una imposición, substraído.
¿Comprender esa substracción? ¿Cómo comprender
la desaparición, a los desaparecedores?) Entes cuyo ser consiste en
comprender, modo de ser que tiene la estructura del proyecto, y el proyecto
siempre esta relacionado con el sentido. Comprender, algo propio de un ser que
es siempre ser posible, ya que el hacerse accesible del poder ser se realiza en
la comprensión. Ha podido ser la desaparición, ¿podrá ser la comprensión? Los
desaparecidos, despojados de su ser-posible. Los desaparecedores, aún seres
posibles que hacen posible la desaparición de seres. Desaparecidos, seres
impedidos de atenerse a sí mismos, impedidos de dar sentido a su ser. El
discurso corporiza la significación, pero el co-surgimiento de lenguaje y
sentido no es posible si hay desaparecidos. Desaparecidos, silencio de sentido,
co-sumergimiento de lenguaje y sentido, descorporización que ahoga a la
significación. No hay vivido que pueda aflorar en lo hablado. Sin palabras que
nazcan allí, en el fondo de esa experiencia de un existir, con la existencia
desaparecida. El pensamiento rezagado ya no podrá alcanzar jamás a los cuerpos
desaparecidos. Sin embargo, el aspecto decisivo (en todo discurso filosófico),
lejos de ser los enunciados que expresan el pensamiento, consiste en aquello
que por medio del sentido manifestado queda mostrado como lo que todavía está
por decir. Siempre por decir: desaparecidos. No hay puesta entre paréntesis que
posibilite que surja la desaparición, no hay disposición regresiva que llegue a
retroceder hacia ellos, hacia los desaparecidos. No hay nada que pueda venir
dado. Ha desaparecido. Y no hay conciencia que pueda vincularse con un
desaparecido. No hay ningún hacer accesible. No hay mirar, no hay alumbramiento
de las personas, de los hechos. Sólo, quizás, en el proceder alumbrador se alumbre
lo desaparecido en el alumbrador. ¿Cómo
desocultar, alumbrar lo negativo, el vacío? Proyecto, expectativa que se
desmorona. El ser de la desaparición no es la presencia (no es el ser el ente).
Tampoco se debe privilegiar la percepción. Y la verdad carece de fundamento. El
revelar se puede transformar a veces en un ocultar. Labilidad, sentimiento de
estar a la intemperie.
El interés por la no-verdad y el desinterés por la verdad como
degradación, tendencia fundamental del
ente existente, inclinación gnoseológica del ser humano. No es la voluntad de
verdad una disposición primaria, y sólo llega a ser efectiva si neutraliza a la
voluntad de no-verdad. Des-encubrimiento consciente del peligro de confundir lo
encubierto con lo manifiesto (lo que está des-encubierto). Aun con los ojos en
la verdad se puede ocultar a sí mismo la verdad –y además ocultarse que se está
ocultando-, ese afán encubridor ciego cuenta con la eficacia de lo
irresistible, de la cerrazón. El drama surge de la no evidencia de la verdad, de
su no transparencia.
¿Un conocimiento trascendental? En vez de ocuparse de los entes
(¿desaparecidos?), atiende a las condiciones universales para la aprehensión
del ente y del ser. Así, la desaparición como objeto posible de experiencia
parece remitir a un comprensión por adelantado de aquello que constituye el
estado de ser de un fenómeno, de un existente.
¿Será que la desaparición, el desaparecido se conciben como entes que
salen a nuestro encuentro como previamente ya comprendidos en su estado de ser? ¿Fenómeno? ¿Acaso podrá ser aquello que se
muestra a sí mismo? ¿Cómo se muestra lo negativo? No parece ser que con
inmediatez se lo aprehenda. Sí parece que toda descripción es truncada e
insuficiente. Y las observaciones casuales, inmediatas e impremeditadas no
están calificadas para la captación y la explicitación de este fenómeno.
Fenómeno, modo de encuentro con algo.
¿Cómo acatar la máxima husserliana de ir a las cosas mismas si se
trata de la desaparición? La operación desaparición consistió en arrancar
existentes, despojarlos de sus raíces y ocultarlos, hundirlos hasta la mayor
profundidad, la del fin de las aguas, la del fondo, la que obstaculizara la
aparición. Esa predación trajo opacidad. Desaparecido, no se puede mostrar a sí
mismo, en sí mismo y a partir de sí
mismo. No se puede comprenderlo a
partir de sí mismo. Tienen que existir existentes para que se pueda comprender
la desaparición de existentes. No debe hacerse del desaparecido un concepto
general que termine siendo vacío. En el
mundo que no es constituido, que es también horizonte de realización, Husserl
consideró que el ser era intuible y que, por tanto, no era preciso aprehenderlo
analógicamente. Indagar, entonces, las estructuras de las vivencias (Husserl,
criticó Heidegger, no se dio cuenta de que el a priori, lejos de ser una
característica del ente, lo es del ser). Reconocer la diferencia ontológica, la
diferencia entre ser y ente. Acariciar la protoimpresión, intimidad del
absoluto, posición absoluta, punto ciego, y desde allí –un allí que resulta de
un hacia, de un donde- transgredir al ente como forma de trascenderlo: fundamento de la comprensión
del ser y del encuentro cotidiano con el ente. Procedimientos indirectos:
interrogando al ente podremos comprender al ser. Sin existir, subsiste como el
pasado en el presente. Sin distinción, sin la posibilidad de distinguir. El
discurso sobre los desaparecidos tolera la desaparición, contra esta
tolerancia, contra los desaparecidos devenidos signos –y el signo es ajeno a la
presencia ante sí mismo. Se busca la presencia de los desaparecidos, pero el signo es ajeno al fundamento de la
presencia en general. Correlación entre el aparecer y aquello que aparece: no
aparece lo desaparecido. Lo desaparecido, lo que deja de mostrarse por sí
mismo, se trata de aquello que no da acceso a sí mismo, no se anuncia ni
manifiesta, no se hace accesible, no sobreviene, ya no tiene posibilidad, no
tiene esa evanescente referencia a la cual se atenían sus realizacioes. Finitud
que ya no existe fácticamente. Mostrar, poner de manifiesto desformalizando. Rozar una nada que no es
igual a ser puro. Perder pie. Reconocer que lo real no es lo presente (es la
desaparición); que la historicidad puede ser el olvido de la desaparición; y
que la realidad no se devela a sí misma. La realidad no es la presencia y no
hay procedimiento para hacerla inteligible. No encontramos cosas bellas ni
poetas o héroes. No hallamos santos. Des-encubrir la desaparición de los
desaparecidos. Se perdió su cercanía. Sustancia, sujetos, técnica, todo
confluye en nihilismo; nihilismo es el olvido de la desaparición de los
desaparecidos. (Nihilismo, olvido del olvido del ser.) No hay instancia
ordenadora excéntrica, imposible ubicuidad. No hay más que un dejar
incuestionado a nuestro propio ser; un sentido antepredicativo como
preexistencia de sentido a toda predicación.
Hay niebla. Hay desaparición. De esa niebla, de esas burbujas que hay
en el fondo, ha salido la desaparición.
La cruz y el pañuelo
Seguir a los desaparecidos como seguir a la nada en sus
emergencias. Meister Eckhart, cita a Agustín (Sermón 279,1): “Cuando San Pablo
no vio nada, entonces vio a Dios”, y traduce: “Cuando San Pablo vio la nada,
entonces vio a Dios”. El hombre que se ha conducido a la nada se hace portador de
todo. Más que restituido a la
contingencia, el desaparecido como ese portador, como substancializado, como si
la aniquilación hubiera producido la plenitud. Como San Juan de la Cruz hace
con la crucifixión, se representa el carácter dramático de la escena de la
desaparición como si fuera mística: mistificación de la desaparición, de la
aniquilación en los sentidos y en el alma. La representación de la crucifixión
ha sido el fruto de la experiencia cristiana, la cual erigió la liturgia del
testimonio; la desaparición, la representación de los desaparecidos quedaría
acaso fijada en una liturgia de blanco, actos puros y palabras auténticas. La
representación del fin, tema dominante del arte inspirado en cristianismo y en
la iconografía del mismo Cristo (la del Che es copia). Esa crucifixión es la
que se pone en crisis con la desaparición: no hay cuerpo en la cruz (la
aniquilación deja de ser pública, a la vez que se masifica e industrializa). Cruz, símbolo de sufrimiento y dolor,
también de verdad: el pañuelo, signo del lugar de las lágrimas, signo del
familiar, no del desaparecido. Queda el cuerpo de las madres, y la iconografía
es sobre ellas. Las madres tomaron el mal sobre sí, tomaron el sufrimiento y se
echaron a andar, como a la espera de la resurrección, o más bien como si
apareciera el desaparecido en ellas y en los que las siguen. Las madres del
dolor, representación de los desaparecidos, que toman sobre sí el dolor,
expresan la soledad máxima, imposible de concebir (ya ni es causada por una
muerte), predican contra lo vano y lo cínico, preguntan cómo resistir al
agujero negro que lo absorbe todo mientras lo resisten.
¿Una persona
será más que un cuerpo, un cerebro y un conjunto de experiencias? ¿Habrá un yo
separado, que reconozca al cuerpo y a las experiencias como propias?
Desaparecido el cuerpo, ¿qué queda del yo? Pasado el tiempo, ¿el yo no cambia
de forma diferente al cuerpo? Sin identidad entre cuerpo y yo, ¿qué desaparece,
cómo se desaparece? ¿cómo sobrevivir desaparecido?
Falta en E una estatua de Júpiter, dios de las moscas y de la muerte.
Ojos blancos y cavernosos, rostro embadurnado de sangre, cejas negras y
tupidas. Calles desiertas y gritos de espanto, aire que tiembla y las viejas
bajo el sol, bajo la lluvia, sin amparo, solas, con todas las puertas cerradas.
Basura, moscas, millones, olor a carnicería, larvas. Se van, piensan en partir,
quieren salir. Mendigan, se arrastran, suplican, se pegan, son enjambre que
zumba y no movimiento de escape, no hay frase para encantar a las moscas.
Basura, única compañía en los caminos. Cuesta tanto imaginar paseos, cantos,
sonrisas, fueron embargados. Miedo, odio, pero más resignación. Infectados. Un
crimen aplasta. Crímenes conocidos, miedos predicados y cultivados, traiciones.
Las moscas lo cubren todo, a todos. Todos sin la memoria de la abyección, todos
la perdieron, no desaparecieron, desaparecieron. Los olvidados, arrastrándose
por el suelo, en la oscuridad, muertos pero aún respirando, desparramados en la
bruma, desparramado el yo, diseminada la identidad personal, sin siquiera
lamentar estar con vida, humillados. En la ruina, abandonados los
desaparecidos. Desapareciendo, mientras ellos –cuerpos- eran secuestrados,
torturados y arrojados desde el aire a las aguas. Tierra arrasada. Cielo
inclemente. Arrastrados, sin fuego. Los chicos, flacos y pálidos, sin miedo,
respirando un aire oscuro, retoño de un pueblo infectado, inflacionado y
desaparecido, podrido. Moscas. Perros de rostro ajusticiado y de labios
sangrientos. ¿Personas? Sombras de personas. Serviles, con los párpados bajos,
como si les gustara su mal, lo conservan, mantienen las llagas. Solos. No se
espera, no hay esperanza. Se visten como almas bellas. Vacíos. Vestidos vacíos.
Apariencias sin yo, corazones sin
sangre, sin amor, sin capacidad de entrega, fantasmas que apenas existen. No es
lado para ser. Un lado desaparecido. Embotados. Cae la noche y el vacío está en
todo. No se sabe qué esta muriendo. Desaparece. Sigue desapareciendo.
¿Personas? Invisibles en el espejo. Tiemblan en cuartos oscuros. Deambulan por
las calles. Moscas enloquecidas. Huelen muerte. Cáscara vacía. Desaparecidos,
el interior hecho un desierto. Las sombras roban rostros. Ojos muertos. Miran.
No ven. No leen. Ya desaparecieron la calma y los pocos sueños.
Mimesis de la violencia y desequilibrio de la
justicia
Instinto de imitación, fuerza que empuja a apropiarse del
otro y de sus objetos, instinto mimético estudiado por René Girard en “La
violencia y lo sagrado” y en “El chivo expiatorio”. Asemejarse como estrategia
de supervivencia, como manera de existencia, haciéndose otro, haciéndose el
individuo al que se busca poseer y del que se busca poseer sus objetos, así
hasta su supresión. El mimetismo de apropiación produce conflictividad: el
conflicto mimético a partir de la convergencia de manos sobre un mismo objeto,
a partir de la urgencia de asemejarse para asimilar al otro. El miedo a la
diferencia desarrolla una violencia recíproca y el circulo vicioso de la
venganza. ¿Y si fuera el estado quien
actúa de esta manera, ejerciendo, por el instinto imitativo, una voluntad de
destrucción? Violencia que subordina la diferencia a la identidad. Así, la
dictadura se alimentaba de vidas. Aniquilaba vidas.Y aniquilar, a diferencia de
rivalizar, trae asilamiento y decadencia. Ante esa violencia no hubo víctima
inocente que lograra interrumpir el círculo de la venganza. No existió forma
efectiva de violencia-sacrificio, violencia sin riesgo de venganza que cumple
la función de apaciguar la violencia; violencia purificadora, ritual,
excepcionalmente fundacional si logra una reapropiación de la violencia; como
la aventura, el sacrificio es pura presencia, es ausencia de distancia; es
desequilibrio. En cambio, el equilibro lo tolera todo: asesinato, tortura,
violación, robo de bebés; polariza la violencia sobre los otros. El poder hace
el equilibrio, lo instala. La balanza siempre equilibrada, la
imparcialidad, tal el efecto de la violencia. La no-violencia, la justicia, en
cambio, solo pueden transitar y extender el sendero del desequilibrio.
Decimos frecuentemente que la violencia es
“irracional”. Sin embargo, no carece de
razones; sabe incluso encontrarlas excelentes cuando tiene ganas de
desencadenarse. Por buenas, no obstante, que sean estas razones, jamás merecen
ser tomadas en serio. La misma violencia las olvidará por poco que el objeto
inicialmente apuntado permanezca fuera de su alcance y siga provocándola. La
violencia insatisfecha busca y acaba siempre por encontrar una víctima de
recambio. Sustituye de repente la criatura que excitaba su furor por otra que
carece de todo título especial para atraer las iras del violento, salvo el
hecho de que es vulnerable y está al alcance de su mano.
René Girard, “La violencia y lo sagrado” (Anagrama, Barcelona, 1998, p.10.)
Causarle violencia al violento como contaminación, repetición de lo
idéntico. (Todo empirismo, el médico y
el religioso, recomiendan alejarse, evitar contactos: esta precaución salvó a
las madres y aún salva a los hijos, los cuales mantienen distancia y buscan a
través de los escraches distanciar a los desaparecedores, expulsarlos del
barrio, de uno y de otro ambiente urbano.) La pérdida de la diferencia lleva al
enfrentamiento: no hay carácter distintivo, la indiferenciación licúa todo. El
equilibrio es la violencia: “La justicia humana se arraiga en el orden
diferencial y sucumbe con él. En todas partes donde se instala el equilibrio
interminable y terrible del conflicto trágico, desaparece el lenguaje de lo
justo y de lo injusto.” (R. Girard, op. cit., p. 59). Un horizonte posible, la
venganza en cadena. Los indios kaingang (Botocudo) del Estado de Santa
Catalina, Brasil, se diezmaron entre sí, fascinados por la historia de
destrucción de su propia cultura. La reciprocidad violenta elimina la posibilidad
de diferencia, no deja nada fuera de su campo; todos convertidos en gemelos de
la violencia, acumulando capital de odio y de venganza; sin un acto catártico
(un sacrificio, violencia no recíproca, unánime, constructiva, es la violencia
que se elimina a sí misma), sin justicia.
Modernos
Modernus, aquello que pone de manifiesto lo
propio del modo, lo que guarda medida, manifiesta la cualidad de lo justo, lo
acorde con el momento. Así fue antiguamente, a partir del siglo VI, cuando la
raíz de esa palabra latina daba cuenta de la medida justa entre el tiempo que
acaba de discurrir y el tiempo por venir.
Jean Clair, “La
responsabilidad del artista” (Visor, Madrid, 2000, p. 23.)
Aun en los tiempos modernos, la modernidad no
recibe sólo el impulso de la ciencia y de la técnica: “Era también, y quizá
ante todo, un sincretismo espiritualista, que se alimentaba de cuanto más
contrario a la razón pueda existir. Teosofía y antroposofía, sin duda, pero
también espiritismo, ocultismo, diálogo con los difuntos, creencias en mundos
invisibles, radiaciones misteriosas, fuerzas paranormales o universos
paralelos. Oficiaba de guía Rudolf Steiner, pero también Helena Blavatski.”
(Jean Clair, op. cit., p. 18/9). Ya los héroes de la ciencia moderna que concibieron
al mundo como libro escrito en caracteres matemáticos (Galileo), buscaron la
música celestial (Kepler) o se iniciaron en la astrología (Newton). Y los
artistas solieron, y suelen, apresarse por la fascinación simbolista. Los
brujos persuaden de su saber y ocupan el poder (de Rasputín a López Rega, quien
durante el gobierno de Isabel Perón hizo del Bienestar Social una caja negra de
la cual sacó a la Triple A). Mistificando, se legitiman los golpes más bajos
(dictadura para preservar la identidad nacional, occidental y cristiana). Por
fin, el velo se corre: el arte queda en el vacío; la ciencia, al servicio de la
economía y del Estado; la política sin más fin que el fijado por el instinto
–mímesis, destrucción, sadismo-: así se hacen campos, así Massera se realiza en
Esma; mientras tanto, millones danzan la música del terror. Sin remedio para la
violencia, los jóvenes de la década del setenta, dentro de una doxa
revolucionaria, fueron modernos, como aquellas vanguardias (aún las artísticas
de inicios del siglo XX) que rindieron cultos al terror y esperaron de él la
gran purificación. Y modernos –ya en el uso de Baudelaire, y lo moderno es “la
mitad”, la parte efímera y fugaz-, todos desaparecidos queriendo alcanzar eso
duro y rígido, queriendo realizar un sueño de piedra –esa otra mitad del arte,
para Baudelaire- donde lo eterno e
inmutable sería lo justo. Desaparecieron cuerpos e ideas. Materia y conciencia
(y tal vez desapareció más conciencia que materia). Fuimos desposeídos. Unos
resistieron. Otros muchos entregaron cuerpos de sus compañeros no sin antes
haber cedido su propio pensamiento. Indiferentes, los más, dejaron que por sus
bocas hablaran los desaparecedores, o dejaron a sus oídos inmunes al grito de protesta y al llanto de dolor.
Emergió el desgarro. “La fiesta de todos”, comunión de idiotas, imbéciles y
perezosos. Duelo de víctimas.
No fue fugaz. Persiste la muerte
abstracta. La muerte verde oliva alojada en el campo interior. Fue un progreso: las tropas de E avanzaron en
la conquista de islas, y de islas de carne y hueso. Impotencia, sentimiento
dominante, imposibilidad de hacer un orden colectivo. Se usó la imaginación
conceptual para justificar la
dictadura. Un pueblo de sonámbulos. Millones de seres constituidos por el
olvido, y marchando con la visión perdida. Abrazando la oscuridad. Cada
tanto, un estremecimiento pasajero
parece disipar la niebla estancada sobre las fronteras entre los olvidos y la
memoria, las vivencias y lo sentido, el pasar y el pasado. Parece, pero no.
Idealismo argentino descarriado, fervor antinaturalista por la pelota y la
virgen de Luján. ¡Qué embrollo cuando la dictadura se camufla con el rock y la
literatura! Cada vez más, todo converge en una acumulación hueca de explosiones
que caritativamente podrían caracterizarse como líricas. El rock, lejos de la
resistencia cultural resultó perfectamente compatible con un régimen no
democrático y, salvo escasas excepciones, no transgredió las reglas imperantes
y malversó la fuerza que anidaba en los cuerpos y la imaginación que se gestaba
en la juventud. El rock, como el arte argentino en general –por lo menos hasta
Teatro Abierto- fue cómplice por complacencia, por comercio, por estupidez. Se
encerró en un hospicio, con duraznos que sangraban. Entre pastoral y vivencia, voz de dios e invisible, el reloj y
polifemo, con una badía que hacia de una flecha el sendero de la juventud:
marchar, seguir el proceso, dormir con una oración, dulce y mansa, para la
juventud, por la noche, mientras los arquitectos y pintores modernos
proyectaban las faraónicas obras para el mundial de fútbol de 1978. El proceso,
modernizador, trajó la televisión color y, para eso, construyó el edificio de
ATC: modernos arquitectos sirvieron a la arquitectura del proceso. (Ya Le
Corbusier se ofreció a Musssolini y a Stalin.) El arte desapareció. La
vanguardia artística, en silencio público, se encolumnó y siguió el ritmo de la
procesión. Hizo minujines, se dejó procesar, atemorizada quizás por haber
coqueteado antes con el ardor o con el terror revolucionario.
Vanguardia, palabra de guerra, violenta como la guerra, avanzando
hacia la destrucción, avanzando a paso indiferente; para la vanguardia lo otro está para desaparecer. La
abstracción como lenguaje universal (apreciar lo diferente con desprecio). La
impaciencia o, mejor, el inmediatismo como política y aspiración. La escultura
eliminando el tacto –perturbador-; todo vínculo a la sombra. Despojamiento
asfixiante, sin salida, sin remedio.
Pauperización, desaparición sensorial, vacío, desguarnecido, respondiendo
vacío con vacío, vano es representarlo, encontramos la cosa en la nada, surge
el espacio como un vacío, E es evidencia del vacío, olor de ausencia.
No soy del mundo donde se hacen desaparecer personas. Estoy en ese
mundo. Buscar la salida. Modernos, estar en un mundo donde todo lo sólido
desaparece en el aire, en el agua, en la tierra. (Las tres fuerzas
desapareciendo personas.) Ante los desaparecidos, ¿cómo conocer si la
modernidad ha hecho de la visión el paradigma del conocimiento? Ante uno, uno
como presencia, los desaparecidos conforman lo diferente, aquello que ya
excede a los sentidos. A la realidad en la que se ha perdido la
confianza, a las apariencias, allí
fueron los restos de los despojados del espacio, los aniquilados del tiempo, los
borrados como fuentes de razones y de acciones, todos aquellos impedidos de
mostrar quienes son, enmudecidos, inmovilizados. Privados del recuerdo y de la
visión, invisibles. Hechos así, inhumanos, en un campo, en E. Sin contemplación
(fuera de la contemplación), retirados del mundo. Sin embargo, desaparecidos,
nuestros cimientos.
El crimen no nos ha despertado. Adormeció nuestra sensiblidad. Nos
acercó a esos musulmanes, la última substancia política en el continuo
biológico producido por los campos, junto
a la muerte y al exterminio. Quebrada la continuidad del tiempo, decir la
incapacidad de decir, mostrar la
imposibilidad de existir como sujeto, expresar lo ya ido: lo desaparecido como
no presente. Estar aún en E,
quedar desfigurado, desaparecer, perder el cuerpo, el rostro. Figura para
recuperar cierta imagen del rostro, del cuerpo. Cómo figurar, cómo contar el
intento de borrar personas. Desaparecidos, bordes de la existencia de cada
sobreviviente, borde del abismo de cada uno. Borde del lenguaje.
Piedra tras la
sangre. Desaparecidos, testimonios y representaciones
¿Dónde
quedaron los restos de mi cuerpo? (Monteverdi y D’India en Esma)
La sangre atrae, alimenta el consumo de films, libros y
pinturas. La sangre enciende sentimientos. El teatro con sangre trata de
encender sentimientos en los espectadores; igual no se paran, igual no se van,
igual no se conmueven. Siguen iguales. Pero queda algo revuelto. Sangre.
Manipulación de la sangre para manipular sentimientos. “Monteverdi Método Bélico”
(M.M.B.), obra de “El Periférico de Objetos” (Daniel Veronese, Ana Alvarado y
Emilio García Wehbi), con textos de Torcuato Tasso y Francesco Petrarca sobre
madrigales de Claudio Monteverdi y Sigismondo D’India es un concierto barroco y
un teatro de sangre; dos movimientos, la guerra y el amor, de la belleza al
horror. La música atrapa y se marcha al horror. La música cesa; queda la herida
sangrando; el resto de una marcha, de un nervio tocado. Tocado, la música toca;
el teatro aquí quiere tocar a los ojos expectantes, y la pantalla recuerda que
un ojo mira, miró “Una noche en la ópera”, mira cómo se penetra un cuerpo, cómo
sangra, cómo se le extirpa el corazón, mira ¿y qué más?, acaso interpelar, no
complacer, quizás provocar -¿qué? ¿un orgasmo como caerse desvanecido de una
butaca? Sangra un muchacho colgado por sus piernas. Los niños son
máquinas. La pasión revolucionaria es
estupidez apagada. El sexo es máquina, el amor es imposibilidad. El teatro para
exponer la manipulación, mostrar la
sangre. El teatro como tocar el nervio. Y la música toca al teatro y al nervio.
Canta al amor y a la guerra, “entre la sangre y la muerte, yaciendo débil”,
dice Sigismondo D’India. “La guerra es mi estado”, dice el madrigal guerrero y
amoroso de Monteverdi, y se lamenta Tancredi: “¿Dónde, ay de mí, dónde quedaron
los restos de mi cuerpo bello y casto?
W M B (Wittgenstein método bélico)
Ver a W a veces
de una forma, otras veces de otra. Ver en cada caso algo diferente o interpretar de manera diferente.
Percibir su búsqueda por la transparencia, por la claridad, por la palabra
apropiada (percibirlo, verlo con la interpretación). Usar la palabra apropiada
(¿cómo encontrarla?), la palabra apropiada para describir (describir cómo
podemos hallar la palabra apropiada). Ver que la palabra es apropiada antes de
saberlo, incluso aunque nunca se sepa por qué es apropiada. (Acción: interpreto
a W. Ver no sería una acción; sí un estado).
Recuerdo mis primeras
lecturas de W, ¿pero cómo mostrar cómo es recordar algo? Pienso en ello,
recuerdo una pregunta de W: -¿Estamos preparados para describir el uso de la palabra pensar? (Antes, quizás, debería
saberse responder a esta cuestión: ¿qué
es lo que hace una descripción? ¿para qué sirve?)
Recuerdo. Rememorar algo es voluntario. La imaginación, dijo W, es
voluntaria, la memoria es algo involuntario. Me miro, me investigo.
Investigación filosófica, conceptual, no factual. Pero si me interesa
investigar, a modo de ejemplo, el arrepentimiento me intereso por la
actitud de un sujeto hacia la acción. Escribió W: “Los signos de
arrepentimiento son signos de aversión, signos de tristeza. La expresión del
arrepentimiento se refiere a la acción. Al arrepentido se le llena de dolor el
alma, porque los signos del dolor son similares a los signos del
arrepentimiento.” (Esos signos de arrepentimiento recuerdan la narración de
Simone Weil sobre la reintegración al bien de aquellos que buscaron distribuir
el mal a su alrededor; guardan un parentesco con el relato del despertar de la
parte inocente del alma del criminal.)
W, recuerdo, enseña a ser lentos (lentamente, piensa, se hace filosofía). La lentitud puede curar, mientras que no se puede cortar una enfermedad del
pensamiento. Y el pensamiento apresado por imágenes, y el malestar que impulsa
(y hasta los colores que nos incitan), todo lleva a beligerar, y filosofar es
beligerar, es un lento beligerar. W
estratega: pensar en conceptos; los conceptos pueden mitigar o agravar una
tortura. Cavar trincheras, trazar fronteras conceptuales (no metafísicas
ingenuas, pretenciosas, estetizantes). W en guerra contra el intelectualismo y
la falsa conciencia ilustrada. Como arma, la explicación; un arma precaria, que
poca ayuda brinda (“el atractivo de una
explicación no es la explicación de un atractivo”, dijo W). Así crash. Chocar contra las barreras del mundo,
contra las barreras del lenguaje. Chocar. (W, y el estilo como forma de choque:
“En la filosofía resulta importante que tal o cual oración carezca de sentido,
pero también que suene extraño.”) Chocar con el error. Colocarse al lado del
error para conducirlo a la verdad (en caso contrario, para nada sirve el
escuchar la verdad). Aliados: la fuente del error, el agua de la duda y la
aspiración de claridad. ¿Cómo descubrir el error? Arar a lo largo de todo el
lenguaje: visión perspicua, ver conexiones, encontrar e inventar casos
intermedios que den claridad. Trabajar.
Trabajo filosófico, trabajo sobre uno mismo. “La luz del trabajo es una bella
luz, pero que sólo ilumina bellamente de verdad, cuando es iluminada por otra
luz.” (Parece escrito por S W. Fue W.
Una –We-, otra luz del otro –Wi. Para ambos envilecer el trabajo es un sacrilegio; y se lo envilece cuando
ante él prima el espíritu de comercio y se termina comerciando el alma en lugar
de gritar y resistir, sublevarse y chocar.)
Tras la paz, paz en los pensamientos. Como quien debe curar en sí mismo muchas enfermedades
del entendimiento, así el filósofo. Paz, claridad. Abrir el claro paso a paso.
Así en filosofía se trata de correr más despacio. De dar tiempo al pensamiento.
Tiempo que sedimenta (y hay pensamientos que caen inmaduros del árbol) y
revoluciona (revolucionario: aquel que pueda revolucionarse a sí mismo).
Trabajar, esculpir el tiempo, darse tiempo, hacer claros y hacer de la claridad
un fin en sí. Transparentar la base de las construcciones posibles, evitando
guiar a los hombres hacia lo bueno. (Anotó W: “Sólo puede guiárselos a algún
lugar. Lo bueno está más allá del
espacio físico.”) Evitando ilusiones y deslumbramientos. Y la idea progreso
deslumbra. (W: “Nuestra civilización se caracteriza por la palabra `progreso’.
El progreso es su forma y aún la claridad está al servicio de este fin.”) Paz.
La era científica y técnica podrá ser, pensó W, que unifiquen el mundo, lo
resuman en uno en que vivirá cualquier cosa antes que la paz. Y W diverge: su
fin es distinto al del científico, también es diferente su manera de pensar. No
le interesa levantar una construcción; no lo apresan realmente los problemas
científicos: “En el fondo, la solución de los problemas científicos me es
indiferente”, escribió en 1949; ya lo había escrito en el “Tractatus”; siempre
se sintió apresado por las cuestiones conceptuales, éticas y estéticas. Para la
paz, rascar donde pica.
Pensar en los conceptos. Hundirse en sus márgenes sin definir. Cuidado
con el uso de las palabras, con el cautiverio de la mente. Cuidado. Cuidar el
silencio para que el trabajo de pensar pueda germinar y madurar, para que la atención se desarrolle. (S W y W quizás nunca hallaron un silencio cálido en
el mundo.)
“La
cultura es un reglamento. O presupone un reglamento.” W viajó por la cultura.
Penetró en el viejo caos. Se sintió a
gusto en él y exclamó: “¡Cómo se puede viajar toda la vida por la misma pequeña
zona y creer que no hay nada más! Todo se ve en una curiosa perspectiva (o
proyección): la zona por la que se viaja de continuo parece ser enormemente
grande; todas las zonas de alrededor parecen estrechos terrenos marginales.
Para bajar a la profundidad no se necesita viajar mucho; no necesitas para ello
abandonar tu ambiente cercano y habitual.” Una imagen curiosa. Martín Heidegger, que viajó toda la vida por
la misma pequeña zona, albergó esperanzas en el peligro: albergaría el crecimiento de lo salvador –y
salvar sería recoger la esencia, traer la esencia a su propio aparecer. W sin
salvador. (¿Qué ramas, preguntó Eliot,
crecen en los escombros?) W: “Es muy curioso que se incline uno a pensar que la civilización –las casas,
las calles, los automóviles, etc.- aleja a los hombres de su origen, de lo
alto, infinito y demás. Parecerá entonces que el ambiente civilizado, incluso
los árboles y las plantas que hay en él, estuviera adecuadamente envuelto en
celofán y aislado en todo lo grande y, por así decirlo, de Dios. Lo que se
presenta es una imagen curiosa.”
Por la boca desdentada de la filosofía –una decadencia- puede ingresar
un pensamiento pequeño y triturar los intestinos y la cabeza. Aún el
pensamiento más pequeño puede llenar toda una vida. Para entenderlo es
importante –enseñó W- construir conceptos-ficción que nos enseñen a entender
nuestros conceptos y pensamientos. Por eso si un pensamiento equivocado se
expresa de modo audaz y claro, puede dar ganancia. Por eso sólo cuando se piensa mucho más locamente que los filósofos se pueden
resolver sus problemas. Por eso, la filosofía, una cuestión de temperamento. Por eso, nunca la vida, la
plenitud, la filosofía nunca un rito tan auténtico como un beso. (Menos que
cero, W: “Todas las teorías pueriles (infantiles) las encontramos, de nuevo, en
la filosofía actual; sólo que les falta
el aspecto infantil.”)
Escrito tormento, tormento,
tormento en las paredes de su intestino. Hecho de aversión y de torbellino,
miles de pensamientos lo atropellaban. Observó la filosofía. Publicó su cerebro, dijo de él Thomas
Bernhard, un cerebro publicado y que se
publica continuamente.
I destroy, I destroy, I destroy. Y el
pensamiento se desarrolla en batalla, en discusión con el error, la confusión,
la oscuridad. Observó el vacío. Contra las palabras que tapan el vacío. (Miedo
al vacío de nuestra cabeza, al vacío del lenguaje.) Un modo de hacer venir, de hacer presente, de aclarar. (Con H, el
conocer aclara, pone en claro, desoculta.) W un hombre que buscó a tientas en
la oscuridad, con la violencia en la cabeza, escudriñó en él, en nosotros, como
un topo en la tierra. Lentitud, trabajo, atención, todo para algo
filosóficamente radical: chocar.
Leemos uno de sus libros (y ninguno fue
de él a causa de la realización continuamente aplazada de cada uno de esos
libros que siguen siendo cuadernos, apuntes, diarios y notas; y sin embargo
todos son plenos, en cada uno de ellos encuentra las palabras apropiadas, usa las palabras apropiadas para
describir)/ (leemos uno de sus libros) y nos leemos a nosotros mismos;
exagerados, observados por esos libros,
como si hubieran sido hechos para describirnos, para mostrarnos
viéndonos e interpretándonos. Y sus libros se nos pueden subir a la cabeza como
una enfermedad. Nos atrapan, los aborrecemos, los abandonamos, los vemos, los
usamos para saber, para responder qué hacemos al leer y para ver qué hace W con
el pensar. Permanecemos dentro del límite, alejados del límite, llevando
durante toda la vida un lastre en la
cabeza que nos enferma. No podemos seguir a W. Seguimos. Sin cura.
Preguntando. (¿Acaso es conocer el principal deber humano?) Trabajamos,
pensamos, chocamos con el error, combatimos imágenes. Decimos algo. Pero es tan
difícil decir algo (algo sobre la vida, sobre una vida como la de W; algo sobre
el lenguaje, sobre escritos como los de W),
es tan difícil decir algo apropiado, algo que sea tan bueno como no
decir nada.
Epistemología. El grado cero del lenguaje, a ras de
las percepciones, para que un sujeto –un haz de sensaciones que siente dolor-
de testimonio de lo vivido. Como un lenguaje fisicalista, chocando con sus
límites. Representación que muestra el abismo entre el lenguaje y las heridas
abiertas. La manera de la representación influye en la aceptación de lo
representado y hace posible que el prójimo sienta como propios dolores
padecidos por otra persona. ¿Pero el extremo, la reducción a nada, podrá
sentirse acaso apenas por un receptor del discurso? ¿Se podrá compartir la
detención en un campo que anula a la sensibilidad y al pensamiento? Ya el mundo
del torturado fue aplastado por dolor infligido, ¿podrá el lector subjetivar ese dolor o, por el
contrario, lo objetivará y expulsará a un mundo ajeno? Sufrir no será ninguna
oportunidad o, acaso, la experiencia del dolor sea un maestro. ¿Podrá la
representación, el testimonio, producir efectos edificantes? Experimentar,
representar, entre la pérdida y el
silencio, la palabra y el aprender.
Psicología. Resentimientos,
recuerdos de las tinieblas tan intensas y desobediencias retrospectivas,
reacción moral, incapacidad de sentir duelo: ¿cómo superar la desaparición de
una, de miles de personas? Podría haberse generalizado una melancolía
autodestructiva, pero pareció bloqueado el sentimiento de culpa y hasta de
vergüenza. Renegado el duelo, el olvido domina. Otra represión. ¿Quiénes
persiguen la justicia? Familiares, compañeros sobrevivientes buscan liberarse
de la herida sin cerrarla, usándola como ícono; lo hacen solos, son pocos. La
mayoría queda ajena, empobrecida la experiencia, vaciada la comprensión,
debilitada la voluntad; queda ahí, como estaba cuando todo sucedió.
Medicina. En las fronteras del yo, encuentra el otro su límite:
la tortura destroza esa tenue delimitación. Y el testimonio del destrozo es
arduo, se refiere a un quiebre y a una imposición, a una aniquilación, pero
espera del prójimo comprensión y ayuda: ambos, remedios. Pero la recepción
suele ser anestesiada: no se experimenta una sensación de dolor parangonable a
la testimoniada. (De haber sido así, el remedio habría alcanzado la cura del
mal.)
Se lucha para retener (en verbo, en representación, en testimonio) lo que el tiempo sustrae. El dolor, en algún
sentido, es pesar que pasa, es efímero. El límite, la piel, apenas
permeable al testimonio. ¿El testimonio luxa, el testimonio disloca? Quizás no,
pero como escribió Valery, lo dicho está
muerto. Lo no dicho no existe.
Mientras tanto, un poder abre la piel en busca del dolor. Sadismo del
soberano. La anulación del otro –ya solo carne-, y quizás hasta del mundo, le
es indiferente.
Tras la palabra soberana, el testimonio reapropia el cuerpo sometido,
abusado, penetrado por el otro. Reapropiamiento. El torturador ya lo ejecutó
todo, ya se expandió sobre el cuerpo ajeno. Superviviente. Lo que queda de un
cuerpo. Lo que queda de un yo.
El lenguaje testimonial, expresión de una recuperada confianza en el
mundo, en los otros, lo opuesto al terror –indescifrable. El lenguaje, para
alcanzar una perspectiva del pasado, para no dejarlo todo atrás, para tocar
fondo –con las palabras. Acto de autor, el testimonio es para uno que recuerda,
que va tras su pasado sensorial. Y el testimonio, acto público, es búsqueda de
la historia de la experiencia para el prójimo.
Testimonio de
un no-testigo y representación negativa
Declarar lo percibido. Eso es lo que debe hacer un testigo
ante el juez de la causa. Debe referirse a hechos que han caído bajo sus
sentidos. Esta obligado; debe deponer sus percepciones. (En el derecho romano,
las XII Tablas castigaba con la intestabilidad –intestabilis- a quien después
de haber sido testigo de un acto se negara a dar testimonio de lo que en su
presencia hubiera ocurrido. La intestabilidad privaba a un ciudadano del
derecho a volver a actuar como testigo y le impedía requerir la presencia de
testigos, lo cual le restringía el ejercicio de múltiples derechos civiles y
comerciales. En el derecho moderno, la reticencia, tienen sanción penal.) El
testigo jura o promete decir la verdad, y así se obliga. El incumplimiento, o
sea el falso testimonio, también es penado. (La ley no establece la fórmula del
juramento, indicio de que el juez debe tener en consideración las creencias del
testigo, lo cual es coherente con la idea de que el juramento prestado de forma
que se aparte de las creencias de una persona carecerá de valor para su
conciencia. Es una promesa exigida por un tribunal, y la negativa del testigo a
prometer o a jurar podrá ser entendida como negativa a declarar, y el testigo
incurriría en el delito de
desobediencia.)
(Dejando atrás, entre paréntesis la
teoría del proceso judicial) El testigo narra. Describe, interpreta, valora.
Representa.
“¿Cómo puede saberse si algo es
interpretar o ver?”, se pregunta Ludwig Wittgenstein en un manuscrito
(“Observaciones sobre la filosofía de la psicología”). Considera que
interpretar es una acción, mientras que ver sería un estado, pero también
podríamos decir: “no sólo interpreto la figura, sino que la he visto con la
interpretación”.
El testigo busca la palabra apropiada
para representar. Pero, ¿cómo encontrarla? No hallarla debe ser, entonces,
parte de la descripción del juego de lenguaje.
Representación, presentar de nuevo,
presentar algo que no está presente. Traer al presente algo previamente
ausente.
“Un hombre ha pasado por una
experiencia, ahora busca la historia de su experiencia.” (Max Frisch, “Digamos
que me llamo Gantenbein”) Gantenbein encuentra que no es posible vivir con una
experiencia que no tiene historia, y se figura que otro tiene la historia de su
experiencia. Y la busca. Y se prueba historias como si fueran trajes. Y se
busca. Pretende conocerse a sí mismo. Sabe que tiene dos o tres experiencias.
Sabe que esas experiencias no son historias. Cree que las historias sólo
existen desde afuera, y uno no puede
verse a sí mismo. Todos se inventan una historia, y creen que esa historia es
su vida. Algunos, como Gantenbein, se agotan, fuman, callan y duermen; cierran
los ojos para no ver la oscuridad y
creer que así no existe. Nada de
historias: no permitir que entrara el mundo con palabras y nombres. Gantenbein
no puede disipar los sueños que lo acechan, los recuerdos, y el pozo de la
experiencia. No puede tocar el presente. No puede esconder el pasado.
Narrar. Ante una naturaleza muda,
Walter Benjamin postula la coordinación de alma, ojo y mano. En ese narrar
auténtico, el narrador sería la figura en la que el justo se encuentra consigo
mismo.
Thomas Bernhard, un hombre solo que
busca a tientas en la oscuridad, pregunta: ¿Dónde
las tinieblas no serán tan grandes? ¿Acaso no he pagado el precio de mi vida
antes de distinguir las tinieblas de las tinieblas? Desmoronándose, en la
oscuridad que se oscurece cada vez más. En un presidio. Mejor, en un campo. ¡El
mundo es un campo! Un oscuro depósito de crueldades y dolores. Está escrito en
las paredes de los intestinos: “Tormento, tormento, tormento, tormento”. Sólo
pensar entonces en no tener que pasar más frío. ¡Cuánto frío pasé!
Aprender a llenar de palabras cuanto
estaba vacío, recomienda Peter Handke. T. B., en cambio, quiere deshacerse,
sacarse de encima, de la cabeza el lastre de literatura. Enferma, enferma
mortalmente. Arte, al fin, supervivencia.
Primo Levi, como es sabido, decidió
hacerse escritor sólo para testimoniar. Testimoniando logra estar en paz
consigo mismo. Sus libros, colecciones de
declaraciones testimoniales ante el tribunal de la conciencia.
Auto-promesa: decir, escribir lo percibido en el campo.
Un testimonio haciendo presente el
pasado como por asalto. (Asalto al tiempo. Recuperación de lo desaparecido.)
Testimonio, representación, puente entre lo vivido y lo reconstruido.
Representación que deja una imagen, una pintura, una imitación. (Mimesis, más
apariencia que verdad –y por eso en Platón, toda imitación está más cerca del
sofista que del filósofo.) Imitación de
la conducta para el miedo o la compasión, para la purificación de las
emociones. (Aristóteles considera que la imitación, la representación de
acontecimientos, modera los sentimientos, se basa en un saber y produce enseñanzas: elimina excesos y ayuda a una
persona y al orden político.) Testimonio, representación, imitación: lejos de
la episteme platónica; aproximando la verdad, purificando.
La historia –episteme-, saber crítico y
controlable, disipadora de ilusiones que sobrevuelan a la memoria. El pasado
recompuesto por la historia a veces es apenas reconocible para la memoria
colectiva.
La memoria, la necesidad (involuntaria)
de rememorar (y rememorar puede ser algo voluntario, según Wittgenstein),
movida por afectos, apetitos. Mueve, tiene capacidad para proyectarse hacia el futuro. Es pedagógica, es una fuerza
moral y política. Recurre a imágenes (y
la masa se arrastra por las imágenes). Y la imaginación, dice W., es
voluntaria. ¿Cómo mostrar a alguien cómo
es recordar algo? (W.)
“Es posible que en esta historia haya
vuelto sobre la tierra después de mi muerte.” Samuel Beckett lo escribió. Es
raro el efecto temporal. Historia, vuelta, después: todas flechas temporales
diferentes, flechas que siguen sus recorridos. Luego añadió: “Hablo como si
fuera ayer.” Y escribió bajo el temor de llegar a las últimas palabras. Y
describió los recuerdos, agotadores, el sufrimiento bajo la oscuridad: “No
podía permanecer allí y no podía continuar”.
(Pilar Calveiro estuvo en la Esma y
describe el funcionamiento de los campos de concentración en tercera persona.)
Beckett, Bernhard no estuvieron en Auschwitz. Tampoco en la Esma. No hacen
referencia explícita y directa a los campos. No fueron secuestrados, no
desaparecieron, no fueron musulmanes. Escribieron,
pero, como cadáveres ambulantes. Escribieron desde ese extremo donde está en
juego el seguir siendo o no un humano, donde la extinción, el desmoronamiento
alcanza y cuestiona al lenguaje, a la escritura, a la literatura. La muerte
impropia en un campo, la vida impropia de la literatura: un denso aire de
familia parecer hacer sólo concebible a la escritura de B. y de B. en el mundo
de los campos. Pero, ¿no es, según Platón, la escritura inferior al recuerdo?
Muestra de aquello que puede
representarse, el arte, por sí solo testimonio de una época. (Droga, lujo,
desierto: así un rechazo, la iconoclasia.) Cuando la experiencia es secuestrada
y las imágenes destruidas, el arte sobrevive. Arte negativo, anti-teatralidad,
imagen que delata su propia falsedad, que exhibe el engaño en que se funda.
Artefacto para demoler artificios. Y la historia como historia de la
destrucción de imágenes e ídolos y de su sustitución. El Estado, haciendo monumentos. La revolución, destruyendo unos
y pronto levantando otros. El lenguaje al infinito. El discurso, los
enunciados, las proposiciones de los testimonios, de las representaciones:
otros monumentos (Foucault). Y cuando
la palabra se llena de vacío, el silencio adquiere sentido testimonial. El
silencio, ¿acaso carece de sentido? ¿Podría ser la forma de mostrar lo
imposible de ser representado -Shoá, desaparición? ( “En la filosofía resulta importante que tal o cual oración
carezca de sentido, pero también que suene extraña.” W.) La representación
apropiada. El monumento apropiado. ¿Cómo podemos encontrarlo? ¡Describe eso!
El arte ante una experiencia límite,
inasimilable. Alma, mano y ojo coordinados para dar testimonio. Tal vez, para
seguir una pulsión testimonial –Hugo Vezzetti-, tomar el camino opuesto: la vía
negativa. (El misterio de la negación según W.: así no es como las cosas son,
y, sin embargo, podemos decir cómo
las cosas no son. Hegel y Sartre han
enseñado como la negación y la nada no son parte de lo dado en el mundo, son
traídas por el espíritu. No es algo que haya en el mundo y, sin embargo, una
proposición negativa puede ser verdadera.
Nosotros hacemos pinturas (Bild) de los hechos -W., “Tractatus”, 2.1.-, y
una pintura es un modelo de la realidad. El lugar de la negación: sombra de la
pintura. Y la pintura –al igual que la escultura y la literatura-, Platón las
juzga como apariencia de la apariencia. ¿Podría representar una idea
negativa? Aristóteles, por el absurdo, contra
Platón, se preguntó por la existencia de las ideas negativas: p.e., la idea de
no bello.)
Sin arte
cálido, monumento (Parque de la Memoria)
Entre la Esma y el Río de la Plata se emplaza un
parque-monumento en homenaje a los detenidos-desaparecidos y asesinados por el
Terrorismo de Estado en los años 70 e inicios de los 80. Lo dispuso la
Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en 1998. No se decidió
emplazar el monumento en la Plaza de Mayo, quizás porque es el lugar de las
madres, quizás porque madre es vida y no piedra. No se propuso triturar la
pirámide de Mayo (¿acaso esa representación -la República- no había sido
triturada por la dictadura?) y hacer con los restos un monumento negativo que
represente las vidas destruidas, señalando una destrucción con otra
destrucción, a la manera de la propuesta de Horst Hoheisel en el concurso del
memorial alemán para los judíos asesinados en Europa (propuso volar la
Branderburger Tor). Parque de la Memoria al borde de las aguas del olvido,
una decisión política con un cierto
aire de negatividad, como si tratara de vaciar un vacío, un vacío
político; no el vacío dejado por los
desaparecidos sino el hecho de que la política dominante no sienta ese vacío, que carezca de compromiso ante él
y oscile entre dar vuelta la cara,
pretender que sea olvidado –pretensión que fracasó- y bajar los ojos
ante la mirada de los familiares de desaparecidos.
Sobre el inmenso parque del olvido que
parece cubrir toda nuestra geografía y
que fuera montado por oscuros códigos de
planificación urbana de la memoria, se alza una mínima política del
recuerdo. ¿Se alza un escenario para el
espectáculo y la ceremonia protocolar?
De la decisión política quedarán las obras -los monumentos-, y lo que la gente
haga con el espacio, con las obras. ¿Pero qué puede hacer el arte? No podrá
cicatrizar la herida política, ni encubrir la resignación o el olvido de la
política (de los políticos) hacia los desaparecidos, ni tampoco exculpar a las
conciencias atormentadas. No podrá hacer que aparezcan; no ejercerá ninguna
voluntad de verdad o de justicia. El
arte no hará más livianas las piernas de las madres; tampoco las detendrá.
¿Quién podría esperar tanto del arte? ¿Podrán los monumentos esculturales
cubrir el persistente intento de ocultar, de hacer desaparecer a los desaparecidos
de la escena política? No hay tarea política que se proponga sobre los
desaparecidos. Desaparecieron las tareas, salvo el monumento. Desapareció la
política hacia los desaparecidos. Representar, ilusión más que verdad, un punto más, nunca el final. El parque, con
sus esculturas y entorno, quizás -¿quizás?- sirva para oponer la fuerza de la
ficción a la densa trama de problemas políticos implicados en la cuestión de
los desaparecidos, desaparecidos en una sociedad de espectadores, de cómodos
manipulados, de voluntarios indiferentes.
Política, historia y arte se concentran
en un monumento: material de trabajo, de construcción de conceptualizaciones
ambivalentes, ambiguas; concentración de sentidos que se escapan a un más allá
de los dominios de la representación iconográfica. Arte, memoria, a metros de
un campo de concentración, se hacen parque interrogando -¿interrogan?
¿interrogarán?- por qué los campos de tortura y exterminio. Y, para no oprimir
con una forma, sin saber si habrá alguna que logre representar -¿sabiendo que
ninguna lo hace? ¿sabiendo que tal vez ninguna sea consciente de la
imposibilidad?-, son varias las esculturas; disímiles, provenientes de mundos
diferentes. Las esculturas, solas, a la deriva, tras la comprensión histórica,
como un gesto débil, del presente, o un signo exterior, signo que no podrá
recuperar el pasado, signo que de por sí no hará florecer la conciencia, no
dominará el andar de la evocación. Un riesgo, tal vez ingenuo, optimista: que
recordar sea cumplir con una obligación, que el monumento signifique obligar a
recordar; peor, que el monumento sea el camino único de acceso al pasado. Monumental Parque de la Memoria en un presente sin creyentes en los monumentos, de distancia de la
historia de manipulaciones –y también de distancia a la crítica de los mitos-,
distancia de la práctica política de manipular, distancia de la mitificación
del pasado a través del arte. ¿Cómo evitar imponer una voluntad pedagógica?
(-¿Quién hoy la podría recibir como tal?) ¿Cómo escapar del paternalismo
aleccionador? (-El vacío es tan grande que ni siquiera se debe escapar de un
intento de paternalismo.) ¿Cómo educar a una comunidad sobre su pasado
criminal? ¿Cómo intervenir para no obturar la memoria? ¿Cómo? Horst Hoheisel
señala el camino del espacio negativo, de la reproducción de la ausencia: cree
que nuestros pensamientos de esa forma serán así arrastrados a las
profundidades de la historia. ¿Pero acaso se trata de que el arte arrastre? ¿Se trata de que tenga tanta
fuerza, una fuerza capaz de ganarle una pulseada a los aniquiladores? ¿Y si la
piedra traba, congela la memoria? ¿Y si en el parque se concentran los que
estuvieron torturando a metros, en E? Sin respuestas definitivas, la vitalidad
del parque -¿vitalidad de un parque muerto, salvo para ciclistas de primavera?-
la mostrará el tiempo.
“Escultura y Memoria. 665 Proyectos
presentados al concurso en homenaje a los detenidos desaparecidos y asesinados
por el terrorismo de estado en la Argentina” (Comisión monumento a las víctimas
del terrorismo de estado, Eudeba, Buenos Aires, 2000), un libro tan grueso como
el “Nunca más”, con un mismo aire de familia: la elaboración de la memoria. La
desaparición de la memoria es un primer obstáculo: ¿qué nombres de
desaparecidos se registrarán finalmente en el monumento –en una las obras
pendientes- si la misma comisión encargada de hacerlo reconoce que los
registros se hallan desactualizados e incompletos? El interés por hacer
trabajar la memoria, la fuerza que supera los obstáculos, es ejercida también por las palabras de los
artistas, que dicen querer que las obras trabajen por la memoria (pero la obra
de arte se desvincula de la intención del artista). Intenciones como
interpelar, buscar la participación activa y no sólo la contemplación estática;
buscar el impacto entre las generaciones futuras: - Bien, de acuerdo. ¿Pero
cómo? ¿Quién? ¿Acaso alguien podrá asegurar el efecto, el uso, la recepción, el
cultivo que se haga del Parque y de la Memoria? Se dice poetizar la ausencia,
se trata de molestar al ojo, como molesta lo ocurrido. Se trata de representar lo sucedido por semejanza:
escombros.
Una interrogación sobre el misterio de la negación, sobre cómo no
son; una inquietud desaparecida. Una figura negativa, sombra de la pintura. No.
Eso no. No. Desaparición de la negación. Se busca y se hallan escombros.
Escombros circulan por el parque. Presencias escombro.
Una
compensación. Sí, eso falta. No indemnizaciones económicas. Una caricia. Como
una venda. En Esma, sí, vendas para las heridas de los torturados. Sí,
antimonumento, dación de cura negada en el pasado; una cura falsa, cura de
referencia negativa: la falta de cura, la indiferencia ante el dolor
experimentado por los desaparecidos; el dolor a evocar; la indiferencia –otra
negatividad- a percibir y sentir. Pero es el monumento. Es el gesto monumental
del Estado. Es el gesto monumental de los artistas. Es la indiferencia. (Todos
atentos a los partidos de fútbol del estadio Monumental, ahí, a metros del
parque, más cerca en el recuerdo, tan cerca como el festejo por el mundial de
fútbol del 78. Esas voces, tan cerca, en cambio las otras, las quebradas de
dolor…) Es la carencia de una obra de arte cálida. ¿Cómo podría hacerse algo
cálido, un gesto, una obra, una emoción, en medio de tanto frío?
Pájaros sin luz (Testimonios de mujeres de desaparecidos)
No existe una
agrupación de mujeres de desaparecidos.
No existe ningún grupo integrado por parejas de desaparecidos, sean mujeres u
hombres. “Pájaros sin luz”, de Noemí Ciollaro (Planeta, Buenos Aires, 1999) es
una agrupación de testimonios. Es un libro. ¿Y para qué leerlo? ¿Acaso alguien
ignora el dolor por un desaparecido, cada uno de los desaparecidos? ¿Por qué,
entonces, leer este libro? Porque es una voz pocas veces oída la que aquí cuenta.
Y porque esa voz hace que la historia no sea la misma –lo cual no significa que
sea otra historia. Es la entonación de quienes no desaparecieron y de cómo
vivieron, de cómo sobrevivieron a la desaparición de su pareja. En realidad no
es una historia, son muchas, y son muy diferentes los caminos tomados por cada
mujer para seguir adelante. Son caminos plagados de angustia. Una angustia que
halló pocos, poquísimos hombros de apoyo.
Existen
las madres, las abuelas, los hijos. (En las tragedias existen Antígona y
Orestes.) ¿Y todos los demás? En una
medida exagerada, aquí el olvido se cultiva con indiferencia, se abona con
desinterés. Los semejantes –ciudadanos sobrevivientes unidos por lazos
políticos; seres que podrían haber
desaparecido; sí, podrían haber desaparecido por error, por dudar, por vecindad
o por timidez- siguen iguales, en la
comodidad de no recordar, de no hacer trabajar la memoria, de no ver la
pérdida, la herida, la desaparición. A esos semejantes una cuota de vida parece
que les ha desaparecido. Ha predominado el vínculo biológico en la lucha
política. Mientras los familiares luchaban, la mayoría de los ciudadanos fueron
primero cómplices pasivos o verdugos
voluntarios de Videla y de Massera, y después espectadores que pronto se
cansaron ante el horror empacado en shows televisivos.
Una
pareja es un vinculo político nacido de una elección. Las personas desaparecidas, además de tener una
militancia política partidaria o gremial, parecían ejercitar conscientemente
una política de pareja. No sé si era compartir la lucha en la sociedad con la
lucha cotidiana por la igualdad en el hogar. No quiero idealizar a las
personas, ni suponer una conciencia que siempre trataba de experimentar el
contacto más profundo o la sexualidad más plena. Sí quiero decir que la
relación de unión era/es política; es todo política, aunque no esa política más
abstracta. Es política de uno hacia el otro, política básica, de principio a
fin, política hacia un semejante concreto, el que se vuelve más concreto para
uno, con el que se integra la pareja. Seguro que esa política fue la razón de
muchas uniones; luego fue el secuestro
de uno, y el destrozo de la pareja; el campo de concentración, la tortura sobre
el cuerpo. Y el otro, la pareja sobreviviente, fue apresado por el miedo, fue
víctima de las miradas acusatorias del vecindario; fue insaciable en la
búsqueda. Muchos sintieron culpa por no haber desaparecido, por no haber hecho
ese algo imposible e inconcebible que habría permitido la aparición.
En “Pájaros sin luz” las mujeres de
desaparecidos narran la aparición de un Falcon y el después, con la vida rota.
Dicen qué les decían a sus hijos,
confiesan las consultas a adivinas, aceptan el resarcimiento económico, se
describen como contornos, como figuras vacías. Hay testimonios que son
búsquedas de un relato propio, de ganar una historia personal. Están las
lesiones incurables sufridas por chicas de 20, 25 años, que no siempre han
podido volver a formar otra pareja, que no saben si esperar, si se trata de
lealtad, de culpa o de amor.
Un
montaje
Tras la visión
instantánea que nos hace descubrir lo desconocido, no en lo lejano, en el
corazón de lo inmediato. Por el testimonio, la lectura. Por las
representaciones.
En la era de la reproducción técnica,
el montaje fotográfico ha posibilitado que los hijos de desaparecidos
ingresaran a las fotos de los desaparecidos (Lucila Quieto, en octubre de 2001,
así lo hizo en una muestra titulada “Arqueología de la ausencia”). Una foto de
una familia, una ficción.
La desgracia,
destino común
La cólera de Aquiles, símbolo de toda guerra. “Ilíada”,
poema sobre la guerra. Repetición de
los mismos epítetos aplicados a los mismos sustantivos. Agamenón, “soberano de
hombres”, Aquiles, “el de los pies ligeros”..., son fórmulas, regularidades
sobre las que el aedo improvisaba. Y esa épica oral causaba un efecto designado
con los términos “recrear”, “deleitar”, “hechizar” y “conmover”.
El llanto de los héroes que han tomado parte en los
sucesos relatados por los aedos es consecuencia del recuerdo de las desgracias
padecidas por la voluntad de los dioses (cf. “Odisea” VIII 577 ss.). Los
restantes miembros del auditorio lloran por la piedad que inspira comprobar que
la desgracia es el destino común de hombres y héroes. La poesía deleita porque
inspira compasión por las desgracias humanas cuya narración constituye la
materia del canto.
Emilio Crespo Güemes, Introducción a la “Ilíada” (Gredos, Madrid,
2000, p. XX.)
Nada más diferente. Sin plan divino. La desgracia ha sido el destino
de las víctimas y sus familiares. El llanto no tiene fin. No existió piedad
alguna. La compasión no surge a favor de los represores. Ningún héroe hubo
entre ellos. Sólo competían por crueldades y la audacia era cometer la serie de
crímenes más atroces y redituables sabiendo que gozaban de una impunidad
absoluta. Bestias desatadas, siguiendo las sirenas negras de las naves del
asesinato, la destrucción y el pillaje. En ese bando no estaba Ulises. En ese
bando se oía el canto que llamaba a matar y a tomar criaturas y bienes como
botín. Esa fue la orden. Eso se obedeció. Animales desatados. Soldados
obedientes. Con anhelo de devastar, derramaron niebla, quitaron el regalo del
sueño. Nada más diferente. Desaparecido también el deleite poético.
La desesperación, enfermedad mortal del yo, relación que se
relaciona consigo misma y con el otro. Desesperación por alcanzar en vano el
equilibrio y el reposo. Pero la desesperación puede ser una ventaja; suele ser
una caída. Es el sentir la discordancia. Es el peligro de arrastrarse por el
tormento, consumirse hasta deshacerse, hasta
desembarazarse. La desesperación es una enfermedad mortal, es incesante.
Pero desesperación es no poder morirse. Desesperación, como sensibilidad a lo
desaparecido en las aguas del olvido, en el pozo de la interioridad vaciada.
Desesperación, no desesperación juvenil por el porvenir, es pasado en presente,
no un presente en futuro. Des-esperación, des-aparición.
Esteticismo
Como el único
de Max Stirner, el yo se basa en la nada. Como el spleen de Baudelaire, ya sólo
se transita el tedio a través de paraísos artificiales. Y la ilusión de acceder
a ese paraíso, a otra sensibilidad, efímera, cada vez más efímera la
experiencia que podría hacer que alguien
exclamara lo bello. Efímero motor de acciones y de reflexiones. Lo efímero
quizá causado por un esteticismo agobiante, que exacerba la molesta carencia de
un horizonte sensible a la experiencia estética, artificial suplemento,
agobiante artificio que descompone y construye sin cesar, sin detención
posible, con atención en la velocidad, en el efecto escandaloso, un efecto de
superficie que lija, y que quizás
confunda alisar, pulir, rellenar y
hacer sobresalir con develar. Un trabajo que no cesa, que no se
detiene, que impide experimentar y reflexionar; que entretiene, que apodera.
El artista hoy es la mitad de un hombre
seccionado que parece resignado a no
hallar su propia mitad, por eso busca lo que puede encontrar, busca tenerlo, no
busca lo perdido, quizás siquiera busque. Busca lo que halla. Y todo lo que
halla es presentado como obra. Ese todo hallado sin búsqueda vacía el sentido,
la experiencia estética, lo vacía con la ilusión de extenderla. La velocidad
del esteticismo crece. Mientras tanto, lo bello, aquello que para Kant sería
intensificación de la vida, se hace más difícil de experimentar. El
esteticismo, cuando es el signo del
límite, extiende cierto aire sublime e inicia un movimiento crítico de la
existencia (los conflictos son la base
emotiva de lo sublime, entiende Harold Bloom).
Como todo lo sublime, el esteticismo encierra una ética y, como toda
ética, queda encerrada en la conflictividad entre las exigencias de la razón y
la sensibilidad.
“Schiller quiso construir la diferencia teórica entre bello
y sublime para hacer de ella la representación de la relación entre necesidad y
voluntad de la razón”, señaló Stefano Zecchi en “La belleza” (Tecnos, Madrid,
1994, p. 68). Sería sublime exigir que lo que existe sea bello y bueno,
pero tal pretensión instala un trágico e indominable conflicto, y lo instituye
aún por encima de la armonía, presupuesto de la belleza. Lo sublime, en la
sucesión del tiempo, desplegando acciones, no pretendiendo la detención del
instante bello, encantador y melancólico. De aquí que la distinción entre bello
y sublime trace el borde de las posibilidades del arte en la modernidad.
Sublime subjetividad que da forma al texto, sublime iluminación y purificación
que no persuade: exalta y arrolla, revela y domina, es lo vivido y lo que
transgrede lo convenido, ese artificio, ya que, como lo consideraba
Pseudo Longino, la naturaleza es el
principio y arquetipo de cualquier creación, de lo que alcanza eso indefinible,
lo sublime.
Un utópico, quizá kantiano, soñador del
sentimiento de libertad y de la experiencia de belleza, perseguirá la armonía
de los instintos sensibles con las leyes de la razón; soñador del sentimiento
de libertad y de la experiencia de lo sublime, porque los instintos sensibles
no tendrían influencia en la legislación de la razón. Ingenuo, sentimental,
capaz de creer en la plena autonomía moral, en una facultad moral absoluta que
subordinaría la experiencia estética y alética a la acción y a la reflexión
moral. Pero no, ni aún ese soñador deja de reconocer la primacía del conflicto
entre voluntad y necesidad; si el utopista es radical, hará de ese conflicto el
punto de partida. De esa discordancia fluye la historia.
Idealismo mágico
“Pensar es sólo
un sueño del sentir, un sentir desvanecido; una vida débil, pálida y gris”,
dice Novalis. Palabras que evocan el infinito para unir al hombre con el mundo,
confundiendo los límites del yo con los límites del mundo, disolviendo como
Wittgenstein el realismo y el solipsismo.
Arte puro, autónomo, acaso sin función, sin verdad. Símbolos de lo
absoluto que quedan convertidos en cosas, en mercancías. Es que “todo lo que
sucede es sólo un símbolo”, como lo afirma Goethe al final del “Fausto”. El mundo es fábula, la fábula es el canon de
la poesía; la verdad tras un largo viaje -la historia- llega a la fábula. Como
si la realidad fuera estética, y estéticamente legible; así lo sería para el
arte abstracto de las vanguardias de comienzos del siglo veinte; así lo sería
para la teoría de las supercuerdas de la física de finales de ese siglo. El arte y la ciencia toman y convierten en
forma la realidad. Forma pura, comienzo y fin. Vida de piedra.
La pureza, poder de contemplar la mancha. Destruir y cambiar, la creación,
la revolución es efímera, la creación devenida obra pronto pasa a ser la sombra
de la creación, y el arte devenido institución, y la revolución devenida orden.
Ingenuo pensamiento de decadencia y fracaso de las vanguardias: el triunfo de
una vanguardia es su mayor fracaso y el inicio de su decadencia, lo inverso
nada significa. La vanguardia es un nuevo principio, un principio que trata de
ser radical, un principio que es una vuelta al sentido, un sentido que se
pierde ni bien se utiliza como mecanismo, como procedimiento para hacer obras.
Ficción sin verdad
El arte, se
dice, presenta de modo imaginario aun aquello que ha ocurrido. Lo hace de un
modo vívido para comprender qué mueve a los hombres, qué hace posible la
realización de un curso de acciones. Se hace, suele decirse, sin confundir el
arte y la vida. Esto confunde. Suele decirse que la ficción es la realidad, lo
dice el Quijote cuando se dice que se transcribirá un manuscrito árabe, y se
dice que la ficción narra cómo se construyen -con palabras- hechos reales. Y se
insiste: la ficción no puede confundirse con la realidad; el narrador, criatura
divina, sería libre de inventar un mundo conjetural y un destino para las
personas, y habría libertad para poner el caso ficticio a la consideración
social. Lo posible, como ya sabía Aristóteles, suele fundar su credibilidad en
lo que ha ocurrido, ya que lo ocurrido es posible, porque si fuera imposible,
no habría ocurrido. La adjudicación de género de una obra así es la llave de
ingreso a un mundo de relaciones particulares con ese afuera llamado, por
comodidad, realidad: una novela no puede creerse que refleje la realidad; sólo
es verosímil y coherente en un mundo propio, el de la narración. La novela, aún
la que tenga por personaje ficticio el nombre de una persona real, produce
efectos ficticios.
El frío
aumenta con la claridad, y el frío no es un cuento, como yo y como vos no lo
somos, somos el dolor que nos constituye. Ningún refugio, ni el de la ficción.
La cultura no ha sido la cura, el cansancio aplana, entierra en un cementerio
bello en la superficie, en un museo de
la desaparición. Da igual que se escriba con mucha autenticidad. No se puede.
No sirve para nada. Exponerse, salir desnudo, publicar un libro: ya es tarde.
La desaparición no puede revertirse. Se le pidió a los desaparecidos que
rasguñen las piedras, como si ellos hubieran podido hacerse aparecer.
Reflexionar, filosofar tampoco están a salvo. Habla entre comillas
aburrida, indigna. Deplorable museo. Absurdos, repugnantes, de mal gusto.
Sirven para transitar la vida, aniquilándonos con el pensamiento. Quizás sólo
alguna frase suelta, no más. Pero la niebla de la escritura, a pesar de apestar
a descomposición, a pesar del amontonamiento y la pérdida de objeto, aún con este odio por la prosa, aún como
gotas en un mar, aún con temor, temor y asco,
asco nacido del conocimiento del asco, aún así, pregunta, escritura de
libro que pregunta: ¿ayuda? ¿alivia?
No hay reglas: tal vez un presupuesto para el pluralismo y
la tolerancia. Tal vez el triunfo del
punk y la definitiva eliminación de la diferencia entre escenario y público,
entre artista y espectador. Tal vez sea falso, y el arte se reconozca a través
de prácticas sociales complejas. ¿Cómo diferenciar la escultura “Brillo Box” de Andy Warhol (1964) de las
cajas de Brillo que se apilan en los supermercados? ¿Se trata aún de la
diferencia entre realidad y arte? ¿Se trata de la disolución del arte en la
realidad? ¿Se trata de creer en un límite que define a algo como arte? ¿Se
trata del fin de la distinción platónica de los niveles de realidad de la idea? ¿Acaso, como sugiere Arthur C. Danto
en “Después del fin del arte. El arte contemporáneo y el linde de la historia”
(Paidós, Barcelona, 1999), solamente cuando se vuelve claro que cualquier cosa
puede ser una obra de arte sea posible pensar filosóficamente el arte y
desechar narrativas que se tornaron caducas?
Y ahora, cuando es pasado la
belleza metáfora de la verdad, cuando
ya el arte no se define a través
de la forma y la pureza, ni por el
ejercicio de la crítica interna, ni por la indagación acerca de sí mismo;
cuando se puede decir que antes del mil cuatrocientos las imágenes eran veneradas
pero no admiradas estéticamente; ahora
el arte parece realizar la profecía de Hegel y convertirse en mundo pasado,
en representación y no en necesidad y
verdad para la existencia. Ahora sería autoconciencia. Y esa autoconciencia no es la de ayer cuando
se oían voces como la de Friedrich Schlegel: “Lo que son los hombres entre las
demás criaturas de la tierra, eso mismo son los artistas entre los hombres. Son
brahmanes de una casta distinta, pero no lo son de nacimiento; lo que los
ennoblece es una acción liberadora sobre sí mismos.” Ya no es el hombre por
encima de todos, ya no va con la frente en llamas. Ya tampoco el culto es el
mismo, salvo, tal vez, en el rock.
Kant, en la “Crítica del juicio”,
señaló que el gusto es la facultad de juzgar un objeto o una representación
mediante una satisfacción o un descontento, sin interés alguno. El objeto de
semejante satisfacción llámase bello. Y esa satisfacción no es lógica, es una
experiencia, una imprevisible experiencia. Sólo hay que esperar y quizás llegue
un sacudón, un golpe, y una excitación, un desmoronamiento.
La totalidad de la realidad física,
dicen físicos, contiene múltiples universos, por eso se llama multiverso.
Existen universos paralelos, y cada uno de ellos afecta débilmente a los demás.
La estructura de esa realidad haría posible, según un relato propio de la
física contemporánea, la realidad virtual. En esa estructura, ciertamente
metafísica, hallaría condición de posibilidad la imaginación humana, la ciencia
y las matemáticas, el arte y las ficciones. Raro mundo el de los griegos, capaz
de descubrir al arte como distinción respecto a la naturaleza: el arte como el
conocimiento que guía la fabricación de artefactos. En este universo sí perdura
la conexión entre arte y producción, y todo es arte, menos el arte, podría
decirse parafraseando una poesía de Nicanor Parra. El arte de los artistas
comienza a ser guiado por una pasión sustractiva. El arte comienza a ser
gobernado por una fuerza técnica.
En la biblioteca de la Universidad de Salzburgo, el
bibliotecario se ha ahorcado de la gran araña de la gran sala de lectura
porque, como escribe en una nota que ha dejado, de pronto, después de veintidós
años de servicios, no podía soportar ya ordenar libros y prestar libros que
sólo habían sido escritos para causar desgracias, con lo que se refería a todos
los libros jamás escritos.
Thomás Bernhard, Dos notas (en “El imitador de voces”,
Alfaguara, Madrid, 1999, p. 93.)
El desgarro, la suma de momentos inconexos, los conflictos,
combates y sufrimientos. Lo transparente e inmediato, lo inexplicable y oscuro.
Lo que disipa pensamientos, derrota saberes. Eso que punza, eso que la memoria
no borra. Eso, como la música, un punto de inicio. Eso que invade con su
tristeza y melancolía, que conmueve, que acerca y esfuma el anhelo, que hace
que lo anhelado se hunda sobre el anhelo, que atrae, chupa y deposita a las
piedras que somos en el fondo del mar. Eso necesita ser ventilado, necesita
aire, necesita reventar. Y un suspiro no basta. Ni un temblor. Es un inicio.
¿Inicio de una amplitud infinita? No,
allí no cabe todo el pasado, el presente y el futuro. Aunque el pasado, el
presente y el futuro tampoco parecen presentar una amplitud infinita. Inicio de
un texto. Inicio de un recorrido que, como una línea de un mítico poema chino,
halla impulso en la ilusión de que a través de las palabras se pueda cambiar la
manera de percibir como caen las flores.
Podría
decirse que todo gira en torno a la manera en que se conectan mundo, lenguaje e
intencionalidad. Desconexión radical o conectividad absoluta e
interdeterminada, tesis extremas, difícilmente defendibles.
¿Escisión
entre memoria e historia? Rasgos inconscientes en una; acentos explicativos en
la otra, la historia que halla su punto de inicio en la memoria. ¿Todos
relatos, memoria e historia, ficción y discurso científico?
Mimesis, más que imitación,
ficcionalidad, uso parásito del lenguaje, actos ilocucionarios fingidos,
resultado de convenciones, o prácticas comunitarias, extralingüísticas que
suspenden la vigencia de las reglas que relacionan los actos ilocucionarios y
el mundo. Sin diferencias textuales entre los enunciados de ficción y los de no
ficción, ¿acaso la intención ilocucionaria del autor sería el criterio para
diferenciarlos? De allí nacería una propuesta de pacto de lectura por parte del
productor del discurso. ¿Uso parásito del lenguaje? ¿Suspensión de la vigencia
de la conexión entre actos ilocucionarios y el mundo? De aquí nacería una
propuesta de pacto de lectura que atenúe límites, que se asiente en fronteras.
El lenguaje indirecto, de figura, que
no conduce a ninguna realidad extratextual, pero pide prestado a la realidad, y
transforma a los referentes reales en elementos de ficción, produce una
configuración. Muestra. Quizás libera embrujos.
Imágenes que pueden evocar a lo
desaparecido. Con capacidad de encuentro. De trabajar sentimientos,
sensaciones.
Mimesis, sustitución mínimamente
operativa. No introduce, claro, armonía en las vivencias. Purifica y contagia.
Aligera, porque condensa, miniaturiza un mundo. Pero suele hacer más pesada la
carga. ¿Funciones? ¿Acaso las funciones de un texto, como las funciones del
arte, forman parte del texto? Poner en función: inútil. Inutilizable, tal la
pretensión textual. Quizás de allí que Platón no cesara de caracterizar a los
artistas como críticos irresponsables y al arte como simple juego: en la
“República” se afirma que si un poeta dramático intentara visitar al estado
ideal, sería acompañado a la frontera, y en las “Leyes” admite la censura, pero
también el uso didáctico del arte.
El arte motiva la autorreflexión.
Mueve, quizás arrastra a través de intuiciones, hace chocar con los límites del
propio yo; es fuente de descontento y de sufrimiento. Participa del proceso de
autoconocimiento conmoviendo, mostrando, suspendiendo, murmurando. Una obra de
arte puede convertirse en el sustento para que una persona reflexione sobre sí,
acerca de la plenitud, la intimidad o la sociabilidad. Puede, también,
alimentar la sed de imaginación, de anhelo y de ansia. Y a veces hasta logra
paliar el dolor, lenificar la barbarie. Excepcionalmente, quizás se logre
experimentar un momento de sensación verdadera, la ilusión del acontecimiento
como efecto real, un estallido de luz, tener el arte para no morir de
verdad. Y, claro, no falta la tentación
de hacer del arte ética, didáctica y
política. Y menos aún la realidad de la colonización: el arte-mercancía.
Esperar de la lectura tal vez
purificación, una fugaz iluminación, clarificación. Un texto como un espejo que
se pasea a lo largo del camino. El espejo, una metáfora de un mundo. El camino,
una línea que tiende al horizonte. (Espejo
de un país que desaparece en el vacío, con un frío que aumenta con la claridad
del absurdo. Espejo de una ciudad, fachada pérfida, cementerio, museo de la
muerte, lodazal; en ella todos cada día más embrutecidos. Después de la
desaparición, putrefacción, fealdad y vileza. El estado, cloaca hedionda y
mortífera.) El texto, riachuelo que huele y conmueve. Benedetto Croce,
partiendo de las impresiones, caracteriza a lo bello como expresión a la cual
acompaña el placer; de allí se traduce el hecho estético en fenómeno físico.
Impresiones y fantasías que producen imágenes y aprenden a lo particular. Y el
arte, expresión, sería intensa intuición; y esa intensidad es forma, forma que,
impuesta desde el pasado, enmudece. La crítica tiende a circunscribir las
fantasías y a fijar el punto de vista desde el cual se debe mirar, pero la
interpretación se detiene donde la tradición se interrumpe. En medio del océano
de las sensaciones que invaden los sentidos, separar una ola, retenerla,
dirigir la atención sobre ella y observarla con cuidado. A partir de la imagen
que quedó detenida, recobrar la claridad de las ondulantes señales que pasan
ante los sentidos. Gritar la sensación. Pero de tal ligereza no sale ninguna
obra.
Devino más oscura la oscuridad del pasado, lo hundido en
el fondo, lo hoy presupuesto, el suelo y el aire. Lo visible desdibuja la frontera
entre lo desaparecido y lo no desaparecido, queda todo como en un mundo cósico.
La oscuridad de lo naturalizado, la
respiración.
“Habría sido imposible sobrevivir a la
escritura”, escribió casi cuatro décadas después, cuando pretendió recordar,
recordar entregándose al olvido, recordar entregándose al azar en el que se
transforma el recuerdo, recordar penetrando en el alma, buscando la encrucijada
donde el mal encuentra resistencia.
El olor de los hornos crematorios, ese
olor todavía se percibe, ese olor todavía se discute y puede ser
lingüísticamente representado, ese olor, objeto de un leguaje fisicalista,
referencia de un enunciado protocolar, de base. Olor base y básico, el olor de
nuestra época, el olor imposible de ser cubierto por más L’Air du Temps que se
eche sobre el mundo. Desde 1949, ese mix de claveles, gardenias, rosa y jazmín
exquisitamente enfrascado, ese perfume
de Nina Ricci , como ninguno de los que se bautizaron con nombres tales como
L’Interdit, Fleurissimo, Obession, L’ Eau d’Issey, Eterniity, CKOne, Contradiccion, Pleasures, Envidia, Youth Dew,
Feliz, Rush, Very Valentino, Organza, Indecence, Ultraviolet, J’adore, Boudoir,
Fragile, Helmut Lang Parfum, ni la sobrevivencia de Shalimar, de Tresor o de
Fracas, ni la serie L’eau de Channel, ni el invento de Issey Miyake, Le Feu
d’Issey (rosas de Bulgaria, extracto de hojas de cilantro en un círculo rojo
pasión), ninguno de estos olores persistirá sobre aquel. Ningún perfume podrá
borra ese olor, el olor irrepresentable, que no todos han sentido y que muchos
imaginan y la sola imaginación de ese olor horroriza. El olor radical, quizás imitado por el extracto de
goma quemada que inventó Rei Kawakubo para Commes des Garcons. Jorge Semprún
recuerda, y de repente, traído por el viento, ese extraño olor llaga del pasado
al presente: es dulzón, dice, insinuante, con tufos acres, propiamente
nauseabundos. Insólito, extraño, obsesivo, el olor del horno crematorio de
Buchenwald. Le basta a Semprún con cerrar los ojos; basta con una distracción de
la memoria, en cualquier momento, para
percibir a ese extraño olor que flota y que marea. El humo, quizás
aligerado con el tiempo, es humo de cuerpos, humo de manos y de ojos.
Semprún, como otros, pregunta: ¿Pero se puede contar? ¿Podrá contarse alguna
vez? Piensa Semprún que puede expresarse todo y que lo inefable de que tanto se
habla no es más que una coartada o una señal de pereza. Piensa que se puede
nombrar el mal y que se puede describir su sabor. Piensa que puede decirlo todo
de su experiencia en un campo de concentración, aunque ello requiera tiempo, un
relato ilimitado, que prosiga hasta el infinito. Parece cuestión de paciencia y de rigor. No una cuestión de otro
tipo, menos una cuestión epistemológica.
(La pregunta sobre si se puede contar
cuestiona el campo de posibilidad del lenguaje fisicalista, de esos enunciados protocolares que parecen
destinados a hablar sobre la experiencia, decirla, representarla.) ¿Pero qué
hay -qué hubo y qué resta- de la
densidad, del sentido de una experiencia? ¿Qué hay del fondo de una experiencia extrema? La duda es si puede
narrarse ese olor; si puede imaginarse ese olor quien no lo olió; la pregunta
es si eso podrá hacerse. La cuestión también es si esas palabras -o el
silencio, un silencio no de indiferencia, un silencio ritual- ayudan, alivian,
curan..., pero esta ya es otra cuestión.
Semprún escribió en “La escritura o la
vida” que no se ha librado de la muerte, que ha sido atravesado por ella, que
la ha vivido y recorrido de punta a
punta. Y que, después, apareció. Dice que en Buchenwald aprendió a identificar
los múltiples olores de la muerte, olores que impregnan los pulmones, olores
con los que se debe seguir respirando.
¿Desapareció ese humo? ¿Realmente
desapareció? Ya no se ve. Pasó por el
sur. ¿Pero desapareció? ¿Y el olor?
Solo el perfume se evapora. ¿Sentir ese olor? Si ya hace tanto se
convirtió en nuestro propio olor.